lunes, 22 de enero de 2018

SOBRE EL VERBO ESCRIBIR (Decálogo solar + un indiscutible)

Por Sol Linares
sol.linares@gmail.com



Escena en "The pillow book", dirigida por Peter Greenaway, 1996.

Abordar el oficio de narrar desde nuestras propias murallas tiene cabida si partimos del principio de Saint-Exupéry, ése que dice que “cada estrella fija una dirección verdadera”. La mía tiene la marca de una obsesión que puede resultar o no, útil a quienes deseen emprender el oficio de la escritura. Se llama lector. La cosa nostra. Esa figura promueve mi laboratorio de seducción (usted y yo sabemos que escribir es seducir, persuadir, conquistar). Incapaz de decir para quién escribo, al menos sé que no escribo para los inocentes, lo cual hace todavía más emocionante la conquista de un lector y toda maniobra futura. Si nota en estas fórmulas personales una tendencia medio esquizoide, créame que no podré contradecirlo:


1. Elija un lector imaginario. Hace años me inventé uno; inteligente, risueño, polifacético, pero con muy poco tiempo para leer, cosa que me obliga a luchar por cada minuto de su atención. El cuento, por ejemplo, representa la oportunidad de vencer momentáneamente la psicología de un lector que adquiere un libro justamente esperando que eso ocurra: que usted venza una sutil resistencia. Invéntese un “lector” que le genere niveles exigencia y le ayuden a superar sus propios límites.


2. No subestime al lector. Esto es, no le ahorre sufrimientos, ni verdades, ni experiencias. ¡Mucho menos caiga en la tentación de escribir fácil para que lo entiendan! Si partimos del error de que el lector es ignorante, prejuicioso y básico, nuestro trabajo literario perderá todo ímpetu. Que nuestra escritura no sea complaciente, ni cobarde, ni cómoda, ni siquiera moralmente hablando. Escribir es un asunto de valentía y honestidad. El lector agradece cuando usted tiene la valentía de decir las cosas justamente como son. Además, en literatura, como en la vida, escribir con miedo y sin convicción desencadena una terrible infelicidad.

Por el escultor Keith Jellun

3. Ignorante como soy, y autodidacta, juro que la imaginación es todo cuanto tengo. Imaginación e intuición. Es necesario concederse la libertad de imaginar lo imposible; cada cosa imaginada nace a su vez con una forma muy particular de ser expresada.


4. El absurdo no merece ser justificado, o argumentado. Si ya la realidad tiene el defecto de estar fundada sobre soberanos absurdos que nadie se explica, el terreno de la ficción lo necesita todavía menos.

5. Evite abordar la descripción de un personaje, objeto u evento con una mirada cansada. Describir por describir entumece características realmente vivificantes que pueden estar esperándonos agazapadas en las cosas. En verdad, encuentro belleza en este recurso si uno se va a la caza de nuevas cualidades, pequeñitas pero significativas. Una narrativa viva compone diversos sustratos, informaciones sutiles y poderosas. Salir de ese estado de confort donde todo parece lo es, practicar una mirada inconforme, nos evita describir lo obvio y nos obliga a penetrar en las zonas marginadas por la luz.

6. La extensión de un cuento, o de una novela, debe ser equivalente a su latido. En otras palabras, la largueza o brevedad trabajan en función de conseguir un efecto concreto. Si se nos ocurre ser olímpicos y nos salimos de sus límites, corremos el riesgo de echar por la borda el milagro del misterio y perder la atención de un lector que, seguramente, tiene mejores cosas que hacer.

7. Forzar una historia a contarse de una manera que no está dentro de su lógica, suele llevar a cometer toda una cadena de tristes equivocaciones. Déjese guiar por su intuición. Recuerde que una historia puede tener infinidad de abordajes. Pero sólo una es la más efectiva. Confíe en la historia, en la forma en que se ha estado organizando sin que usted tenga demasiada consciencia. Verá que la historia en sí misma posee adentro el germen de todo; la estructura, el ritmo, la tensión que la favorece, el tratamiento del tiempo interior, etc. Todo está adentro, como el árbol en la semilla.


8. Todo buen cuento proporciona una experiencia emotiva poderosa. Sea erudito o no su tratamiento, el cuento debería tener un destino sencillo: emocionarnos.


9. La narrativa funciona secretamente con el oído. Y aquí llegamos al reino del ritmo y los tonos. El oído buscará la forma de organizar todo el material de lo narrado y detectará todo lo que obstaculice su fluidez. Por eso muchas historias atascadas nos hacen chasquear los dedos y decir: “esto no me suena”. “No me suena” muchas veces significa “no encuentro el tono”, lo cual en el peor de los casos nos indica que “no está siendo efectivo”. Es posible que el tono sea tan importante, que determina desde qué lugar será narrada una historia, o viceversa. Contar desde el yo, por ejemplo, desencadena un ritmo, una armonía, y un tono, que lo distingue de las demás voces narrativas.Sin saberlo, el narrador es en cierta medida una suerte de músico, porque cada palabra escrita es la traducción material de un sonido. La elección de una palabra combinada con otra produce una sonoridad muy particular. Esa sonoridad pertenece a la naturaleza del escritor, a su forma de agruparlas, pausarlas, destacarlas. Usted se preguntará: ¿Y qué relación guarda el sonido con un planteamiento, un personaje, una emoción, una trama? Pues bien, una palabra tiene qué ver con otra, en la misma medida en que se comunican Do con Re, o Mi con Fa, ¡la combinación infinita de estas ocho notas musicales producen toda clase de armonías!
   El alfabeto es una maravillosa escala musical, y los lenguajes del mundo, asombrosas orquestas. No es poca cosa. Se me ha ocurrido pensar que el estilo de un escritor, eso que solemos llamar “la voz de alguien” (vemos como, una vez más, está relacionada al oído) es, nada más y nada menos, que esa forma particular en que suena su literatura. Visto así, el estilo resulta de esa especial elección de sonidos que destacan lo contado. Así como podemos diferenciar la música de Mozart de la de Vivaldi, por decir, también podemos diferenciar el estilo de Cortázar del de Hemingway. En cualquier caso, lo mismo que la música se comunica con nuestras emociones, también lo hace el estilo de un autor; nos conmueve, nos exalta, nos abstrae. ¿A quién no ha hecho llorar de emoción, por ejemplo, la composición musical de Gabriel García Márquez, Clarice Lispector, o Galeano, sin que sepamos por qué, exactamente, estamos vibrando tan alto?  


10. Encuentre el método y el ritmo de trabajo que se adapte a su personalidad y pasión, recuerde que solo usted conoce la fórmula de su disposición creativa. Hay quienes escriben a diario, en horas nocturnas, o cuando han acumulado suficientes elementos para comenzar un libro. Por más que pongamos una rosa amarilla sobre el escritorio y escribamos descalzos como lo hacía Gabriel García Márquez, o rentemos una oficina como Alice Munro, o trabajemos en nuestra obra durante 7 días a la semana sin tomar descanso ni siquiera en días festivos como Isaac Asimov, o le impongamos horas de silencio a nuestros hijos como Thomas Mann, o escribamos de pie como cuenta la leyenda Hemingway, nada nos garantiza que podamos escribir como ellos. Dirija su talento como solo usted puede hacerlo, ya que finalmente ése y no otro, es el mejor método: el que lo ayuda a fluir de acuerdo a lo que necesita escribir.


           INDISCUTIBLE:

¡Contenga la urgencia de publicar un libro apenas lo termine! La corrección puede llegar a ser incluso más apasionante que su arquitectura, porque parte de una nueva libertad: la del texto terminado. Hágalo exhaustivamente, con agudeza y paciente severidad. Elimine sin escrúpulos todo lo que atente contra la fluidez y potencia de la historia, bien sea que se trate de diálogos, personajes, anécdotas, etc. Luego de su corrección, es importante la revisión de un tercero que sea capaz de opinar honestamente y traducir los efectos de esta lectura. Procure que sea un lector nada considerado. Después de todo, con los libros ocurre lo que en las relaciones amorosas: se termina muchas veces antes de terminarse realmente.






lunes, 1 de enero de 2018

Crónica de un retorno: 92 horas de viaje desde Guayaquil hasta Venezuela

Por Daniel Linares
daniel.linares.hoy@gmail.com



16 de diciembre

7:28 am. Durante cuatro meses he esperado este día con la alegría y el miedo de quien regresa a Venezuela y a su circunstancia. No soy el único, tampoco el menos entusiasta ni el más inquieto. De los seis venezolanos que trabajan y residen en La Colina, la mitad retornará al país hoy por la noche. Los otros tres pasarán la navidad y el fin de año lejos de sus familias. Hay sentimientos encontrados: alegría y angustia, conmoción e incertidumbre. Uno regresa a Venezuela y sin embargo sentimos que vamos hacia un país escurridizo, extraño, sumido en una crisis tan absurda que acercarse a él es como intentar acariciar un pez vivo ensartado en un anzuelo.

10:34 am. A falta de computadora, papel y tinta, escribo en el block de notas de mi teléfono móvil. Llevo haciéndolo desde que salí del país. Las razones, más allá de construir memoria, las resumo en una sola: en tiempos donde la ola migratoria de venezolanos es permanente, dramática y hasta inhumana, cualquier testimonio, siempre y cuando arrastre consigo una buena dosis de honestidad, puede ser más propicio que todo relato donde abunden el tipo de intenciones políticas que se amparan en el falso objetivismo (amarillista) de muchos medios de comunicación. En este caso, y frente a mis compañeros de trabajo, tanto venezolanos como ecuatorianos, prefiero ser honesto en lugar de objetivo.

4:16 pm. Camino por el terminal terrestre de Guayaquil con el mismo asombro de cuando lo visité por primera vez. No parece un terminal sino un aeropuerto; un outlet convertido en terminal terrestre. El edificio, restaurado en el año 2007, reúne en sus tres niveles un conjunto de supermercados, boutiques, restaurantes y hasta una venta de automóviles. Los autobuses esperan en andenes a los que se llega por escaleras mecánicas o ascensores. El sistema de vigilancia es intachable y la limpieza del lugar, incluso en los sanitarios, no deja dudas sobre el nivel de organización de un espacio que tiene capacidad para recibir 42 millones de usuarios por año. Se trata de una fundación constituida por la Municipalidad de Guayaquil, la Junta Cívica de Guayaquil y la Comisión de Tránsito del Guayas. Sorprende la relación entre lo público y lo privado en este lugar. Una relación que a todas luces se vuelve paradójica. Si el terminal terrestre de Guayaquil no tuviera la presencia de capital privado, otra sería su estampa. No funcionaría con el mismo fervor, cuido, organización y proyección estética que muestra en la actualidad. Supongo que a los gobernantes les conviene que sitios como estos funcionen, y a los empresarios que el buen funcionamiento arroje ganancias.

Terminal terrestre de Guayaquil, Ecuador.

6:45 pm. En el autobús que nos llevará a Tulcán, pienso en los últimos cuatro meses y en quienes dejamos en La Colina. En todo viaje siempre abandonamos algo. Esperamos algo. Uno es espectador del mundo y de sí mismo. El migrante construye su propia épica. De su dolor y coraje, levanta monumentos invisibles, historias que se contarán alrededor del fuego, espadas y trofeos que adornarán sus memorias, su identidad. Busco en el navegador un poema de Cavafis. Entonces leo: «Ítaca te dio el bello viaje. Sin ella no habrías emprendido el camino. Pero no tiene más que darte. Aunque la halles pobre, Ítaca no te ha engañado. Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia, entenderás ya qué significan las Ítacas.» Uno termina por entender que todo viaje, por muy largo, nos lleva siempre de regreso a casa.


17 de diciembre

8:34 am. Ya en Tulcán. Es domingo. Tuvimos un viaje de 12 horas sin contratiempos. Hace cuatro meses, en el viaje de esta ciudad hasta Quito, la luz del día colocó ante en mis ojos los volcanes Imbabura y Cayambe en la distancia. Entonces supe que viajaba, y que estaba lejos, y que había despertado de un extraño sonambulismo.  Viajar de noche es como cerrar los ojos y despertarse en otro lugar. Uno no tiene la certeza de lo que existe alrededor. Así fue el viaje de retorno: sin la cordillera ecuatoriana y sus monumentos naturales. Hoy Tulcán duerme bajo un cielo nublado. No hay asombros.

9:41 am La frontera de Rumichaca es breve y poco convulsa. Ecuador de un lado y del otro Colombia. Pero hay una distinción: hay más venezolanos que colombianos y ecuatorianos. Todos sellan sus pasaportes en ambas oficinas de extranjería. Yo bebo café mientras espero turno y observo la fila de trasnochados que va alargándose a cada minuto. Al viajero se le conoce por el equipaje. Pero aquí, además del equipaje, se le conoce por los niveles de desarraigo, perplejidad y expectativa que puede notarse en cada rostro. Los que regresamos a Venezuela no sabemos con exactitud qué tipo de país encontraremos. Del mismo modo, quienes entran al Ecuador no saben qué tipo de país encontrarán. Al parecer irse o regresar da lo mismo. Es la misma incertidumbre. O pánico.

Migración, Rumichaca. Ecuador.

10:52 am. M.V es una mujer venezolana con casi seis meses en el Ecuador. Salió del país movida por la falsa expectativa de una amiga. Sus primeros días fueron difíciles. Llegó a Guayaquil con el pasaje apenas. Luego quedó bajo el amparo de una familia ecuatoriana. Trabajaba por 60 o 70 dólares semanales. «Aunque Venezuela esta dura, y nos dicen que no regresemos, solo uno sabe lo que sufrimos aquí», comenta. Es madre de tres jóvenes y abuela. Sobre su regreso a Venezuela: «Uno está en medio del susto y la alegría. Es como si volviéramos a un país desconocido.»

7:35 pm. Atrás quedó Tulcán, Ipiales, Pasto. Nos detuvimos en un parador junto a la vía. Cenamos. El viaje se estira como si cruzáramos Colombia por una carretera de hule. En el autobús sólo viajamos venezolanos. Somos 40 con una historia en común: regresar al país para ver a nuestras familias y salir nuevamente. El tema de la crisis venezolana tanto como los meses de permanencia en países como Ecuador, Perú o Chile, es tan común que en principio asombra y luego termina por aburrir. En cada épica personal, en cada relato, opinión o interpretación de la realidad venezolana que he escuchado, la nostalgia y el dolor son comunes en todos. Es normal. Todo migrante, desplazado o exiliado, los experimenta. Pero entre tantas semejanzas, hay otro punto en común que en lo personal llama mi atención: el miedo y desprecio por los militares venezolanos, sobre todo por la Guardia Nacional Bolivariana y sus alcabalas repartidas desde San Antonio del Táchira hasta otras regiones del país. No es un miedo y desprecio infundado. Algunos llevan medicamentos para sus familiares y amigos, artículos de higiene personal y hasta dólares en efectivo. No llevan esto en grandes cantidades ni como mercancías de contrabando, pero todos comentan que dichos objetos, en un país golpeado por la escasez, corren el riesgo de “perderse” en las alcabalas o en las manos de algún hampón, sin que nada ni nadie pueda recuperarlos. «Uno puede mostrar facturas, pero si las facturas son ecuatorianas y te piden el pasaporte y te ven el sello de salida de Ecuador, entonces te buscan los dólares», comenta un pasajero. Esa es al menos la percepción. Infundada o no, es una percepción real. A los viajeros venezolanos no les preocupan los organismos de seguridad ecuatorianos ni colombianos. En cambio con los nuestros, vaya contradicción, se sienten inseguros.

8:38 pm. En el Valle del Cauca nos detuvimos en una zona llamada El Remolino por razones de seguridad. Somos el primero de una larga fila de autobuses que deben cruzar estas tierras en caravana por tratarse de un lugar donde existe una fuerte presencia de las Farc. Según uno de los conductores, los autobuses no pueden cruzar solos. Deben hacerlo en compañía de otros, incluso escoltados por la policía o el ejército colombiano. Alguien del poblado, una vendedora, nos dijo: "Guarden la plata. Escóndanla bien. Esta es zona de guerrilla". Algunos aprovechamos la pausa para tomar café y fumar. Pienso en la paz de Colombia. En su conflicto armado con más de 50 años de dolor e infortunio. La guerra nos enseña que la estupidez humana va de la mano con su inteligencia. Más de medio siglo en una guerra cuyos muertos no sabrán nunca si tanta sangre valió la pena. El problema es que una guerra, aunque dure un día, tarda mil años en superarse. Porque cuesta construir la paz, aquí dentro, en mismo centro del corazón, y apenas una pizca de segundo para arruinarla.   

18 de diciembre

9:23 am. Un fuerte olor a orina hace al viaje menos soportable. El sanitario del autobús y la poca ventilación dan la impresión de que viajamos en un meadero de borrachos. Con todo, hemos dejado atrás la ciudad de Cali y Pereira. Nos detuvimos en un nuevo parador pero esta vez nos abstuvimos de comer por los precios del desayuno. Haremos una nueva parada por la noche y comeremos un plato fuerte hasta nuestra llegada a Cúcuta. Los mareos, producto de nuestro tránsito por carreteras de alta montaña, los controlamos con pastillas de dimenhidrinato. Llegaremos a frontera en la madrugada de este martes.

3:11 pm. Acabamos de cruzar el río Magdalena. Sus aguas achocolatadas y mansas me hacen recordar la obra de García Márquez. Toda esta tierra, que cruzamos de sur a norte, me hace recordar la obra del Gabo. Si viviera aquí algún día, si tuviera que vivir en Colombia, aún con todo el drama histórico que aún palpita pese a los esfuerzos por construir la paz, yo lo haría, en parte, por la literatura del Gabo. Mientras viajo, busco a Macondo en las orillas de las carreteras. Busco las mariposas de Mauricio Babilonia y a Remedios en las sábanas colgadas en los patios de las casas. En el Magdalena, busco el barco de vapor donde Fermina Daza y Florentino Ariza realizan su última travesía amorosa en los tiempos del cólera. Entonces es cierto: nadie puede asegurar que la literatura pueda cambiar el mundo, pero no hay dudas de que lo hace más bello, más soportable.


19 de diciembre

1:15 am. A 5 horas de Cúcuta, el frío de la sierra produce mareos y entumecimientos. No sé dónde estoy. Atrás quedó la ciudad de Bucaramanga, a la que llegamos por la vía de San Alberto y no por la vía más rápida. Esto marcó un retraso de seis horas. Ya el dolor de las rodillas, nuca y espalda, es superior a las ganas de dormir. Nos detuvimos esta vez porque uno de los choferes busca a su hija. Desde la ventana del autobús observo a este hombre y su niña hundidos en un profundo abrazo. La madre se mantiene cauta a cierta distancia, indiferente, como si sostuviera un cartel en las manos que dice: «Estamos divorciados.» La niña abraza a su padre con las piernitas horquilladas en su espalda. Lo abraza con sus brazos y piernas. No lo suelta. El hombre sube al autobús con su hija y nos dice a todos: «Esta es mi hija. Tenía once meses sin verla.» Aplaudimos. Yo conozco ese sentimiento.

6:20 am. Llegando a Cúcuta.

10:13 am. Hay quienes dicen que esta frontera es una de las más turbias y sofocantes de América Latina. No es para menos. El movimiento de venezolanos es impresionante. La mayoría cruza la frontera para comprar alimentos, medicinas, artículos de higiene, ropa y otras utilidades. Pero también están los que dejan o retornan a Venezuela. Muchos de estos viajeros recién amanecen sobre sus maletas, en aceras y callejones. Esperan que abran tanto el DIAN colombiano como el paso fronterizo venezolano. Las casas de cambio se activaron desde temprano. Hay algo siniestro en este lugar. Algo cuya voracidad aturde. Para quienes ignoramos la lógica de las casas cambiarias, o para quienes solo vemos el flujo de dólares, pesos y bolívares sin saber del todo sobre este negocio, no hay otra alternativa que entrar en el sistema y hacer uso de él con recelo y espanto. Y lo hacemos como si en el fondo estuviéramos extendiendo un billete a una mano invisible. Una mano que mueve los hilos de ambas ciudades fronterizas –San Antonio y Cúcuta-, con o sin razones, y que aprieta nuestra moneda y la pulveriza. Cambias dólares a pesos y de pesos a bolívares. Pero si cambias pesos por efectivo venezolano, por papel moneda, te dan menos bolívares en comparación a lo que pudieran darte si haces una transferencia bancaria vía online. Y si cambias pesos en billetes venezolanos de alta denominación, no te dan la misma cantidad de bolívares si acaso decides recibir billetes venezolanos de baja denominación, los viejos, los de 50 y 100 Bs. Estoy seguro que tanto el papel como la impresión de nuestros billetes, probablemente valgan más que el billete mismo. Uno sospecha, al pasar por Cúcuta, que esa mano invisible se ha metido en tu bolsillo, te ha contado el dinero, ha sacado una parte, y la otra te la entrega incompleta y tan irrisoria que basta con pagar un pasaje en autobús en tierras venezolanas para darse cuenta.

Casa de cambio, Cúcuta

11:22 am. Me cuesta usar el teléfono móvil y escribir con tranquilidad. Busco lugares seguros donde abunden policías o funcionarios de extranjería para escribir estas notas. Estoy en Cúcuta aún. Comienzo a recordar un conjunto de lamentables diferencias. El miedo es una de ellas.    

12:03 pm. Salvo por algunas y fuertes diferencias, San Antonio del Táchira es una prolongación de Cúcuta o viceversa. El comercio formal, por la crisis venezolana, no es tan visible. No es la misma vida comercial de cuando el bolívar valía más que el peso. Hay una buena cantidad de locales cerrados y buhoneros por doquier. En las calles transitan pocos carros y el peatón, aquel que viene o va hacia Cúcuta, se convierte en un tumulto permanente. Todos vienen manoseados de la frontera, todos van a que los manoseen en la frontera. Al llegar a San Antonio, pude advertir que lentamente me hacía parte de una muchedumbre de desesperados. Una agonía y tristeza que tenía cuatro meses sin ver. Y en esa multitud pude notar que la frontera es para el tachirense, tanto como para otras partes del interior, el enclave donde convergen tanto los más astutos pícaros como los más necesitados. Abundan usureros de oficio. Pero también aquellos que buscan desesperadamente el pan para sus familias. La Guardia Nacional merodea entre la multitud como custodios de la impunidad, más que de la justicia y el bien común. Cúcuta y San Antonio son dos rémoras colgadas en un pez gordo, voraz, implacable. La moneda es ese pez gordo.

Puente Internacional Simón Bolívar, frontera con Colombia

En el edificio de extranjería en San Antonio leí innumerables veces el siguiente rotulado: «Aquí no se habla mal de Chávez.» Cosa que es cierta porque al parecer Chávez, el político, se esfumó de la memoria colectiva y ahora todos hablan mal del chavismo de Nicolás Maduro y los miembros de su gobierno. No se habla mal de Chávez. No. Pero algo si es excesivamente obvio: se habla mucho, y muy mal, de todo lo que tenga que ver con el gobierno chavista de su sucesor.

En lugar del rotulado: «Aquí no se habla mal de Chávez», un gobierno serio debería expresar, mejor: "Bienvenidos al país con delincuencia 0 en toda Latinoamérica". Entonces provocaría entrar a ese país. Pero si lees «Aquí no se habla mal de Chávez» y te encuentras con un país económica, moral y estéticamente destruido, lo primero que harás es dudar del chavismo en vez de celebrarlo. Por lo visto, en cuatro meses, que no es mucho tiempo, la política comunicacional del gobierno sigue siendo un panfleto y  una triste ironía.

1:50 pm. Punto de control de Peracal, San Antonio del Táchira. Después de cruzar una frontera atestada de viajeros, nativos y mercachifles, tomo el autobús que me llevará a San Cristóbal. Dos cosas llaman mi atención. La primera es la cantidad de billetes de baja denominación que muchos cuentan entre sus manos para pagar un pasaje de autobús. 150 billetes de cien, para un total de 15mil bolívares que mi compañero de puesto cuenta una y otra vez, y que el chofer recibe y cuenta también para luego ocultarlos en una mochila. El mismo procedimiento lo vi con billetes de 50Bs, y también cayeron en la mochila. Repito: en una mochila; no en el bolsillo. No vi monederos, ni billeteras; solo vi bolsas plásticas donde la gente carga paquetes enteros de billetes solo para pagar un pasaje de autobús. Tanto los pasajeros como el conductor del vehículo deben contar el dinero. De esta forma un viaje que dura dos horas se convierte en otro que dura cuatro.

Lo segundo: Sube al autobús un guardia nacional. Dice: «Cédula por favor» y todos los pasajeros sacan su cédula. Yo sigo al guardia de cerca, lo mido en altura, peso e intención y caigo en cuenta de a que este funcionario lo que menos le importa es la identidad de los viajeros. Porque todos mostramos nuestras cédulas y este guardia ni las toca, apenas las mira, más bien concentra su atención en los equipajes, en los paquetes grandes, en todo aquello que pudiera sospecharse como mercancía de contrabando. Entonces pregunta por dos equipajes en particular. Uno es un saco blanco que contiene hortalizas. El otro es un paquete negro relativamente grande. El guardia pregunta por el dueño, un muchacho pequeño y desgarbado que alza la mano y dice: «Es mío.» «Qué contiene», pregunta el guardia. «Es un bulto de harina», responde el muchacho. El guardia, de pronto, olvida las cédulas e insta al muchacho a que baje del autobús. Baja el guardia y el muchacho va detrás de él, a paso firme, natural, y ambos caminan hacia el edificio militar que está junto a la carretera. Se pierden de vista. A los cinco minutos, vemos que aparece el muchacho, sube al autobús, y se reinicia la marcha. Escucho del muchacho: «Me pidió treinta mil.» De esta forma veremos dos cosas: que el muchacho tendrá harina suficiente para alimentar a su familia por quince días, o que esa harina, comprada en Cúcuta, estará puesta en un tarantín sobre una calle cualquiera, a precios elevadísimos, dejando como muestra que la consigna de la GN: «El honor es nuestra divisa», es un rotulado más, pura charlatanería.

3:08 pm. Terminal de San Cristóbal: un triste basurero. Golpea su imagen.

Terminal terrestre de San Cristóbal

 4:14 pm. Estas primeras horas en el país han sido brutales. Ofensivas. Yo he estado fuera del país durante cuatro meses. No han sido años ni toda una vida. Tampoco quiero decir con esto que todo cuanto veo en este momento es novedoso o inédito, o que en Ecuador y Colombia no exista pobreza, desidia, decadencia. Cada país sabe ocultar de la peor o mejor manera sus propios lastres. «El mundo está podrido en todos lados», escuché decir cuando salí de Venezuela. El terminal de San Cristóbal es un puntapié en la cara. Una ventana, una vitrina, de lo que muchos pueden encontrar tierra adentro. Me cuesta explicar cómo puede deteriorarse un país tan vertiginosamente en el lapso de cuatro meses, y sobre todo, me espanta e indigna cómo la desidia e indolencia se ha convertido en nuestra peor costumbre, en nuestra única forma de vernos como venezolanos.     

5:53 pm. La patria no es una mera consigna. Un patriota no es aquel que repita todos los días la cartilla, el manual, los panfletos de un partido político. Un patriota no es aquel que solo defienda a su país del imperio o que luche por un cambio de gobierno. Un patriota defiende a su país en las pequeñas cosas: al menos intentaría tener un terminal terrestre limpio, seguro, funcional, y no un vertedero de basura, un meadero, una hedentina permanente. Y un gobierno, un buen gobierno, no es aquel que crea y profundiza los problemas de un país, sino que ofrece soluciones y las ejecuta.

6:27 pm. Quienes nos hemos ido, quienes quedaron atrás, quienes se marchan a diario, tanto como los que se quedan o regresan, no solo sufrimos el país que tenemos sino que también lo soñamos. Lo soñamos diferente. Pero poco hacemos por el sueño. Tenemos el cerebro y las manos atadas al estómago. Incluso la creatividad, la voluntad, la pasión, las grandes iniciativas están por debajo de las necesidades del estómago. La hiperinflación, el costo de la cesta básica en comparación con los salarios, está muy por encima del patriotismo. Según tengo entendido el salario base de un venezolano es de 456.507 bolívares. En una economía que basa sus costos de acuerdo al precio del dólar paralelo, aunque el gobierno no lo quiera aceptar, este salario representa la cantidad de cuatro dólares aproximadamente. Un ecuatoriano promedio gana 375 dólares, y aun con un índice de inflación mínimo, casi nulo, este salario no cubre todas las necesidades de los ecuatorianos. Pero cuatro dólares mensuales, sin un aparato productivo óptimo, es matemáticamente inhumano.    


20 de diciembre

12:59 am. La unidad habilitada para trasladarnos a Valera nunca llegó. El motivo de fondo: la crisis del transporte. Nos toca pasar la noche en este sórdido y triste basurero, junto al hedor de las mil meadas que a esta hora nubla mis sentidos. Muchos duermen en el piso. La iluminación es pobre. Escribo a escondidas, oculto entre una pila de maletas y bajo una chaqueta que cubre la luz del teléfono. No hay un policía que a esta hora custodie tanta desidia. Es lo mismo ver un perro echado sobre el pavimento que ver a un ser humano en este lugar. Pero los perros no piensan, no son conscientes de su vida de perros. Los perros no votan, ni suscriben acuerdos, ni escriben rotulados como «Aquí no se habla mal de Chávez.» El problema es que aquí todo habla mal del chavismo. Hasta los perros.

Terminal de San Cristóbal por la madrugada

1:46 am. Niños, ancianos, hombres y mujeres de trabajo, tal como los veo ahora, me llevan al purgatorio o infierno de Dante, o a la gente del abismo de Jack London. Muchos de los que aquí se encuentran regresan a su patria o retornan a sus ciudades. Pero, ¿qué es la patria? Este terminal sucio y maloliente, este desamor que puede verse en calles, brocales y paredes, esta crisis del transporte, esta hiperinflación demencial, este miedo por la delincuencia, esta tristeza que veo en ojos y cuerpos lánguidos y enflaquecidos, todo esto no es mi patria sino el resultado de un naufragio producto de la discordia, la arrogancia y la incompetencia de quienes les importa más el poder que gobernar. Yo busqué desesperadamente a mi país una vez que entré a él. Tanto en San Antonio como en San Cristóbal, quise apartar la mirada del desastre y buscar el tipo de pequeñas cosas que no existen en otro lugar del mundo. Que no encontraré en ningún lugar del mundo. Busqué el idioma a nuestra manera, sus acentos, sus palabras, su alegría. Busqué el café colado y no instantáneo, nuestras empanadas, el papelón con limón, la morcilla tachirense, el pan y el picante andino, el chimó. Porque la patria está, existe, palpita en las pequeñas cosas, en los sabores, olores, texturas, en el afecto de nuestra gente, en su belleza, alegrías, dolores y esperanzas.

Numerosas personas pernoctan en el terminal de San Cristóbal con condiciones infrahumanas

2:37 am. Junto a un soldado de la Guardia Nacional, pasajero y víctima también de este terminal atroz, duerme un niño de unos tres años sobre una maleta. Lo cubre una sábana. Parece un cadáver. El guardia, sentado en el piso junto a su equipaje, abraza a su mujer que duerme entre sus brazos. A mi lado, una anciana se queja de varices y dolor lumbar y termina por echarse en el pavimento. Yo aparto un poco de basura, la alejo de mí como para sentirme menos miserable, y me acomodo en el borde de la acera. Escucho: «Los chavistas y hasta los opositores dicen que los que se van del país son unos cobardes.» Guardo silencio. No justifico ni defiendo nada. Muchos de los que salimos del país sentimos en el fondo ese sentimiento de culpa. El de no quedarnos y luchar. Yo lo he sentido, sin duda, y no me avergüenza. Pero, inmediatamente después de que este sentimiento de culpa se asoma, como patriota o cristiano, recuerdo las veces que siendo periodista de un ministerio, en plena campaña electoral muchos funcionarios de alto nivel visitaban Trujillo, llegaban a los urbanismos y barriadas, inspeccionaban con asombro la pobreza, se servían de ella con promesas y expectativas falsas, caminaban rozagantes y olorosos a Channel, con la barriga llena de los mejores restaurantes, y de toda aquella parafernalia propagandística quedaba apenas las fotografías que yo tomaba y las notas de prensa que redactaba, que a la larga constituían el repertorio de embustes y demagogias típicas de un proceso electoral, el mismo que asombrosamente se repetía de una elección a otra, y que la gente, los desesperados, escuchaban una y otra vez en un círculo vicioso interminable. Recuerdo ese cansancio, la inercia, la impunidad; recuerdo que yo también quise cambiar el mundo y luchar por la liberación de los oprimidos, pero que ese apetito, esa pasión, fue estrellándose cada día más en los muros de la burocracia y el fanatismo, o frente a la redondez de estómago y rubor facial de un ministro frente a un churrasco de cerdo y un buen vino, hablando del proletariado y la clase obrera, mientras que algunos, en plena escasez y desabastecimiento, masticábamos cables o suelas de zapatos. Recuerdo también lo bueno, y lo aprendido, y lo agradezco. Dije que sería honesto: si hay un sentimiento de culpa en mi mucho más fuerte que el de no quedarme y luchar, es el de haber formado parte, hoy digo que ingenuamente, de un movimiento político que utilizó las mejores voluntades para que una élite de dirigentes se convirtieran en una de las oligarquías más voraces y corruptas de la historia de este país.

2:58 am. Recuerdo que salí del país una vez que, al criticar con dureza el último proceso constituyente, que hoy también rechazo, recibí amenazas y chantajes de los chavistas más inafames, algunos de los cuales eran chavistas solo para traficar y mercadear alimentos, medicinas, y beneficios gubernamentales. Tenía cuatro meses sin sentir tanto miedo, paranoia, angustia. Pero también tenía cuatro meses sin sentir tanta rabia e indignación. Es lamentable. El tema político, la crisis, el descaro, es un gas tóxico que te envenena poco a poco el espíritu. Intento calmarme. Recuperar la alegría, el entusiasmo. Apartar el pesimismo aun cuando todo lo que observo es pésimo, doloroso.

3:42 am. Ha llegado un arpista con su hermoso instrumento. Es un pasajero más. Se ha sentado en la acera. Está rodeado de cuerpos que en el piso parecen más bien una multitud de damnificados en medio de una zona de desastre. Su cansancio es el cansancio de todos. También su desazón. Llevo rato observándolo. Estoy seguro de que su mirada ante tanta pesadumbre es sensible, única. Este hombre tocará el arpa como los músicos de Cameron en pleno hundimiento del Titanic. Lo veo en sus ojos.

5:10 am. Escucho el arpa. Una tonada venezolana. Por primera vez en toda la noche se me aflojan las lágrimas. Ahí está mi patria en esas manos puntiagudas y virtuosas. Los que no duermen o los que están por dormir, levantan sus cabezas y experimentan el mismo sentimiento. Algo embelleció de pronto el lugar. Como una flor luminosa que brota de pronto en la oscuridad, y que despierta poco a poco otras flores, así nos vamos sintiendo mientras amanece. En efecto, el arte, la música, el arpa de este hombre entre sus manos no cambiarán la desidia que reina en el lugar. No cambiarán el mundo. Pero por minutos, por instantes, nos enseña que lo bello existe y que siempre luchará por sobrevivir.

5:50 am. Tomo un autobús hasta El Vigía. De allí saldré hasta Valera. Toca dormir.

1:07 pm. Voy rumbo a Trujillo en un vehículo tipo sedán de cinco puestos. Observo de la carretera Panamericana sus extensiones de tierra reverdecidas, sus ríos, las garzas, sus poblados y caseríos igual de ígneos, con su gente que aprovecha los reductores de velocidad para vender café, bebidas y frutas tropicales. En la lejanía, algunas ceibas y pataedantos solitarios se yerguen en la llanura, junto al ganado que pasta bajo el sol en pequeños grupos, indiferentes a la crisis, felices de que sus carnes no se encuentren en los frigoríficos ni en la dieta de muchas familias venezolanas. Yo veo todo esto con la extrañeza y el asombro de quien regresa a casa y encuentra cada cosa en lugares distintos. O como quien llega y nos las consigue. La casa de siempre pero con ausencias, retrocesos o estancamientos.

1:31 pm. Escribo en la orilla de la carretera. No hay paso. Un conjunto de familias cerraron la vía con barricadas. Protestan la falta de gas licuado para cocinar sus alimentos. Esto se suma a las largas colas de carros que he visto en todas las estaciones de servicio por la escasez de gasolina. Hace cuatro meses al menos había combustible. Incluso uno podía obtener el gas pese a las dificultades. Nuestro conductor comenta: «Ya comienzan a vender gasolina de contrabando, como en Colombia.» Las causas de esta situación las desconozco. Solo veo y escucho. Pero igual me indigno. Indigna que siendo Venezuela un país tan rico en hidrocarburos, exista escasez de gasolina y gas licuado. Desconozco las causas pero imagino las versiones oficiales: Donald Trump, el imperialismo, el bloqueo, la MUD. Yo repudio esta postura. Y la repudio porque, insisto: un buen gobierno no profundiza los problemas; los soluciona. Un buen gobierno, en circunstancias como la nuestra, tiene planes de contingencia en lugar de ruedas de prensa y declaraciones que tienen el único fin de justificar su propio desastre con culpables y chivos expiatorios. Rafael Ramírez, quien presidió PDVSA durante una década es el nuevo chivo de las siete mil cabezas. Las recientes sanciones de Trump, que tampoco justifico, ahora son la excusa perfecta para que el gobierno oculte su responsabilidad en la pésima administración de una industria petrolera que durante más de una década ha estado en manos del PSUV y no de la Casa Blanca. Antes de las sanciones financieras contra el gobierno de Nicolás Maduro, estas barricadas, estas protestas por gas y también por agua potable y energía eléctrica eran el pan de cada día. Hace seis años, cuando hice un viaje hacia el exterior y regresé de nuevo a casa, encontré una ciudad atestada de barricadas y protestas, no por cambiar al gobierno, sino porque a los valeranos se les estaban pudriendo los alimentos en sus neveras y refrigeradores por falta de energía eléctrica. Hace seis años, repito. Sin sanciones imperialistas. Y con Ramírez en la presidencia de PDVSA. No se puede sacrificar a un pueblo entero, o una generación entera, por la tozudez de criterio o por la mostrenca retórica de una revolución que en lugar de liberar, oprime; o que en lugar de elevar la conciencia, fomenta en el ciudadano común la corrupción y el canibalismo social y económico.   

1:57 pm. Permiten el paso a un vehículo en el que viaja una mujer embarazada cuya vagina sangra. Cierran el paso de nuevo. En un poste del alumbrado público está colgado un cartel con la imagen de un candidato oficialista por una alcaldía merideña. Miro en ese cartel un corazón tricolor y los ojos de Chávez. Observo la barricada. Pienso en una vagina sangrante, en un bebé, en un saco placentario. Pienso en cada uno de los enfermos de cáncer, de VIH, de diabetes; pienso en aquellos que sufren de epilepsia o mal de Parkinson, en quienes tienen una infección bacteriana, y pienso en la escasez de medicamentos, en las 17 farmacias que visité inútilmente para comprar el salbutamol por el asma de una de mis hijas, y que vine a conseguir en Facebook a un precio de espanto; pienso en esto y miro el cartel, de nuevo la barricada, los ojos de Chávez, las bombonas de gas vacías, y no me queda otra opción que dudar, como todo el mundo duda, de los dos últimos procesos electorales en Venezuela -gobernaciones y alcaldías-, y que el chavismo ganó con cifras y resultados absurdos. Yo veo la realidad, que es infalible, mientras el CNE se empecina en el descaro de contradecirla.

2:21 pm. Escribo en un parador a minutos de Sabana de Mendoza. El tamaño de los precios no termina por acoplarse en mi cabeza. Todo es confuso. Miro hacia la carretera Panamericana y observo restaurantes, carnicerías, ferreterías cerradas. Estoy en suelo trujillano. Busco la alegría navideña como un vestigio. Está apagada. Puede verse en las caras, en las conversaciones, en esa niña sentada en la acera con la pobreza a cuestas.

3:34 pm. Una alcabala nos detuvo. Es el tercer punto de control que nos detiene desde que salimos de El Vigía. Cada vez que esto ocurre uno se siente como culpable de algo sin saber exactamente de qué. Recuerdo a Kafka y sonrío. Estoy sentado debajo de un árbol entre la localidad de San Miguel y Jalisco. Viajo con una muchacha, un hombre algo mayor y una pareja joven. Esta pareja viene de comprar comida en Cúcuta, a 14 horas aproximadamente de Valera. En el guarda equipaje del carro, esta pareja tiene dos bultos de harina, mantequilla, azúcar, espaguetis y artículos de higiene personal. Recuerdo tanto a la pareja como su equipaje porque también les tocó dormir en el terminal de San Cristóbal junto a un centenar de personas. Un guardia nacional revisa los equipajes, incluyendo mi mochila y bolso personal, pero detiene nuestro viaje por el cargamento de la pareja. Pregunta el tipo y la cantidad de comida que trasportan. Se le responde y explica que dichos alimentos fueron comprados en Cúcuta. El guardia pide factura y la mujer se las extiende. Pero las facturas no tienen sello, ni dirección fiscal, apenas una tarjeta de presentación grapada con un número de teléfono colombiano. Yo miro al guardia y como siempre ausculto su actitud, aquello que no muestra con palabras ni mucho menos con el uniforme. El guardia termina por decir que tales facturas no son válidas y que deben retener la mercancía hasta tanto los dueños busquen en Cúcuta, a 14 horas de distancia, unas nuevas facturas. Pienso en Kafka. Durante el viaje, y en conversaciones con mis compañeros de ruta, pude saber que aquella pareja tenía una carga familiar de cuatro hijos menores de edad y una anciana. Uno también sospecha de aquellos civiles que transportan alimentos en dichas cantidades y que pudieran ser usureros de oficio, revendedores o especuladores. Pero de esta pareja, y espero no equivocarme, solo encontré nobleza y desesperación. De sus bocas escuché que era la primera vez que iban a Cúcuta por comida y que sería la última, dadas las condiciones asfixiantes del viaje. Pero lo hicieron esta vez porque proyectaron un mes de enero difícil, sin dinero y comida para sus cuatro hijos y abuela. Según escucho, el modus operandi de aquellos guardias que cobran vacunas por este tipo de mercancías es aislar al pasajero, salir del radar, y dejarse sobornar. Tal como presuntamente ocurrió en Peracal con el muchacho y su bulto de harina. Esta vez quisimos evitarlo. Todos los pasajeros acompañamos a la pareja y todos nos hicimos testigos en caso de que surgiera cualquier soborno. Finalmente el guardia cedió. Le dijo al hombre: «Te dejo pasar porque sé que en este país no hay comida; espero que no la vendas», y de inmediato la mujer reaccionó: «Si la vende, lo mato.» Yo sonreí. Pensé en Kafka una vez más.       


29 de diciembre

Post scriptum. Durante nueve días he experimentado la alegría del encuentro familiar. Esto es invaluable. La patria también está en las personas y lugares que amamos. Y estar lejos de lo que amamos, aunque las causas sean históricas o accidentales, siempre será una lucha individual. Una lucha contra el desarraigo y sobre todo contra uno mismo. El tema no es salir o quedarse, el tema es lo que somos en ambos contextos. Hay quienes deciden salir del país por razones egoístas, por snob, y hasta para dejar muy mal parado el gentilicio. Pero también hay quienes deciden salir por desesperación, por las cargas familiares que tienen, por ese kilo de queso que vale 200mil bolívares, cantidad que representa el salario promedio de un venezolano en quince días. En lo particular, decidí emprender este viaje por razones obvias, pero también lo hice, en parte, por el terror de verme en una centrífuga cuya inercia me estaba llevando a una de las más lamentables costumbres de la condición humana: adaptarse a la desidia, acostumbrar los ojos, el cuerpo, el espíritu a la desidia.

En cuatro meses de ausencia, el país no ha cambiado. Está peor. Se ha encarecido notablemente. La actual crisis, estoy seguro, no es tan dolorosa como la indiferencia de nuestro pueblo por todo lo que ocurre a su alrededor. Nos hemos acostumbrado a las colas, a la basura, a los apagones eléctricos, a la escasez, a la destrucción moral y estética, al pésimo funcionamiento que mostramos como sociedad. Nos hemos acostumbrado al descaro de nuestros gobernantes, al chantaje de un bono por un voto, una pierna de cerdo por un voto, una chamba por un voto, un carnet por un voto. Nos hemos acostumbrado al secuestro de nuestras instituciones democráticas, a la total indefensión que como venezolanos sentimos frente al crimen organizado, o frente a los pequeños delitos económicos que se cometen a diario en cualquier calle, red social, bodega o almacén. Nos hemos acostumbrado a la falta de liderazgo de una disidencia sin brújula, sin conceptos, sin proyecto, a una dirigencia opositora plagada de contradicciones. Nos hemos acostumbrado a odiarnos unos con otros, a la discordia, a tomar el país como si fuera una caimanera de futbolito, a aplaudir como focas a un chavista con un mazo todas las noches por televisión, como si darnos porrazos sirviera para fomentar el encuentro, el amor, la comunión que tanto necesitamos para nuestras diferencias y enrumbar el país a mejores circunstancias. Nos hemos acostumbrado, en fin, a una forma de ser que ya no nos sirve. Yo denuncio esto. Nos denuncio. Me denuncio. De la misma forma en que me indigna y denuncio la naturaleza de este gobierno, me indigna y denuncio nuestra apatía. Y la denuncio porque entre tantos naufragios no tengo la menor duda de nuestra grandeza, de lo hermoso, de lo mejor de nosotros mismos. Entre tantos naufragios esa grandeza corre el riesgo de desaparecer, o dormir, los cien años de un cuento de hadas convertido en pesadilla.


Yo honro con este viaje no solo nuestra manera de resistir, que es asombrosa y diversa, sino también a las mujeres y hombres que luchan, dentro y fuera del país, por una Venezuela digna. Honro al venezolano, sin distinciones de credo o color político, que en las actuales circunstancias conocen como testigos de esta época la verdad de todo cuanto aquí ocurre. Honro en especial a mis compañeros de ruta en el Ecuador, a Ángel, José Luís, Javier, Carlos, que en este momento, cuando faltan pocas horas para despedir el año, no podrán abrazar a sus familias en la madrugada. Yo conozco sus lágrimas, sus noches, sus amaneceres; conozco sus rutinas, su cansancio, su extrema nostalgia. Pero también conozco sus alegrías, sus virtudes, su inmensa y amorosa capacidad de sacrificar sus vidas por el pan de sus familias. A ellos, y a cada uno de los ecuatorianos que nos hicieron los días menos solitarios y tristes, Luís, Diomedes, Anderson, Juan Carlos, Lolo, Ochoa, Joseph, William, a ustedes, mi más hermoso tributo.

viernes, 20 de octubre de 2017

LA ÚLTIMA NIEBLA, LA ÚLTIMA RESISTENCIA

sol.linares.r@gmail.com


                                                                       “Tan sólo con un recuerdo
                                                                                                se puede soportar una larga vida de tedio.
                                                                                                      Y hasta repetir, día a día, sin cansancio,
                                                                                 los mezquinos gestos cotidianos”

                                                                                                                       María Luisa Bombal




            “La última niebla”: Novela corta, relato largo. ¿A quién le importa esta discusión? La niebla es el género. La selva, un cuerpo despierto. Ya no la selva trágica, masculina, hinchada e inmanente de Quiroga. En María Luisa Bombal, la selva es una extensión femenina de la soledad, de un estado interior sacrificado y húmedo, una permanencia que la niebla distorsiona al mismo tiempo que protege de toda interpretación, pues arroja sobre la casa, los personajes, los perros, los árboles, la textura del sueño.
            El sueño, en “La última niebla”, está por encima de la realidad, y si no tiene la fuerza para modificarla, al menos funciona como compensación de una vida inútil, seca, inverosímil. Tanto prepondera el sueño su escapismo en esta obra que la trama obedece a él, ayudándose de una neblina como recurso tensor entre lo que se muestra y se oculta a conveniencia.
María Luisa Bombal (Viña del Mar, 1910) escribe una historia magistralmente narrada. Si hubiera un término para definirla sería exacta. Parece burdo y poco ingenioso este adjetivo cuando abundan maneras de referirnos a esta obra, pero una vez que la leemos, inmediatamente queda claro que no podía haberse contado de otra forma ni escrito por otra pluma enardecida como la de esta escritora chilena, amiga de una soterrada pasión. Exacta en sus dimensiones y también en lo que entrega, exacta con las pausas del misterio, en su lirismo, exacta porque, aún entregándonos todo lo que puede esta historia, se permite esos silencios nutricios para que el lector complete aquello que no está dicho. Es que la contundencia de los libros más amados reside en que completan en nosotros pensamientos nuestros sin concretar, completan ideas sobre la vida que no se teníamos tan claras o que estaban allí, antes del pensamiento, y de pronto las leemos en las líneas de un libro como si las hubiéramos dictado al escritor. ¿Les ha pasado? “La última niebla” (¡oh!, ¡y que se sepa, no hay un párrafo donde no nos espere agazapado una sacrificado dictamen!), hecha de continuos espasmos, tiene la virtud de comunicar la sustancia de un espíritu desguarnecido bajo la absoluta consciencia de su soledad que a la vez trama los artificios de una espectacular resistencia: “(…) Y pasado mañana será lo mismo, y dentro de un año, y dentro de diez; y será lo mismo hasta que la vejez me arrebate todo derecho a amar y a desear…”. Todos tenemos ese derecho, y todos hemos sentido alguna vez que el tiempo lo acorrala.
Precisamente contra el desamor, la vejez, contra una vida desabrida y sin sentido, ella se arma. Es verdad que la protagonista se perdona la vida diariamente, como diría Miguel Hernández, pero administra como puede una expectativa, la de encontrarse de nuevo con un hombre que no es su esposo. No queda claro, para desconsuelo de ella y desconcierto del lector, si existió o no tal amante, si la poseyó un desconocido o si, por el contrario, se trata de un sujeto inventando, animado por una desesperada necesidad de darse aliento, movimiento, justificación. Ambas lecturas tienen cabida. Lo que sí queda claro es que el fuego da forma a una mujer que se pone trampas para vivir. “Bien sé ahora que los seres, las cosas, los días, no me son soportables sino vistos a través del estado de vida que me crea mi pasión”. Esto lo piensa una mujer que siempre estuvo preparada para entregarse y para ser tomada. Y digo mujer porque, a nuestro beneficio, ¡Bombal olvida que está construyendo un personaje y nos entrega a una persona!
Cualquiera de nosotros podrá quejarse de una vida desdichada con sobradas, falsas o verdaderas razones, pero no queda la menor duda de que, tras leer esta novela uno encuentra en su propia vida alguna pasión qué cuidar. ¡Que esto nunca se nos olvide! Aceptemos que no sólo los libros de “autoayuda” intentan enseñarnos a vivir (olvidemos por un momento el tema del marketing); hay infinidad de libros que terminan dándonos grandes lecciones. Esta novela es, sin buscarlo, una historia aleccionadora. Sin llegar a tentarla florituras ni extravagancias lingüísticas, Bombal emprende esta historia con un lenguaje sencillo y anonadado, dirigido por una elevada intuición. Tampoco recurre a descripciones vacías. Cada forma, cada acontecer tiene el germen de un sufrimiento, el de una mujer que sostiene toda su existencia, durante diez años, con el recuerdo de su amante. Una noche basta para soportar el tedio de un matrimonio infeliz entre dos primos que no aprenderán a amarse nunca. Acaso, llegan a compartir mendrugos de hermandad.
Con dedos suaves e intuitivos, “La última niebla” penetra nuestro escepticismo y siembra en él la sospecha de que una auténtica alegría es suficiente para detener la bomba de la autodestrucción.
Mediante una entrevista que le hiciera Sara Vial a María L. B. el 21 de abril de 1974, nos enteramos de que “La última niebla” fue escrita en la cocina de Pablo Neruda. Pablo Neruda, su entrañable amigo con quien riñó tantas veces por desacuerdos sobre su estilo poético, defendió su poesía ante una María  incisiva y directa:
Es que tú no entiendes de la poesía moderna —le dijo Pablo en respuesta a su crítica—; tú no llegas más que hasta Mallarmé.
Pero luego reconvenía y, aún rencoroso, expresaba su opinión a María Luisa de esta forma:
Lo que más rabia me da es que cómo es posible que una ignorante como tú tenga siempre la razón.
Esto le decía a la mujer que sin llegar a escribir una amplia obra, desbarataría las corrientes literarias chilenas de la época, desmarcándose de ella con un profundo sentido de la subjetividad, desoyendo los coros del criollismo y haciendo notar que, adentro, hay temas sísmicos, de extraordinario valor.


             


lunes, 30 de enero de 2017

Escuela de las luciérnagas (Fragmento, Mujer de Tiza)


Estimado docente, en aquellos tiempos de oscuridad numerosos reinos palpitaban bajo el follaje de los árboles. Toda una prole de insectos alados y rastreros, caníbales y venenosos, hervían en el interior de las cortezas podridas o sobre las hojarascas. Eran monstruos en miniatura que ignoraban la existencia de sus hermanas las luciérnagas. Cansados del estiércol y la penumbra, escucharon hablar de un pozo que tenía la propiedad mágica de convertir todos sus huevos en cocuyos. Cualquier escarabajo, polilla o alacrán, al depositar sus huevos en aquellas aguas, podían ver el surgimiento de toda una estirpe de bichos luminosos. Este pozo, llamado «La escuela de las luciérnagas», era un lugar que tenía por mística y principio darle luces a todas las sabandijas que, muy en el fondo de sus entrañas, querían bellezas tan similares a las de las mariposas o la elegancia de las mantis religiosas o la exuberancia de las tarántulas coloradas. Fue entonces cuando dos primitivos insectos, al enterarse de lugar tan extraordinario,
  corrieron la voz por todas las penumbras, y de las cavernas y grietas donde las alimañas se aglutinaban, por debajo de las piedras y mohosas cavernas donde bullían parásitos rastreros, de las cloacas del mundo por donde abundaban cantidades enormes de animales sin gracia, salieron en procesión miles de bichos a desovar para que sus descendencias se instruyeran con el fin de hacerse más bellas. Para entonces el pozo era un charco de aguas perpetuas y luminosas, como una antorcha incesante, donde se almacenaba la sabiduría de los antiguos, sus dialectos y misterios, sin exclusión alguna de razas, credos y circunstancias sociales. Los cocuyos ofrecían dosis exactas a las larvas, en útiles proporciones de luz, y les enseñaban que no tenía sentido beberlas si en el corazón no quedaban o al corazón envanecían. «El saber envanece y es inútil, cuando sus usos por vanidad se olvidan», decían los cocuyos. Eran las mismas aguas, pero en ellas surgían sustancias distintas. Así, una larvita de hormiga reina aprendió que las matemáticas no sólo servían para contar obreras o granos, sino también para enumerar las páginas de los libros y ennoblecer con fábulas a su pueblo. Entonces los números no eran asunto exclusivo de las cantidades: también contaban el mundo a su manera, y aquello a las larvas les pareció bello. Lo mismo sucedía con los pensamientos, con las grandes preguntas y los misterios. Les enseñaban a preguntarse y a responderse; les motivaban a decidir después de mucho pensar y equivocarse, en determinadas cuestiones del mundo que pudieran servirles para cuando salieran del pozo y tuvieran que enfrentarlo. Les enseñaron a anotar los sueños para cuando hicieran falta en tiempos donde el mundo se negara a recordarlos. Y esto también les pareció bello, a las larvas. Muchas cosas bellas les hacían beber, cosas del alma. Tragos suaves y tragos que eran tan hermosos que se hacían amargos. Cuando estos tragos alcanzaban las conciencias, y el mareo arrastraba desdicha, venía luego un tipo de paz, esa paz de la que gozan los que saben vivir. Y ya los tragos se hacían menos amargos y lo que atravesó un día por las gargantas e irritó los corazones, ahora era agua, agua pura, simple agua de manantiales transparentes. Todos aprendieron a cultivar la vida en la escuela de las luciérnagas, y todos se encontraban felices porque pensaban que algún día serían respetables como las mariposas, las mantis y las tarántulas. Llegó pues la hora en que las larvas debían irse, esa hora célebre en que los maestros entregan las almas al mundo, las ven irse, perderse en el horizonte, orgullosos de haber hecho un buen trabajo, de darles luz para que iluminaran los caminos. Porque saldrían bellos como sus maestros cocuyos, serían luciérnagas encendidas, lucecitas aladas que alumbrarían el firmamento y maravillarían las miradas. En montones salieron pensando que eran hermosos cocuyos y que tendrían luz para las noches. Pero en ningún momento se dieron cuenta de que seguían siendo los mismos, y que de la misma forma llegaron a sus nichos, a las cuevas, grietas y cloacas donde les esperaban sus familias. Los bichos, sus padres, se sorprendieron al ver que sus hijos eran igual de feos que ellos, que los hijos de los escorpiones no eran luciérnagas sino escorpiones; lo mismo vieron los padres cigarrones, las polillas, zancudos y moscas. Aunque la confusión desilusionó a muchos, decidieron esperar que la noche llegara para ver si al menos una gota de luz emanaba de sus hijos. Ni un más mínimo destello se irradió en las panzas de aquella juventud de bichos, y los padres, enfurecidos, apenas el sol asomó la cresta, se largaron en tropel a protestar la farsa de la escuela de las luciérnagas. Armaron tal escándalo que los maestros cocuyos, atentos y desvelados, con la calma de quienes saben amar sin prisa, escucharon en silencio la protesta unánime. «¡Mi hijo es una sabandija!», gritó el ciempiés. «¡Dónde está la luz!», exclamaban en coro. Chilló la mosca, con sus grandes ojos verdes: «¡Queremos la luz! ¡Qué se vea la luz!»
—La luz la llevan dentro —dijo un maestro cocuyo.
—¡Y eso qué importa, tengo todavía una mosca y no un cocuyo! —Bramó la mosca.
El cocuyo miró a sus hermanos. Silbó un suspiro y terminó tajante:
—Pero jamás andará entre la mierda.



Mujer de tiza, de Daniel Alberto Linares
Obra ganadora del 8vo Concurso de Autores Inéditos de Monte Ávila Editores, 2010.