sábado, 16 de junio de 2018

SOBRE LOS VERBOS CAGAR Y LEER

sol.linares.r@gmail.com



Nunca ha sido cómodo para mí leer en el retrete. Pujar y leer no son verbos que pueda conjugar; la angustia, la premura y el placer del momento no me lo permiten. Absolutamente impensable leer a Joyce, por ejemplo, con el culo embarrado, y las pantys en los tobillos, y el incienso, y la terrible ansiedad que me produce pensar que algo descompuesto esté flotando debajo de mí, mirándome, esperando despedirse para siempre. Siento que lo que sale de uno tiene tanta prisa por desaparecer como uno por continuar la vida justo donde la dejó. De niña ir al baño me alejaba de la diversión y a veces podía orinarme. A los 17 años me oriné en un autobús, por el puro placer de atormentar a mi vejiga y hacerle entender quién es la que manda (no ocurre así con mi intestino grueso. Él manda y yo no lo discuto). Sé que mucha gente puede leer en el baño, incluso filosofía. Yo no. No puedo ni leer mensajes de texto, me da la impresión que meto a la gente en el baño conmigo, obligándolos a una siniestra vecindad, cuando en realidad quiero estar sola. La poceta es para cagar, mear, vomitar, fumar y llorar. Lo demás se me antoja incómodo. Incluso tener sexo ahí es tan rebuscado: la tapa del retrete sonando y descalabrándose como la quijada de un esqueleto (con lo caras que están), y ni hablar si el tanque tiene un botecito de agua; uno piensa en el botecito, en el planeta, en lo mal ciudadana que eres, en que coño, la candidiasis. Mi ex marido, el lector más encarnizado y disciplinado que conozco, podía pasar largos ratos sentado en el retrete. Sabía que iba a librar el intestino porque buscaba en la biblioteca un libro y caminaba ágilmente hacia el baño como quien asiste a una entrevista de trabajo. Yo le miraba los pies por la rendija de la puerta, y cuando tardaba demasiado tiempo comenzaba a pasarle notitas por debajo, dibujos con caritas, oraciones desesperadas o caricaturas. Lo escuchaba reír de mis payasadas, después aquellas notas pasaban a convertirse en marca libros. A veces, por molestar, abría la puerta, y podía hacer popó delante de mí y conversar sobre un tema interesante. Yo de ingenua, que tomaba a ésta una costumbre de varones, quedé sin aliento cuando noté que mi hija había heredado de su padre tal arte; con pasos cortos iba al baño a leer y cagar, haciéndome sentir la peor lectora del mundo y la más rara de la familia. 

Fernando Aramburu llama a gente como ésta el lector evacuador. De él supe que Hemingway tenía una biblioteca en su baño, que serían necesarias al menos 40.000 deposiciones para leer Orgullo y prejuicio, y que Lutero recibió una revelación divina sentado al excusado. ¿Cómo, digo yo, podía Lutero leer y deponer en la época humana de las letrinas? Si de niña sentía que la letrina de la casa de mi abuela me jalaba el espíritu y que, en algún fatídico momento, aquel agujero negro hawkingniano terminaría absorbiéndome y yo, pobre niña mestiza, caería sobre la mierda de todos mis antepasados. Definitivamente la verdadera civilización se debe a dos grandes inventos: en 1597 con John Harinton cuando inventó la taza del váter para la reina Isabel I de Inglaterra, a quien debía parecer bastante enfadoso decomer con aquellos vestidos, y la bombilla, que patentó Tomas Edison. Una combinación célebre que sepultó para siempre la maldición de defecar a oscuras. Cabe imaginar, entonces, que a partir de ese momento se multiplican los lectores evacuadores.
Sobre el arte de defecar y deponer, dice Fernando Aramburu lo siguiente:  

En pocas palabras, se retira uno a devolverle al planeta (al noble humus de la corteza terrestre) lo que le tomó prestado por vía oral y, quieras que no, leído cierto número de páginas, sale uno de su provechosa soledad algo más culto e instruido. 

Henry Miller aunque ustedes no lo crean—, no conocía mejor lugar para leer un buen libro que el corazón de un bosque. Mucho mejor al lado de un arroyo. En su momento llegó a escribir “Consideraciones sobre el acto de leer en el retrete”, en el que admite verlo como un hábito de su juventud al que más nunca visitó. Hace una crítica muy hilarante del hombre modernista, a quien nunca le alcanza el tiempo para nada y cuando va al baño aprovecha de descomer, pensar e informarse. Por qué no ofrecer —dice Miller— una oración en silencio al Creador, una oración para agradecer el buen funcionamiento de las tripas? Ofrecer una oración de este tipo —continúa— cuesta bien poco tiempo, y además tiene la ventaja de sacar a Dante al aire libre, donde podemos relacionarnos con él en términos de mayor igualdad. Estoy convencido de que a ningún autor, ni siquiera a los muertos, le halaga la asimilación de su obra con el sistema de alcantarillado.

     Comulgo con el insensato de Miller en, tal vez, su único arrebato de sensatez. Me niego leer en la poceta. Prefiero leer como Chaplin, con ropa, en una bañera semi hundida en el agua

jueves, 14 de junio de 2018

SOBRE EL VERBO OVULAR

sol.linares.r@gmail.com





SOBRE EL VERBO OVULAR
          

  A Ángela

Cada mes trae a mi cuerpo una semana santa, en que el mundo parece abrirse como una flor y soltar su perfume. Corrijo la mentira de esta frase antes de que alguien se acostumbre a ella: Yo soy la flor, y el mundo zumba con generosa lascivia. Nada brota en el espacio sin que yo sufra un palpitar de útero, que va formando, con la carne que sobra de los festines de los dioses, un nuevo corazón. Lo digo hoy, arrodillada en la hoguera donde quemaron a mis abuelas: mi útero palpita, sí, como un corazón saludable. Lo siento todo, y con los años he aprendido a no pedir disculpas por esto. Es que nadie lo merece. Me mintieron. Los profes, los padres, las abuelas, todos se guardaron para ellos la mejor parte y la más difícil. Cuántas veces me hicieron dibujar el interior de una vulva sin explicarme su espíritu. Cuántas veces recité de memoria frente a una clase abochornada términos como próstata, uretra, escroto, vagina, sin que aquella geografía significara algo. Cuántas veces dibujé el mapa interior de mi cuerpo sin lubricar. Cuántas veces diagramé en la secu los tipos de anticonceptivos que no usé porque ya había castigo en la mirada de mis maestros. Educación sexual —¡jajajaja! —, una clase barata de anatomía. Un mapa, eso nos dieron. Y llegamos a ciegas a nuestro cuerpo y al cuerpo del otro. Ahora, este cuerpo que he aprendido a entender sin ayuda de nadie —acaso una madrastra, la que me enseñó a fumar y a comprender que el orgasmo es un estallido que aprendemos a buscar—, no puede siquiera balbucir una explicación. Es que, ¿cómo decirlo?, una vez al mes la hipófisis me manda un demonio. No sé, tal vez es cierto lo que dice una amiga: hay hombres que hacen retroceder óvulos (esos hombrecitos que envejecen con los bolsillos llenos de canicas y les aterra la vida o cualquier cosa heroica), pero yo, no sé, hay un día al mes en que perdono este mundo atroz. Todo me acaricia. Pertenezco a todo y todo es mío en una forma deliciosamente imposible. Un hombre grita de pánico en alta mar y mi cuerpo lo siente. Una mujer gime con su amante sobre una cama en Bangladesh, y mi cuerpo absorbe ese gemido. Un anciano llora sobre el cadáver de su pene y aquella tristeza atraviesa mi cuerpo. Un joven toca la flauta bajo el balcón de su futura esposa y yo abro la ventana. Un niño besa a escondidas a otro niño y me vuelve inocente. Un muchacho recita en la oreja de su amada ese verso de Benedetti
“si te quiero es porque sos
                                                   mi amor mi cómplice y todo”,
y mi piel se hace ola. Un hijo se engendra en Chipre y mi vientre tiembla. Si un hombre bello me ignora, este cuerpo mío lo odia dulcemente. Nace un caballo en los recovecos de Petra y mi cuerpo relincha. Alguien roba una rosa para ganarse una sonrisa y me tomo por dada. Un oso despierta el primer día del verano, y bostezo todo el día como si estuviese naciendo. Mi madre recuerda su juventud y sonríe, y mi cuerpo aletea. Una abeja sobrevuela un café olvidado en una mesa del Ritz, y mi cuerpo languidece.  Dos novios se tocan detrás de los arbustos de un parque, y mi cuerpo vigila. En el Tíbet un monje budista por fin despierta, y mi cuerpo lo venera. Una chica se masturba en la bañera, y mi cuerpo agradece. Y así, hasta escribir una larga novela del deseo del mundo. ¿Usted lo entiende? ¿No? Sólo nosotras comprendemos lo que es vivir bajo el gobierno de un óvulo. Durante una semana, de cada mes, de cada año, las fronteras del mundo desaparecen de mi cuerpo. Los opuestos fraternizan. Nada está lejos, ni cerca. Nada es blanco o negro. Feo o bello. Ajeno o propio. Todo se vuelve repentinamente sagrado, me posee un arquetipo, alguna diosa de mis ancestros. Y si de casualidad me observo en el espejo y veo que he sido tallada por esa mano harta que esculpiera la Venus de Willendorf, no puedo sino rendirme inmediatamente. Atravieso la alcoba con orgullo. Soy la madre de todos los seres; por mi deseo han sido creados. Camino altiva, nada puede hacer que una mujer desee lo que no desea, tampoco nadie puede detener el paso de una mujer que ha fijado su deseo en una cosa viva, inanimada o muerta. Si usted es tuerto y una mujer lo desea, pondrá en su rostro mil ojos. Si usted no es brillante y una mujer lo desea, le hará resplandecer la boca. Si usted tiene miedo y una mujer lo desea, lo hará valiente. Si usted fracasa por costumbre y una mujer lo desea, le hará construir un imperio. Todo esto lo hace un óvulo, por eso no me disculpo. No me disculpo si una noche lo busco y lo tiendo en la cama, no me disculpo si no sé su nombre y me he marchado, si recito versos en el nacimiento de su cuello, si prometo quedarme, si no lloro cuando me abandona, si lo miro con hambre, si desnudo el mundo en mi cabeza, si monto su cuerpo hasta que las cosas por fin se callan. Ya ve, todo me incumbe. Todo me toca. Incluso me toca la silla donde me siento a planificar besos robados magistralmente. No soy yo; es el espíritu de un óvulo liberado donde viaja Afrodita. Ella llega cada mes, y cada mes me enseña a amar las cosas como son. Calienta el pesebre donde yo, violenta y expuesta, renazco. Pone sobre mí su mano tersa, y enseguida me convierte en una mujer compasiva y amable. La risa penetra la sangre y la decencia. Si quisiera, pudiera poblar de hijos otro mundo.
Pero el hechizo se acaba. El óvulo poco a poco se seca. En pocos días es una casa quemada. Entonces retorna a mi cuerpo el viejo sarcasmo, mi concubinato con Cioran. Y vuelvo a ser yo, la misma mujer hosca, fea, indiferente y cobarde. Y usted, usted vuelve a quedar lejos y sombrío y etc. Y el mundo vuelve a ser el mismo mundo mísero, gris, condenado.



martes, 1 de mayo de 2018

SOBRE EL VERBO EMIGRAR (Carta abierta a los venezolanos)

Por Sol Linares
sol.linares.r@gmail.com



Alexander Aldana. Éxodo.


A Lota

Sólo los imbéciles pueden llegar a burlarse de un venezolano que se va. Tantas cosas hay para ofender, para escarnecer,  y eligen el instante en que un venezolano tira de la manilla, observa a sus hijos, la casa, a su país en cada cosa, cierra la puerta y lo deja todo. Hay que ser muy tonto para encontrar risa en esto, o estar reposando cómodamente en algún sillón de su casa o en alguna corriente de pensamiento que le favorezca. Quien lo hace, se burla también de los sarahuis, mexicanos, africanos, chinos, peruanos, sirios, colombianos, chilenos, coreanos, etc, que hoy o en otro momento histórico han cerrado los ojos para imaginar los paisajes de las tierras que han dejado atrás. Se ríen a carcajadas de venezolanos que dejan su profesión para limpiar pocetas, barrer, y servir de meseros en restaurantes de otros países. Pero con esas carcajadas también ríen de todos los meseros del mundo, de todos los barrenderos, y de todos los que limpian los sanitarios de éste y otro lugar. ¿Quedarán garzas rezagadas a la orilla de algún charco, cascando sus picos muertas de risa, cuando la bandada decide levantar vuelo hacia otros parajes? ¿Cómo es la risa cínica de un salmón?

Siempre he dudado de lo que dice la mayoría, entre quienes se prestan pasiones para mezclar mentiras con verdades y hacer con el resultado carnadas de cualquier especie. Voy en sentido contrario a donde se dirigen los desesperados y los convencidos. Por eso digo: no es mejor el que se queda, ni más patriota, ni más valiente, ni más bueno. No hay forma de medir tales cosas. Ni existe un termómetro moral para trazar una división entre los buenos y los malos. Habría que empezar a escupir la memoria de Andrés Bello o Miranda, por ejemplo, con el riesgo de que la saliva se devuelva y nos caiga en las narices.

Escribo este verbo en tono íntimo violando mis pautas de la ficción. Encontré esta forma de despedirme de cada venezolano que recoge lo mínimo y atraviesa las fronteras. Respeto y admiro a quienes le agregan más incertidumbre a la incertidumbre de la vida. Cuando en una maleta cabe todo lo que alguien es, entonces está listo para marcharse.

¿Que qué te llevas? Pues no, no te lleva el país, pero sí la identidad. No te llevas a la familia, pero sí la memoria repleta de gente. No te llevas la casa, pero nadie ha dicho que sea la única casa que puedas llegar a tener, ni el único lugar posible. No te llevas la biblioteca, pero sí la lengua materna. No te lleva al Caribe, pero sí su temperamento. No te llevas un empleo, pero sí lo que has aprendido. No te llevas los amores, pero sí el corazón. No te llevas las matitas, pero sí las manos para sembrar otras. No te llevas a los amigos, pero nadie hay mejor que un venezolano para hacerlos. No te llevas el carro, la bici, la moto, pero sí los pies. En la sangre te llevas otras cosas menos pesadas e igual de importantes: el ADN, la pasión y el ímpetu de los libertadores. A la hora de decir tu lugar de origen, no agaches la cabeza, ni titubees, porque no eres el primero en emigrar ni serás el último. Levanta la cara; mucho hemos hospedado gente de otras partes corriendo atemorizados por otros terrores.

¿Qué no será fácil? Nacer no lo es, y en adelante nada lo ha sido, y aquí estás. ¿Que dejas todo lo que has construido? Bueno, el mundo sería bien feo si Eiffel se hubiera llevado a la tumba su torre, o Cervantes al Quijote, o Van Gogh la noche estrellada, o Picasso su Guernica, o Vivaldi sus cuatro estaciones, o Clarice Lispector la manzana en lo oscuro, o Saint-Exupéry el principito, o Pasteur la penicilina, o Bethoveen la novena, o Botero a sus gordas, o Rafael Bolívar el alma llanera, o los hermanos Wright los aviones, o Marlon Brando el padrino, o los hermanos Lumièr el cinematógrafo, o Sthepehn Hawking la historia del tiempo, o George Harrinson la canción here’s comes the sun, o Chaplin su Charlot, o Julie Andrews su Mary Poppins, o Paul Landowski el Cristo de Corcovado, o, si se hubiera hundido con Virginia Woolf “Las olas” en el río Ouse donde se ahogó. Nadie se lleva nada, y es tan definitivo esto que, lamentablemente, ni Oppenheimer pudo llevarse consigo la bomba atómica.

Estando afuera, el país se crece en uno. El himno nacional que cantábamos en la escuela mezclando versos de Vicente Salias con bostezos, te hará ensanchar el pecho. Hazlo bien. Reafírmate. Aprende lo mejor de otras sociedades para que en algún momento nos ayudes a mejorar, y enseña lo mejor de la nuestra para que otros se transformen. Ser venezolano es algo que se entiende más desde otras orillas.

No te deseo, como Nietzsche a sus pocos amigos, el sufrimiento, el abandono, la enfermedad, el desprecio. Él creía que de esta forma se revela el valor de alguien, y que vivir peligrosamente cultiva la existencia y el gozo. No, yo no tengo la agudeza de Nietzsche ni su capacidad de pensar. Sin embargo, tengo algo que Nietzsche no tuvo: una hija. Mejor desearte lo que desearía para ella: que si regresas, seas más bello y más sabio.

sábado, 28 de abril de 2018

SOBRE EL VERBO QUEDARSE

Por Sol Linares
sol.linares.r@gmail.com


"Quieres saber lo que es reconstruir un país y hacer nuevos amigos amigos en el intento"



El país sin amigos, es una tierra extraña. Sin hermanos, sin hijos. Como la pintura de un paisaje del que van desapareciendo los árboles, las montañas, las nubes. Como un edificio donde se van apagando las luces poco a poco. Como una fotografía en la que se van borrando las personas de tu álbum favorito. Vas quedando tú en esas fotos, y tus gestos son cada vez más absurdos. Por ejemplo, se ha ido la cabeza de ese amigo sobre la que ponías los cachitos con los dedos de tus manos, entonces queda tu mano haciendo un símbolo medio rockero y medio tonto. O esa donde abrazabas a dos amigos y quedas tú con los brazos abiertos con cara de Cristo esquizofrénico. O aquella foto donde besabas la mejilla de alguien y ahora estás tú nada más, con los ojos cerrados, y tu bocaza hace un esfuerzo fantasmal y sin sentido. Así es como los álbumes se van llenando de huecos. Tú en el picnic del parque, en la fotito del Pico del Águila, levantando un vaso de cerveza en el bar, soplando las velitas de algún cumple, la noche de las hamburguesas caseras, las inacabables pijamadas de los hijos, en el grado, la playa. Es que un borrador gigante anda suelto por ahí. De pronto te sientes protagonizando una película sobre la abducción.

No es para menos. Cada día te levantas y sales a la calle. La ciudad tiene ese aspecto de reportaje del National Geografic. En cada basurero sobran posibilidades de ganar un Pullitzer. Caminas. Vas al trabajo. Pero esas calles ya no son las mismas. Ves a las personas y tienes la impresión que todas son nuevas, que vinieron de polizontes en el Arca de Noé. Igual te abres paso entre esos desconocidos, algo te dice que hablan español sólo para decir cuán deprimidos se encuentran. Es una escena que se repite en cada metro de la ciudad, todos usando más o menos las mismas palabras y los mismos gestos en una catarsis colectiva, como actores de segunda prevenidos para el casting de the walking dead. En fin, atraviesas los bulevares, las avenidas. Ves en los rostros algo del tuyo: las facciones de la resistencia. Si prestas atención, reconocerás quién se ha quedado atrapado en el país y quién ha decidido quedarse, quién recibe auxilio de emigrantes, quién vive de las estafas a los que se van, quién continúa invirtiendo y quién tiene verdaderas esperanzas. Continúas. Ves que hay gente nueva sentada en los cafés donde antes una amiga gritaba tu nombre. Sobre esa novedad avanzas, nadie te detiene con un abrazo inesperado. En la esquina del semáforo nadie te tapa los ojos y espera a que adivines quién es. Total que la ciudad no es amiga, y sus horrores lastiman más que siempre. Lo entiendes, ahora que le has pasado la lengua a una guitarra sin cuerdas, entiendes que a eso sabe un país sin amigos. Sin hermanos, sin hijos. Sabe a ventana cerrada, a techo de zinc, a bandera guardada. Llegas al trabajo. Contra todos los pronósticos, abres la puerta de la oficina (o del salón de clases, del consultorio, el teatro, o la tienda. O entras al armatoste donde revendes productos). Entras, sientes que te toca la brisa de una singular belleza, es un sentimiento cursi y heroico, el que produce la aventura de llegar al trabajo aún sin pasaje, sin transporte, sin gasolina. Así pasas la mañana. Mientras vendes, firmas actas, escuchas un corazón con el estetoscopio, llenas carteleras con efemérides, administras, litigas, te preguntas (entre sorprendido y rabioso), cómo trabajas un mes para un día de alimentos, y también te preguntas cómo sigues vivo, o cómo es que sigues. Tal vez en el justo momento en que alguien se hace la misma pregunta en voz alta, delante de ti, y cuenta su bitácora, y arrima a la tuya algo peor. Al atardecer, regresas a la parada (ahí se filma otra escena de the walking dead). Si de casualidad encuentras a un conocido, salta hacia ti de la nada para preguntarte, con un fondo de violencia: ¿qué haces aquí?, ¿por qué no te has ido? Es una pregunta odiosa y terriblemente lógica. Tartamudeas. Respondes esquivamente. Escuchas, como cada día, las historias de quienes se van. Escuchas en silencio y un poco abochornado, las noticias del progreso, las bonanzas del afuera, las oportunidades. Todos murmuran en voz alta, de oreja en oreja, el “sueño americano”, el sueño “peruano”, el “sueño chileno”, “el sueño “ecuatoriano”. Por instantes, esos murmullos, essos sueños enjambrecidos te acorralan, le agregan a tu necesidad de sobrevivir la necesidad de irte. Sientes la presión de dos polos opuestos: vives entre la angustia de tu país y la angustia de la frontera. Te despides. Continúas hacia a la parada, cada día es más urgente llegar a casa. Haces la cola. Entiendes que si no mandas al demonio tu moral civilizatoria no podrás irte. Te despellejas con la gente para subir al yutong, o al camión en el que te irás arrumado como un cerdo de monte, sonriendo porque la brisa te espeluca.

Llegas a casa, cansado de lidiar con tantos obstáculos. Tu hija te pregunta:

―¿Por quién sientes más compasión, por la muerte de una vaca o de un pez?

Y tú, con cara de fresa pensativa, dices:

―Por una vaca.

―¿Y eso por qué?

―No sé. Será porque soy de la tierra, como la vaca. En cambio los peces son unos desconocidos.

El desafío, para quienes se quedan, abarca toda la rutina. Y sin embargo, un día te despierta una fuerte visión. Esa visión te saca disparado de la cama. Te ha revitalizado. Sonríes. Sirves café. No sabes en qué momento parecía convenirte un país hecho trizas. Tampoco cuándo te acostumbraste a moverte con la corriente de un cardumen desorientado y desesperado. O en qué instante comenzaste a ponerte de acuerdo con el miedo y la desesperanza. Es verdad. Puede que te vayas. Puede que pagues una fortuna a los estafadores del SAIME. Puede que apostilles tu vida. Puede que tengas que dejarte vejar de algún militar fronterizo. Puede que consigas una visa a algún paraíso latinoamericano donde nadie te quiere demasiado. Puede que abandones tu casa. Puede que te separes de tu familia. Puede que dejes tu ciudad. Pero hoy no. Hoy el cardumen no decide por ti. Ni los emigrantes. Ni el gobierno. Ni Trump. Ni la OEA. Ni la UE. Ni dólar today. Ni la inflación. Hoy quieres descansar de todos ellos. Hoy quieres luchar aquí un rato. Comprendes que aún no lo has entregado todo. Hoy quieres encender las luces de los edificios, llenar las fotos de nuevos amigos, pintar otros árboles, otras montañas, otras nubes. Hoy sabes que tus quejas adormecen tu voluntad. Que eres responsable de la reproducción del terror y la tristeza. Que puedes transformar tus pequeños espacios. Que eres creativo. Que puedes fundar entre las ruinas. Que es hora de trascender las instituciones. Que puedes ayudar a los otros. Que debes denunciar la injusticia sin miedo. Hoy tu visión te arropa: quieres quedarte. Quieres estar entre quienes lloran y ríen a la vez, como locos. Quieres saber qué es reconstruir un país, y hacer nuevos amigos en el intento.

Sorbes café. Miras todo lo que viene. Lo difícil que será. Y es posible que te dominen las ganas de irte cuando todo se vea peor. Cuando solo tengas lentejitas mexicanas en tu plato. Cuando todas las farmacias quiebren. Cuando los oxiuros y la candidiasis y la difteria. Pero hoy no. Quién sabe, tal vez alcances a tus amigos, a tus hermanos, a tus hijos en Santiago de Chile, Lima, Medellín. Tienes ese derecho. Pero todavía no. Algo tienes que hacer aquí antes de que el borrador te elimine de la foto.



lunes, 22 de enero de 2018

SOBRE EL VERBO ESCRIBIR (Decálogo solar + un indiscutible)

Por Sol Linares
sol.linares@gmail.com



Escena en "The pillow book", dirigida por Peter Greenaway, 1996.

Abordar el oficio de narrar desde nuestras propias murallas tiene cabida si partimos del principio de Saint-Exupéry, ése que dice que “cada estrella fija una dirección verdadera”. La mía tiene la marca de una obsesión que puede resultar o no, útil a quienes deseen emprender el oficio de la escritura. Se llama lector. La cosa nostra. Esa figura promueve mi laboratorio de seducción (usted y yo sabemos que escribir es seducir, persuadir, conquistar). Incapaz de decir para quién escribo, al menos sé que no escribo para los inocentes, lo cual hace todavía más emocionante la conquista de un lector y toda maniobra futura. Si nota en estas fórmulas personales una tendencia medio esquizoide, créame que no podré contradecirlo:


1. Elija un lector imaginario. Hace años me inventé uno; inteligente, risueño, polifacético, pero con muy poco tiempo para leer, cosa que me obliga a luchar por cada minuto de su atención. El cuento, por ejemplo, representa la oportunidad de vencer momentáneamente la psicología de un lector que adquiere un libro justamente esperando que eso ocurra: que usted venza una sutil resistencia. Invéntese un “lector” que le genere niveles exigencia y le ayuden a superar sus propios límites.


2. No subestime al lector. Esto es, no le ahorre sufrimientos, ni verdades, ni experiencias. ¡Mucho menos caiga en la tentación de escribir fácil para que lo entiendan! Si partimos del error de que el lector es ignorante, prejuicioso y básico, nuestro trabajo literario perderá todo ímpetu. Que nuestra escritura no sea complaciente, ni cobarde, ni cómoda, ni siquiera moralmente hablando. Escribir es un asunto de valentía y honestidad. El lector agradece cuando usted tiene la valentía de decir las cosas justamente como son. Además, en literatura, como en la vida, escribir con miedo y sin convicción desencadena una terrible infelicidad.

Por el escultor Keith Jellun

3. Ignorante como soy, y autodidacta, juro que la imaginación es todo cuanto tengo. Imaginación e intuición. Es necesario concederse la libertad de imaginar lo imposible; cada cosa imaginada nace a su vez con una forma muy particular de ser expresada.


4. El absurdo no merece ser justificado, o argumentado. Si ya la realidad tiene el defecto de estar fundada sobre soberanos absurdos que nadie se explica, el terreno de la ficción lo necesita todavía menos.

5. Evite abordar la descripción de un personaje, objeto u evento con una mirada cansada. Describir por describir entumece características realmente vivificantes que pueden estar esperándonos agazapadas en las cosas. En verdad, encuentro belleza en este recurso si uno se va a la caza de nuevas cualidades, pequeñitas pero significativas. Una narrativa viva compone diversos sustratos, informaciones sutiles y poderosas. Salir de ese estado de confort donde todo parece lo es, practicar una mirada inconforme, nos evita describir lo obvio y nos obliga a penetrar en las zonas marginadas por la luz.

6. La extensión de un cuento, o de una novela, debe ser equivalente a su latido. En otras palabras, la largueza o brevedad trabajan en función de conseguir un efecto concreto. Si se nos ocurre ser olímpicos y nos salimos de sus límites, corremos el riesgo de echar por la borda el milagro del misterio y perder la atención de un lector que, seguramente, tiene mejores cosas que hacer.

7. Forzar una historia a contarse de una manera que no está dentro de su lógica, suele llevar a cometer toda una cadena de tristes equivocaciones. Déjese guiar por su intuición. Recuerde que una historia puede tener infinidad de abordajes. Pero sólo una es la más efectiva. Confíe en la historia, en la forma en que se ha estado organizando sin que usted tenga demasiada consciencia. Verá que la historia en sí misma posee adentro el germen de todo; la estructura, el ritmo, la tensión que la favorece, el tratamiento del tiempo interior, etc. Todo está adentro, como el árbol en la semilla.


8. Todo buen cuento proporciona una experiencia emotiva poderosa. Sea erudito o no su tratamiento, el cuento debería tener un destino sencillo: emocionarnos.


9. La narrativa funciona secretamente con el oído. Y aquí llegamos al reino del ritmo y los tonos. El oído buscará la forma de organizar todo el material de lo narrado y detectará todo lo que obstaculice su fluidez. Por eso muchas historias atascadas nos hacen chasquear los dedos y decir: “esto no me suena”. “No me suena” muchas veces significa “no encuentro el tono”, lo cual en el peor de los casos nos indica que “no está siendo efectivo”. Es posible que el tono sea tan importante, que determina desde qué lugar será narrada una historia, o viceversa. Contar desde el yo, por ejemplo, desencadena un ritmo, una armonía, y un tono, que lo distingue de las demás voces narrativas.Sin saberlo, el narrador es en cierta medida una suerte de músico, porque cada palabra escrita es la traducción material de un sonido. La elección de una palabra combinada con otra produce una sonoridad muy particular. Esa sonoridad pertenece a la naturaleza del escritor, a su forma de agruparlas, pausarlas, destacarlas. Usted se preguntará: ¿Y qué relación guarda el sonido con un planteamiento, un personaje, una emoción, una trama? Pues bien, una palabra tiene qué ver con otra, en la misma medida en que se comunican Do con Re, o Mi con Fa, ¡la combinación infinita de estas ocho notas musicales producen toda clase de armonías!
   El alfabeto es una maravillosa escala musical, y los lenguajes del mundo, asombrosas orquestas. No es poca cosa. Se me ha ocurrido pensar que el estilo de un escritor, eso que solemos llamar “la voz de alguien” (vemos como, una vez más, está relacionada al oído) es, nada más y nada menos, que esa forma particular en que suena su literatura. Visto así, el estilo resulta de esa especial elección de sonidos que destacan lo contado. Así como podemos diferenciar la música de Mozart de la de Vivaldi, por decir, también podemos diferenciar el estilo de Cortázar del de Hemingway. En cualquier caso, lo mismo que la música se comunica con nuestras emociones, también lo hace el estilo de un autor; nos conmueve, nos exalta, nos abstrae. ¿A quién no ha hecho llorar de emoción, por ejemplo, la composición musical de Gabriel García Márquez, Clarice Lispector, o Galeano, sin que sepamos por qué, exactamente, estamos vibrando tan alto?  


10. Encuentre el método y el ritmo de trabajo que se adapte a su personalidad y pasión, recuerde que solo usted conoce la fórmula de su disposición creativa. Hay quienes escriben a diario, en horas nocturnas, o cuando han acumulado suficientes elementos para comenzar un libro. Por más que pongamos una rosa amarilla sobre el escritorio y escribamos descalzos como lo hacía Gabriel García Márquez, o rentemos una oficina como Alice Munro, o trabajemos en nuestra obra durante 7 días a la semana sin tomar descanso ni siquiera en días festivos como Isaac Asimov, o le impongamos horas de silencio a nuestros hijos como Thomas Mann, o escribamos de pie como cuenta la leyenda Hemingway, nada nos garantiza que podamos escribir como ellos. Dirija su talento como solo usted puede hacerlo, ya que finalmente ése y no otro, es el mejor método: el que lo ayuda a fluir de acuerdo a lo que necesita escribir.


           INDISCUTIBLE:

¡Contenga la urgencia de publicar un libro apenas lo termine! La corrección puede llegar a ser incluso más apasionante que su arquitectura, porque parte de una nueva libertad: la del texto terminado. Hágalo exhaustivamente, con agudeza y paciente severidad. Elimine sin escrúpulos todo lo que atente contra la fluidez y potencia de la historia, bien sea que se trate de diálogos, personajes, anécdotas, etc. Luego de su corrección, es importante la revisión de un tercero que sea capaz de opinar honestamente y traducir los efectos de esta lectura. Procure que sea un lector nada considerado. Después de todo, con los libros ocurre lo que en las relaciones amorosas: se termina muchas veces antes de terminarse realmente.






lunes, 1 de enero de 2018

Crónica de un retorno: 92 horas de viaje desde Guayaquil hasta Venezuela

Por Daniel Linares
daniel.linares.hoy@gmail.com



16 de diciembre

7:28 am. Durante cuatro meses he esperado este día con la alegría y el miedo de quien regresa a Venezuela y a su circunstancia. No soy el único, tampoco el menos entusiasta ni el más inquieto. De los seis venezolanos que trabajan y residen en La Colina, la mitad retornará al país hoy por la noche. Los otros tres pasarán la navidad y el fin de año lejos de sus familias. Hay sentimientos encontrados: alegría y angustia, conmoción e incertidumbre. Uno regresa a Venezuela y sin embargo sentimos que vamos hacia un país escurridizo, extraño, sumido en una crisis tan absurda que acercarse a él es como intentar acariciar un pez vivo ensartado en un anzuelo.

10:34 am. A falta de computadora, papel y tinta, escribo en el block de notas de mi teléfono móvil. Llevo haciéndolo desde que salí del país. Las razones, más allá de construir memoria, las resumo en una sola: en tiempos donde la ola migratoria de venezolanos es permanente, dramática y hasta inhumana, cualquier testimonio, siempre y cuando arrastre consigo una buena dosis de honestidad, puede ser más propicio que todo relato donde abunden el tipo de intenciones políticas que se amparan en el falso objetivismo (amarillista) de muchos medios de comunicación. En este caso, y frente a mis compañeros de trabajo, tanto venezolanos como ecuatorianos, prefiero ser honesto en lugar de objetivo.

4:16 pm. Camino por el terminal terrestre de Guayaquil con el mismo asombro de cuando lo visité por primera vez. No parece un terminal sino un aeropuerto; un outlet convertido en terminal terrestre. El edificio, restaurado en el año 2007, reúne en sus tres niveles un conjunto de supermercados, boutiques, restaurantes y hasta una venta de automóviles. Los autobuses esperan en andenes a los que se llega por escaleras mecánicas o ascensores. El sistema de vigilancia es intachable y la limpieza del lugar, incluso en los sanitarios, no deja dudas sobre el nivel de organización de un espacio que tiene capacidad para recibir 42 millones de usuarios por año. Se trata de una fundación constituida por la Municipalidad de Guayaquil, la Junta Cívica de Guayaquil y la Comisión de Tránsito del Guayas. Sorprende la relación entre lo público y lo privado en este lugar. Una relación que a todas luces se vuelve paradójica. Si el terminal terrestre de Guayaquil no tuviera la presencia de capital privado, otra sería su estampa. No funcionaría con el mismo fervor, cuido, organización y proyección estética que muestra en la actualidad. Supongo que a los gobernantes les conviene que sitios como estos funcionen, y a los empresarios que el buen funcionamiento arroje ganancias.

Terminal terrestre de Guayaquil, Ecuador.

6:45 pm. En el autobús que nos llevará a Tulcán, pienso en los últimos cuatro meses y en quienes dejamos en La Colina. En todo viaje siempre abandonamos algo. Esperamos algo. Uno es espectador del mundo y de sí mismo. El migrante construye su propia épica. De su dolor y coraje, levanta monumentos invisibles, historias que se contarán alrededor del fuego, espadas y trofeos que adornarán sus memorias, su identidad. Busco en el navegador un poema de Cavafis. Entonces leo: «Ítaca te dio el bello viaje. Sin ella no habrías emprendido el camino. Pero no tiene más que darte. Aunque la halles pobre, Ítaca no te ha engañado. Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia, entenderás ya qué significan las Ítacas.» Uno termina por entender que todo viaje, por muy largo, nos lleva siempre de regreso a casa.


17 de diciembre

8:34 am. Ya en Tulcán. Es domingo. Tuvimos un viaje de 12 horas sin contratiempos. Hace cuatro meses, en el viaje de esta ciudad hasta Quito, la luz del día colocó ante en mis ojos los volcanes Imbabura y Cayambe en la distancia. Entonces supe que viajaba, y que estaba lejos, y que había despertado de un extraño sonambulismo.  Viajar de noche es como cerrar los ojos y despertarse en otro lugar. Uno no tiene la certeza de lo que existe alrededor. Así fue el viaje de retorno: sin la cordillera ecuatoriana y sus monumentos naturales. Hoy Tulcán duerme bajo un cielo nublado. No hay asombros.

9:41 am La frontera de Rumichaca es breve y poco convulsa. Ecuador de un lado y del otro Colombia. Pero hay una distinción: hay más venezolanos que colombianos y ecuatorianos. Todos sellan sus pasaportes en ambas oficinas de extranjería. Yo bebo café mientras espero turno y observo la fila de trasnochados que va alargándose a cada minuto. Al viajero se le conoce por el equipaje. Pero aquí, además del equipaje, se le conoce por los niveles de desarraigo, perplejidad y expectativa que puede notarse en cada rostro. Los que regresamos a Venezuela no sabemos con exactitud qué tipo de país encontraremos. Del mismo modo, quienes entran al Ecuador no saben qué tipo de país encontrarán. Al parecer irse o regresar da lo mismo. Es la misma incertidumbre. O pánico.

Migración, Rumichaca. Ecuador.

10:52 am. M.V es una mujer venezolana con casi seis meses en el Ecuador. Salió del país movida por la falsa expectativa de una amiga. Sus primeros días fueron difíciles. Llegó a Guayaquil con el pasaje apenas. Luego quedó bajo el amparo de una familia ecuatoriana. Trabajaba por 60 o 70 dólares semanales. «Aunque Venezuela esta dura, y nos dicen que no regresemos, solo uno sabe lo que sufrimos aquí», comenta. Es madre de tres jóvenes y abuela. Sobre su regreso a Venezuela: «Uno está en medio del susto y la alegría. Es como si volviéramos a un país desconocido.»

7:35 pm. Atrás quedó Tulcán, Ipiales, Pasto. Nos detuvimos en un parador junto a la vía. Cenamos. El viaje se estira como si cruzáramos Colombia por una carretera de hule. En el autobús sólo viajamos venezolanos. Somos 40 con una historia en común: regresar al país para ver a nuestras familias y salir nuevamente. El tema de la crisis venezolana tanto como los meses de permanencia en países como Ecuador, Perú o Chile, es tan común que en principio asombra y luego termina por aburrir. En cada épica personal, en cada relato, opinión o interpretación de la realidad venezolana que he escuchado, la nostalgia y el dolor son comunes en todos. Es normal. Todo migrante, desplazado o exiliado, los experimenta. Pero entre tantas semejanzas, hay otro punto en común que en lo personal llama mi atención: el miedo y desprecio por los militares venezolanos, sobre todo por la Guardia Nacional Bolivariana y sus alcabalas repartidas desde San Antonio del Táchira hasta otras regiones del país. No es un miedo y desprecio infundado. Algunos llevan medicamentos para sus familiares y amigos, artículos de higiene personal y hasta dólares en efectivo. No llevan esto en grandes cantidades ni como mercancías de contrabando, pero todos comentan que dichos objetos, en un país golpeado por la escasez, corren el riesgo de “perderse” en las alcabalas o en las manos de algún hampón, sin que nada ni nadie pueda recuperarlos. «Uno puede mostrar facturas, pero si las facturas son ecuatorianas y te piden el pasaporte y te ven el sello de salida de Ecuador, entonces te buscan los dólares», comenta un pasajero. Esa es al menos la percepción. Infundada o no, es una percepción real. A los viajeros venezolanos no les preocupan los organismos de seguridad ecuatorianos ni colombianos. En cambio con los nuestros, vaya contradicción, se sienten inseguros.

8:38 pm. En el Valle del Cauca nos detuvimos en una zona llamada El Remolino por razones de seguridad. Somos el primero de una larga fila de autobuses que deben cruzar estas tierras en caravana por tratarse de un lugar donde existe una fuerte presencia de las Farc. Según uno de los conductores, los autobuses no pueden cruzar solos. Deben hacerlo en compañía de otros, incluso escoltados por la policía o el ejército colombiano. Alguien del poblado, una vendedora, nos dijo: "Guarden la plata. Escóndanla bien. Esta es zona de guerrilla". Algunos aprovechamos la pausa para tomar café y fumar. Pienso en la paz de Colombia. En su conflicto armado con más de 50 años de dolor e infortunio. La guerra nos enseña que la estupidez humana va de la mano con su inteligencia. Más de medio siglo en una guerra cuyos muertos no sabrán nunca si tanta sangre valió la pena. El problema es que una guerra, aunque dure un día, tarda mil años en superarse. Porque cuesta construir la paz, aquí dentro, en mismo centro del corazón, y apenas una pizca de segundo para arruinarla.   

18 de diciembre

9:23 am. Un fuerte olor a orina hace al viaje menos soportable. El sanitario del autobús y la poca ventilación dan la impresión de que viajamos en un meadero de borrachos. Con todo, hemos dejado atrás la ciudad de Cali y Pereira. Nos detuvimos en un nuevo parador pero esta vez nos abstuvimos de comer por los precios del desayuno. Haremos una nueva parada por la noche y comeremos un plato fuerte hasta nuestra llegada a Cúcuta. Los mareos, producto de nuestro tránsito por carreteras de alta montaña, los controlamos con pastillas de dimenhidrinato. Llegaremos a frontera en la madrugada de este martes.

3:11 pm. Acabamos de cruzar el río Magdalena. Sus aguas achocolatadas y mansas me hacen recordar la obra de García Márquez. Toda esta tierra, que cruzamos de sur a norte, me hace recordar la obra del Gabo. Si viviera aquí algún día, si tuviera que vivir en Colombia, aún con todo el drama histórico que aún palpita pese a los esfuerzos por construir la paz, yo lo haría, en parte, por la literatura del Gabo. Mientras viajo, busco a Macondo en las orillas de las carreteras. Busco las mariposas de Mauricio Babilonia y a Remedios en las sábanas colgadas en los patios de las casas. En el Magdalena, busco el barco de vapor donde Fermina Daza y Florentino Ariza realizan su última travesía amorosa en los tiempos del cólera. Entonces es cierto: nadie puede asegurar que la literatura pueda cambiar el mundo, pero no hay dudas de que lo hace más bello, más soportable.


19 de diciembre

1:15 am. A 5 horas de Cúcuta, el frío de la sierra produce mareos y entumecimientos. No sé dónde estoy. Atrás quedó la ciudad de Bucaramanga, a la que llegamos por la vía de San Alberto y no por la vía más rápida. Esto marcó un retraso de seis horas. Ya el dolor de las rodillas, nuca y espalda, es superior a las ganas de dormir. Nos detuvimos esta vez porque uno de los choferes busca a su hija. Desde la ventana del autobús observo a este hombre y su niña hundidos en un profundo abrazo. La madre se mantiene cauta a cierta distancia, indiferente, como si sostuviera un cartel en las manos que dice: «Estamos divorciados.» La niña abraza a su padre con las piernitas horquilladas en su espalda. Lo abraza con sus brazos y piernas. No lo suelta. El hombre sube al autobús con su hija y nos dice a todos: «Esta es mi hija. Tenía once meses sin verla.» Aplaudimos. Yo conozco ese sentimiento.

6:20 am. Llegando a Cúcuta.

10:13 am. Hay quienes dicen que esta frontera es una de las más turbias y sofocantes de América Latina. No es para menos. El movimiento de venezolanos es impresionante. La mayoría cruza la frontera para comprar alimentos, medicinas, artículos de higiene, ropa y otras utilidades. Pero también están los que dejan o retornan a Venezuela. Muchos de estos viajeros recién amanecen sobre sus maletas, en aceras y callejones. Esperan que abran tanto el DIAN colombiano como el paso fronterizo venezolano. Las casas de cambio se activaron desde temprano. Hay algo siniestro en este lugar. Algo cuya voracidad aturde. Para quienes ignoramos la lógica de las casas cambiarias, o para quienes solo vemos el flujo de dólares, pesos y bolívares sin saber del todo sobre este negocio, no hay otra alternativa que entrar en el sistema y hacer uso de él con recelo y espanto. Y lo hacemos como si en el fondo estuviéramos extendiendo un billete a una mano invisible. Una mano que mueve los hilos de ambas ciudades fronterizas –San Antonio y Cúcuta-, con o sin razones, y que aprieta nuestra moneda y la pulveriza. Cambias dólares a pesos y de pesos a bolívares. Pero si cambias pesos por efectivo venezolano, por papel moneda, te dan menos bolívares en comparación a lo que pudieran darte si haces una transferencia bancaria vía online. Y si cambias pesos en billetes venezolanos de alta denominación, no te dan la misma cantidad de bolívares si acaso decides recibir billetes venezolanos de baja denominación, los viejos, los de 50 y 100 Bs. Estoy seguro que tanto el papel como la impresión de nuestros billetes, probablemente valgan más que el billete mismo. Uno sospecha, al pasar por Cúcuta, que esa mano invisible se ha metido en tu bolsillo, te ha contado el dinero, ha sacado una parte, y la otra te la entrega incompleta y tan irrisoria que basta con pagar un pasaje en autobús en tierras venezolanas para darse cuenta.

Casa de cambio, Cúcuta

11:22 am. Me cuesta usar el teléfono móvil y escribir con tranquilidad. Busco lugares seguros donde abunden policías o funcionarios de extranjería para escribir estas notas. Estoy en Cúcuta aún. Comienzo a recordar un conjunto de lamentables diferencias. El miedo es una de ellas.    

12:03 pm. Salvo por algunas y fuertes diferencias, San Antonio del Táchira es una prolongación de Cúcuta o viceversa. El comercio formal, por la crisis venezolana, no es tan visible. No es la misma vida comercial de cuando el bolívar valía más que el peso. Hay una buena cantidad de locales cerrados y buhoneros por doquier. En las calles transitan pocos carros y el peatón, aquel que viene o va hacia Cúcuta, se convierte en un tumulto permanente. Todos vienen manoseados de la frontera, todos van a que los manoseen en la frontera. Al llegar a San Antonio, pude advertir que lentamente me hacía parte de una muchedumbre de desesperados. Una agonía y tristeza que tenía cuatro meses sin ver. Y en esa multitud pude notar que la frontera es para el tachirense, tanto como para otras partes del interior, el enclave donde convergen tanto los más astutos pícaros como los más necesitados. Abundan usureros de oficio. Pero también aquellos que buscan desesperadamente el pan para sus familias. La Guardia Nacional merodea entre la multitud como custodios de la impunidad, más que de la justicia y el bien común. Cúcuta y San Antonio son dos rémoras colgadas en un pez gordo, voraz, implacable. La moneda es ese pez gordo.

Puente Internacional Simón Bolívar, frontera con Colombia

En el edificio de extranjería en San Antonio leí innumerables veces el siguiente rotulado: «Aquí no se habla mal de Chávez.» Cosa que es cierta porque al parecer Chávez, el político, se esfumó de la memoria colectiva y ahora todos hablan mal del chavismo de Nicolás Maduro y los miembros de su gobierno. No se habla mal de Chávez. No. Pero algo si es excesivamente obvio: se habla mucho, y muy mal, de todo lo que tenga que ver con el gobierno chavista de su sucesor.

En lugar del rotulado: «Aquí no se habla mal de Chávez», un gobierno serio debería expresar, mejor: "Bienvenidos al país con delincuencia 0 en toda Latinoamérica". Entonces provocaría entrar a ese país. Pero si lees «Aquí no se habla mal de Chávez» y te encuentras con un país económica, moral y estéticamente destruido, lo primero que harás es dudar del chavismo en vez de celebrarlo. Por lo visto, en cuatro meses, que no es mucho tiempo, la política comunicacional del gobierno sigue siendo un panfleto y  una triste ironía.

1:50 pm. Punto de control de Peracal, San Antonio del Táchira. Después de cruzar una frontera atestada de viajeros, nativos y mercachifles, tomo el autobús que me llevará a San Cristóbal. Dos cosas llaman mi atención. La primera es la cantidad de billetes de baja denominación que muchos cuentan entre sus manos para pagar un pasaje de autobús. 150 billetes de cien, para un total de 15mil bolívares que mi compañero de puesto cuenta una y otra vez, y que el chofer recibe y cuenta también para luego ocultarlos en una mochila. El mismo procedimiento lo vi con billetes de 50Bs, y también cayeron en la mochila. Repito: en una mochila; no en el bolsillo. No vi monederos, ni billeteras; solo vi bolsas plásticas donde la gente carga paquetes enteros de billetes solo para pagar un pasaje de autobús. Tanto los pasajeros como el conductor del vehículo deben contar el dinero. De esta forma un viaje que dura dos horas se convierte en otro que dura cuatro.

Lo segundo: Sube al autobús un guardia nacional. Dice: «Cédula por favor» y todos los pasajeros sacan su cédula. Yo sigo al guardia de cerca, lo mido en altura, peso e intención y caigo en cuenta de a que este funcionario lo que menos le importa es la identidad de los viajeros. Porque todos mostramos nuestras cédulas y este guardia ni las toca, apenas las mira, más bien concentra su atención en los equipajes, en los paquetes grandes, en todo aquello que pudiera sospecharse como mercancía de contrabando. Entonces pregunta por dos equipajes en particular. Uno es un saco blanco que contiene hortalizas. El otro es un paquete negro relativamente grande. El guardia pregunta por el dueño, un muchacho pequeño y desgarbado que alza la mano y dice: «Es mío.» «Qué contiene», pregunta el guardia. «Es un bulto de harina», responde el muchacho. El guardia, de pronto, olvida las cédulas e insta al muchacho a que baje del autobús. Baja el guardia y el muchacho va detrás de él, a paso firme, natural, y ambos caminan hacia el edificio militar que está junto a la carretera. Se pierden de vista. A los cinco minutos, vemos que aparece el muchacho, sube al autobús, y se reinicia la marcha. Escucho del muchacho: «Me pidió treinta mil.» De esta forma veremos dos cosas: que el muchacho tendrá harina suficiente para alimentar a su familia por quince días, o que esa harina, comprada en Cúcuta, estará puesta en un tarantín sobre una calle cualquiera, a precios elevadísimos, dejando como muestra que la consigna de la GN: «El honor es nuestra divisa», es un rotulado más, pura charlatanería.

3:08 pm. Terminal de San Cristóbal: un triste basurero. Golpea su imagen.

Terminal terrestre de San Cristóbal

 4:14 pm. Estas primeras horas en el país han sido brutales. Ofensivas. Yo he estado fuera del país durante cuatro meses. No han sido años ni toda una vida. Tampoco quiero decir con esto que todo cuanto veo en este momento es novedoso o inédito, o que en Ecuador y Colombia no exista pobreza, desidia, decadencia. Cada país sabe ocultar de la peor o mejor manera sus propios lastres. «El mundo está podrido en todos lados», escuché decir cuando salí de Venezuela. El terminal de San Cristóbal es un puntapié en la cara. Una ventana, una vitrina, de lo que muchos pueden encontrar tierra adentro. Me cuesta explicar cómo puede deteriorarse un país tan vertiginosamente en el lapso de cuatro meses, y sobre todo, me espanta e indigna cómo la desidia e indolencia se ha convertido en nuestra peor costumbre, en nuestra única forma de vernos como venezolanos.     

5:53 pm. La patria no es una mera consigna. Un patriota no es aquel que repita todos los días la cartilla, el manual, los panfletos de un partido político. Un patriota no es aquel que solo defienda a su país del imperio o que luche por un cambio de gobierno. Un patriota defiende a su país en las pequeñas cosas: al menos intentaría tener un terminal terrestre limpio, seguro, funcional, y no un vertedero de basura, un meadero, una hedentina permanente. Y un gobierno, un buen gobierno, no es aquel que crea y profundiza los problemas de un país, sino que ofrece soluciones y las ejecuta.

6:27 pm. Quienes nos hemos ido, quienes quedaron atrás, quienes se marchan a diario, tanto como los que se quedan o regresan, no solo sufrimos el país que tenemos sino que también lo soñamos. Lo soñamos diferente. Pero poco hacemos por el sueño. Tenemos el cerebro y las manos atadas al estómago. Incluso la creatividad, la voluntad, la pasión, las grandes iniciativas están por debajo de las necesidades del estómago. La hiperinflación, el costo de la cesta básica en comparación con los salarios, está muy por encima del patriotismo. Según tengo entendido el salario base de un venezolano es de 456.507 bolívares. En una economía que basa sus costos de acuerdo al precio del dólar paralelo, aunque el gobierno no lo quiera aceptar, este salario representa la cantidad de cuatro dólares aproximadamente. Un ecuatoriano promedio gana 375 dólares, y aun con un índice de inflación mínimo, casi nulo, este salario no cubre todas las necesidades de los ecuatorianos. Pero cuatro dólares mensuales, sin un aparato productivo óptimo, es matemáticamente inhumano.    


20 de diciembre

12:59 am. La unidad habilitada para trasladarnos a Valera nunca llegó. El motivo de fondo: la crisis del transporte. Nos toca pasar la noche en este sórdido y triste basurero, junto al hedor de las mil meadas que a esta hora nubla mis sentidos. Muchos duermen en el piso. La iluminación es pobre. Escribo a escondidas, oculto entre una pila de maletas y bajo una chaqueta que cubre la luz del teléfono. No hay un policía que a esta hora custodie tanta desidia. Es lo mismo ver un perro echado sobre el pavimento que ver a un ser humano en este lugar. Pero los perros no piensan, no son conscientes de su vida de perros. Los perros no votan, ni suscriben acuerdos, ni escriben rotulados como «Aquí no se habla mal de Chávez.» El problema es que aquí todo habla mal del chavismo. Hasta los perros.

Terminal de San Cristóbal por la madrugada

1:46 am. Niños, ancianos, hombres y mujeres de trabajo, tal como los veo ahora, me llevan al purgatorio o infierno de Dante, o a la gente del abismo de Jack London. Muchos de los que aquí se encuentran regresan a su patria o retornan a sus ciudades. Pero, ¿qué es la patria? Este terminal sucio y maloliente, este desamor que puede verse en calles, brocales y paredes, esta crisis del transporte, esta hiperinflación demencial, este miedo por la delincuencia, esta tristeza que veo en ojos y cuerpos lánguidos y enflaquecidos, todo esto no es mi patria sino el resultado de un naufragio producto de la discordia, la arrogancia y la incompetencia de quienes les importa más el poder que gobernar. Yo busqué desesperadamente a mi país una vez que entré a él. Tanto en San Antonio como en San Cristóbal, quise apartar la mirada del desastre y buscar el tipo de pequeñas cosas que no existen en otro lugar del mundo. Que no encontraré en ningún lugar del mundo. Busqué el idioma a nuestra manera, sus acentos, sus palabras, su alegría. Busqué el café colado y no instantáneo, nuestras empanadas, el papelón con limón, la morcilla tachirense, el pan y el picante andino, el chimó. Porque la patria está, existe, palpita en las pequeñas cosas, en los sabores, olores, texturas, en el afecto de nuestra gente, en su belleza, alegrías, dolores y esperanzas.

Numerosas personas pernoctan en el terminal de San Cristóbal con condiciones infrahumanas

2:37 am. Junto a un soldado de la Guardia Nacional, pasajero y víctima también de este terminal atroz, duerme un niño de unos tres años sobre una maleta. Lo cubre una sábana. Parece un cadáver. El guardia, sentado en el piso junto a su equipaje, abraza a su mujer que duerme entre sus brazos. A mi lado, una anciana se queja de varices y dolor lumbar y termina por echarse en el pavimento. Yo aparto un poco de basura, la alejo de mí como para sentirme menos miserable, y me acomodo en el borde de la acera. Escucho: «Los chavistas y hasta los opositores dicen que los que se van del país son unos cobardes.» Guardo silencio. No justifico ni defiendo nada. Muchos de los que salimos del país sentimos en el fondo ese sentimiento de culpa. El de no quedarnos y luchar. Yo lo he sentido, sin duda, y no me avergüenza. Pero, inmediatamente después de que este sentimiento de culpa se asoma, como patriota o cristiano, recuerdo las veces que siendo periodista de un ministerio, en plena campaña electoral muchos funcionarios de alto nivel visitaban Trujillo, llegaban a los urbanismos y barriadas, inspeccionaban con asombro la pobreza, se servían de ella con promesas y expectativas falsas, caminaban rozagantes y olorosos a Channel, con la barriga llena de los mejores restaurantes, y de toda aquella parafernalia propagandística quedaba apenas las fotografías que yo tomaba y las notas de prensa que redactaba, que a la larga constituían el repertorio de embustes y demagogias típicas de un proceso electoral, el mismo que asombrosamente se repetía de una elección a otra, y que la gente, los desesperados, escuchaban una y otra vez en un círculo vicioso interminable. Recuerdo ese cansancio, la inercia, la impunidad; recuerdo que yo también quise cambiar el mundo y luchar por la liberación de los oprimidos, pero que ese apetito, esa pasión, fue estrellándose cada día más en los muros de la burocracia y el fanatismo, o frente a la redondez de estómago y rubor facial de un ministro frente a un churrasco de cerdo y un buen vino, hablando del proletariado y la clase obrera, mientras que algunos, en plena escasez y desabastecimiento, masticábamos cables o suelas de zapatos. Recuerdo también lo bueno, y lo aprendido, y lo agradezco. Dije que sería honesto: si hay un sentimiento de culpa en mi mucho más fuerte que el de no quedarme y luchar, es el de haber formado parte, hoy digo que ingenuamente, de un movimiento político que utilizó las mejores voluntades para que una élite de dirigentes se convirtieran en una de las oligarquías más voraces y corruptas de la historia de este país.

2:58 am. Recuerdo que salí del país una vez que, al criticar con dureza el último proceso constituyente, que hoy también rechazo, recibí amenazas y chantajes de los chavistas más inafames, algunos de los cuales eran chavistas solo para traficar y mercadear alimentos, medicinas, y beneficios gubernamentales. Tenía cuatro meses sin sentir tanto miedo, paranoia, angustia. Pero también tenía cuatro meses sin sentir tanta rabia e indignación. Es lamentable. El tema político, la crisis, el descaro, es un gas tóxico que te envenena poco a poco el espíritu. Intento calmarme. Recuperar la alegría, el entusiasmo. Apartar el pesimismo aun cuando todo lo que observo es pésimo, doloroso.

3:42 am. Ha llegado un arpista con su hermoso instrumento. Es un pasajero más. Se ha sentado en la acera. Está rodeado de cuerpos que en el piso parecen más bien una multitud de damnificados en medio de una zona de desastre. Su cansancio es el cansancio de todos. También su desazón. Llevo rato observándolo. Estoy seguro de que su mirada ante tanta pesadumbre es sensible, única. Este hombre tocará el arpa como los músicos de Cameron en pleno hundimiento del Titanic. Lo veo en sus ojos.

5:10 am. Escucho el arpa. Una tonada venezolana. Por primera vez en toda la noche se me aflojan las lágrimas. Ahí está mi patria en esas manos puntiagudas y virtuosas. Los que no duermen o los que están por dormir, levantan sus cabezas y experimentan el mismo sentimiento. Algo embelleció de pronto el lugar. Como una flor luminosa que brota de pronto en la oscuridad, y que despierta poco a poco otras flores, así nos vamos sintiendo mientras amanece. En efecto, el arte, la música, el arpa de este hombre entre sus manos no cambiarán la desidia que reina en el lugar. No cambiarán el mundo. Pero por minutos, por instantes, nos enseña que lo bello existe y que siempre luchará por sobrevivir.

5:50 am. Tomo un autobús hasta El Vigía. De allí saldré hasta Valera. Toca dormir.

1:07 pm. Voy rumbo a Trujillo en un vehículo tipo sedán de cinco puestos. Observo de la carretera Panamericana sus extensiones de tierra reverdecidas, sus ríos, las garzas, sus poblados y caseríos igual de ígneos, con su gente que aprovecha los reductores de velocidad para vender café, bebidas y frutas tropicales. En la lejanía, algunas ceibas y pataedantos solitarios se yerguen en la llanura, junto al ganado que pasta bajo el sol en pequeños grupos, indiferentes a la crisis, felices de que sus carnes no se encuentren en los frigoríficos ni en la dieta de muchas familias venezolanas. Yo veo todo esto con la extrañeza y el asombro de quien regresa a casa y encuentra cada cosa en lugares distintos. O como quien llega y nos las consigue. La casa de siempre pero con ausencias, retrocesos o estancamientos.

1:31 pm. Escribo en la orilla de la carretera. No hay paso. Un conjunto de familias cerraron la vía con barricadas. Protestan la falta de gas licuado para cocinar sus alimentos. Esto se suma a las largas colas de carros que he visto en todas las estaciones de servicio por la escasez de gasolina. Hace cuatro meses al menos había combustible. Incluso uno podía obtener el gas pese a las dificultades. Nuestro conductor comenta: «Ya comienzan a vender gasolina de contrabando, como en Colombia.» Las causas de esta situación las desconozco. Solo veo y escucho. Pero igual me indigno. Indigna que siendo Venezuela un país tan rico en hidrocarburos, exista escasez de gasolina y gas licuado. Desconozco las causas pero imagino las versiones oficiales: Donald Trump, el imperialismo, el bloqueo, la MUD. Yo repudio esta postura. Y la repudio porque, insisto: un buen gobierno no profundiza los problemas; los soluciona. Un buen gobierno, en circunstancias como la nuestra, tiene planes de contingencia en lugar de ruedas de prensa y declaraciones que tienen el único fin de justificar su propio desastre con culpables y chivos expiatorios. Rafael Ramírez, quien presidió PDVSA durante una década es el nuevo chivo de las siete mil cabezas. Las recientes sanciones de Trump, que tampoco justifico, ahora son la excusa perfecta para que el gobierno oculte su responsabilidad en la pésima administración de una industria petrolera que durante más de una década ha estado en manos del PSUV y no de la Casa Blanca. Antes de las sanciones financieras contra el gobierno de Nicolás Maduro, estas barricadas, estas protestas por gas y también por agua potable y energía eléctrica eran el pan de cada día. Hace seis años, cuando hice un viaje hacia el exterior y regresé de nuevo a casa, encontré una ciudad atestada de barricadas y protestas, no por cambiar al gobierno, sino porque a los valeranos se les estaban pudriendo los alimentos en sus neveras y refrigeradores por falta de energía eléctrica. Hace seis años, repito. Sin sanciones imperialistas. Y con Ramírez en la presidencia de PDVSA. No se puede sacrificar a un pueblo entero, o una generación entera, por la tozudez de criterio o por la mostrenca retórica de una revolución que en lugar de liberar, oprime; o que en lugar de elevar la conciencia, fomenta en el ciudadano común la corrupción y el canibalismo social y económico.   

1:57 pm. Permiten el paso a un vehículo en el que viaja una mujer embarazada cuya vagina sangra. Cierran el paso de nuevo. En un poste del alumbrado público está colgado un cartel con la imagen de un candidato oficialista por una alcaldía merideña. Miro en ese cartel un corazón tricolor y los ojos de Chávez. Observo la barricada. Pienso en una vagina sangrante, en un bebé, en un saco placentario. Pienso en cada uno de los enfermos de cáncer, de VIH, de diabetes; pienso en aquellos que sufren de epilepsia o mal de Parkinson, en quienes tienen una infección bacteriana, y pienso en la escasez de medicamentos, en las 17 farmacias que visité inútilmente para comprar el salbutamol por el asma de una de mis hijas, y que vine a conseguir en Facebook a un precio de espanto; pienso en esto y miro el cartel, de nuevo la barricada, los ojos de Chávez, las bombonas de gas vacías, y no me queda otra opción que dudar, como todo el mundo duda, de los dos últimos procesos electorales en Venezuela -gobernaciones y alcaldías-, y que el chavismo ganó con cifras y resultados absurdos. Yo veo la realidad, que es infalible, mientras el CNE se empecina en el descaro de contradecirla.

2:21 pm. Escribo en un parador a minutos de Sabana de Mendoza. El tamaño de los precios no termina por acoplarse en mi cabeza. Todo es confuso. Miro hacia la carretera Panamericana y observo restaurantes, carnicerías, ferreterías cerradas. Estoy en suelo trujillano. Busco la alegría navideña como un vestigio. Está apagada. Puede verse en las caras, en las conversaciones, en esa niña sentada en la acera con la pobreza a cuestas.

3:34 pm. Una alcabala nos detuvo. Es el tercer punto de control que nos detiene desde que salimos de El Vigía. Cada vez que esto ocurre uno se siente como culpable de algo sin saber exactamente de qué. Recuerdo a Kafka y sonrío. Estoy sentado debajo de un árbol entre la localidad de San Miguel y Jalisco. Viajo con una muchacha, un hombre algo mayor y una pareja joven. Esta pareja viene de comprar comida en Cúcuta, a 14 horas aproximadamente de Valera. En el guarda equipaje del carro, esta pareja tiene dos bultos de harina, mantequilla, azúcar, espaguetis y artículos de higiene personal. Recuerdo tanto a la pareja como su equipaje porque también les tocó dormir en el terminal de San Cristóbal junto a un centenar de personas. Un guardia nacional revisa los equipajes, incluyendo mi mochila y bolso personal, pero detiene nuestro viaje por el cargamento de la pareja. Pregunta el tipo y la cantidad de comida que trasportan. Se le responde y explica que dichos alimentos fueron comprados en Cúcuta. El guardia pide factura y la mujer se las extiende. Pero las facturas no tienen sello, ni dirección fiscal, apenas una tarjeta de presentación grapada con un número de teléfono colombiano. Yo miro al guardia y como siempre ausculto su actitud, aquello que no muestra con palabras ni mucho menos con el uniforme. El guardia termina por decir que tales facturas no son válidas y que deben retener la mercancía hasta tanto los dueños busquen en Cúcuta, a 14 horas de distancia, unas nuevas facturas. Pienso en Kafka. Durante el viaje, y en conversaciones con mis compañeros de ruta, pude saber que aquella pareja tenía una carga familiar de cuatro hijos menores de edad y una anciana. Uno también sospecha de aquellos civiles que transportan alimentos en dichas cantidades y que pudieran ser usureros de oficio, revendedores o especuladores. Pero de esta pareja, y espero no equivocarme, solo encontré nobleza y desesperación. De sus bocas escuché que era la primera vez que iban a Cúcuta por comida y que sería la última, dadas las condiciones asfixiantes del viaje. Pero lo hicieron esta vez porque proyectaron un mes de enero difícil, sin dinero y comida para sus cuatro hijos y abuela. Según escucho, el modus operandi de aquellos guardias que cobran vacunas por este tipo de mercancías es aislar al pasajero, salir del radar, y dejarse sobornar. Tal como presuntamente ocurrió en Peracal con el muchacho y su bulto de harina. Esta vez quisimos evitarlo. Todos los pasajeros acompañamos a la pareja y todos nos hicimos testigos en caso de que surgiera cualquier soborno. Finalmente el guardia cedió. Le dijo al hombre: «Te dejo pasar porque sé que en este país no hay comida; espero que no la vendas», y de inmediato la mujer reaccionó: «Si la vende, lo mato.» Yo sonreí. Pensé en Kafka una vez más.       


29 de diciembre

Post scriptum. Durante nueve días he experimentado la alegría del encuentro familiar. Esto es invaluable. La patria también está en las personas y lugares que amamos. Y estar lejos de lo que amamos, aunque las causas sean históricas o accidentales, siempre será una lucha individual. Una lucha contra el desarraigo y sobre todo contra uno mismo. El tema no es salir o quedarse, el tema es lo que somos en ambos contextos. Hay quienes deciden salir del país por razones egoístas, por snob, y hasta para dejar muy mal parado el gentilicio. Pero también hay quienes deciden salir por desesperación, por las cargas familiares que tienen, por ese kilo de queso que vale 200mil bolívares, cantidad que representa el salario promedio de un venezolano en quince días. En lo particular, decidí emprender este viaje por razones obvias, pero también lo hice, en parte, por el terror de verme en una centrífuga cuya inercia me estaba llevando a una de las más lamentables costumbres de la condición humana: adaptarse a la desidia, acostumbrar los ojos, el cuerpo, el espíritu a la desidia.

En cuatro meses de ausencia, el país no ha cambiado. Está peor. Se ha encarecido notablemente. La actual crisis, estoy seguro, no es tan dolorosa como la indiferencia de nuestro pueblo por todo lo que ocurre a su alrededor. Nos hemos acostumbrado a las colas, a la basura, a los apagones eléctricos, a la escasez, a la destrucción moral y estética, al pésimo funcionamiento que mostramos como sociedad. Nos hemos acostumbrado al descaro de nuestros gobernantes, al chantaje de un bono por un voto, una pierna de cerdo por un voto, una chamba por un voto, un carnet por un voto. Nos hemos acostumbrado al secuestro de nuestras instituciones democráticas, a la total indefensión que como venezolanos sentimos frente al crimen organizado, o frente a los pequeños delitos económicos que se cometen a diario en cualquier calle, red social, bodega o almacén. Nos hemos acostumbrado a la falta de liderazgo de una disidencia sin brújula, sin conceptos, sin proyecto, a una dirigencia opositora plagada de contradicciones. Nos hemos acostumbrado a odiarnos unos con otros, a la discordia, a tomar el país como si fuera una caimanera de futbolito, a aplaudir como focas a un chavista con un mazo todas las noches por televisión, como si darnos porrazos sirviera para fomentar el encuentro, el amor, la comunión que tanto necesitamos para nuestras diferencias y enrumbar el país a mejores circunstancias. Nos hemos acostumbrado, en fin, a una forma de ser que ya no nos sirve. Yo denuncio esto. Nos denuncio. Me denuncio. De la misma forma en que me indigna y denuncio la naturaleza de este gobierno, me indigna y denuncio nuestra apatía. Y la denuncio porque entre tantos naufragios no tengo la menor duda de nuestra grandeza, de lo hermoso, de lo mejor de nosotros mismos. Entre tantos naufragios esa grandeza corre el riesgo de desaparecer, o dormir, los cien años de un cuento de hadas convertido en pesadilla.


Yo honro con este viaje no solo nuestra manera de resistir, que es asombrosa y diversa, sino también a las mujeres y hombres que luchan, dentro y fuera del país, por una Venezuela digna. Honro al venezolano, sin distinciones de credo o color político, que en las actuales circunstancias conocen como testigos de esta época la verdad de todo cuanto aquí ocurre. Honro en especial a mis compañeros de ruta en el Ecuador, a Ángel, José Luís, Javier, Carlos, que en este momento, cuando faltan pocas horas para despedir el año, no podrán abrazar a sus familias en la madrugada. Yo conozco sus lágrimas, sus noches, sus amaneceres; conozco sus rutinas, su cansancio, su extrema nostalgia. Pero también conozco sus alegrías, sus virtudes, su inmensa y amorosa capacidad de sacrificar sus vidas por el pan de sus familias. A ellos, y a cada uno de los ecuatorianos que nos hicieron los días menos solitarios y tristes, Luís, Diomedes, Anderson, Juan Carlos, Lolo, Ochoa, Joseph, William, a ustedes, mi más hermoso tributo.