viernes, 20 de octubre de 2017

LA ÚLTIMA NIEBLA, LA ÚLTIMA RESISTENCIA

sol.linares.r@gmail.com


                                                                       “Tan sólo con un recuerdo
                                                                                                se puede soportar una larga vida de tedio.
                                                                                                      Y hasta repetir, día a día, sin cansancio,
                                                                                 los mezquinos gestos cotidianos”

                                                                                                                       María Luisa Bombal




            “La última niebla”: Novela corta, relato largo. ¿A quién le importa esta discusión? La niebla es el género. La selva, un cuerpo despierto. Ya no la selva trágica, masculina, hinchada e inmanente de Quiroga. En María Luisa Bombal, la selva es una extensión femenina de la soledad, de un estado interior sacrificado y húmedo, una permanencia que la niebla distorsiona al mismo tiempo que protege de toda interpretación, pues arroja sobre la casa, los personajes, los perros, los árboles, la textura del sueño.
            El sueño, en “La última niebla”, está por encima de la realidad, y si no tiene la fuerza para modificarla, al menos funciona como compensación de una vida inútil, seca, inverosímil. Tanto prepondera el sueño su escapismo en esta obra que la trama obedece a él, ayudándose de una neblina como recurso tensor entre lo que se muestra y se oculta a conveniencia.
María Luisa Bombal (Viña del Mar, 1910) escribe una historia magistralmente narrada. Si hubiera un término para definirla sería exacta. Parece burdo y poco ingenioso este adjetivo cuando abundan maneras de referirnos a esta obra, pero una vez que la leemos, inmediatamente queda claro que no podía haberse contado de otra forma ni escrito por otra pluma enardecida como la de esta escritora chilena, amiga de una soterrada pasión. Exacta en sus dimensiones y también en lo que entrega, exacta con las pausas del misterio, en su lirismo, exacta porque, aún entregándonos todo lo que puede esta historia, se permite esos silencios nutricios para que el lector complete aquello que no está dicho. Es que la contundencia de los libros más amados reside en que completan en nosotros pensamientos nuestros sin concretar, completan ideas sobre la vida que no se teníamos tan claras o que estaban allí, antes del pensamiento, y de pronto las leemos en las líneas de un libro como si las hubiéramos dictado al escritor. ¿Les ha pasado? “La última niebla” (¡oh!, ¡y que se sepa, no hay un párrafo donde no nos espere agazapado una sacrificado dictamen!), hecha de continuos espasmos, tiene la virtud de comunicar la sustancia de un espíritu desguarnecido bajo la absoluta consciencia de su soledad que a la vez trama los artificios de una espectacular resistencia: “(…) Y pasado mañana será lo mismo, y dentro de un año, y dentro de diez; y será lo mismo hasta que la vejez me arrebate todo derecho a amar y a desear…”. Todos tenemos ese derecho, y todos hemos sentido alguna vez que el tiempo lo acorrala.
Precisamente contra el desamor, la vejez, contra una vida desabrida y sin sentido, ella se arma. Es verdad que la protagonista se perdona la vida diariamente, como diría Miguel Hernández, pero administra como puede una expectativa, la de encontrarse de nuevo con un hombre que no es su esposo. No queda claro, para desconsuelo de ella y desconcierto del lector, si existió o no tal amante, si la poseyó un desconocido o si, por el contrario, se trata de un sujeto inventando, animado por una desesperada necesidad de darse aliento, movimiento, justificación. Ambas lecturas tienen cabida. Lo que sí queda claro es que el fuego da forma a una mujer que se pone trampas para vivir. “Bien sé ahora que los seres, las cosas, los días, no me son soportables sino vistos a través del estado de vida que me crea mi pasión”. Esto lo piensa una mujer que siempre estuvo preparada para entregarse y para ser tomada. Y digo mujer porque, a nuestro beneficio, ¡Bombal olvida que está construyendo un personaje y nos entrega a una persona!
Cualquiera de nosotros podrá quejarse de una vida desdichada con sobradas, falsas o verdaderas razones, pero no queda la menor duda de que, tras leer esta novela uno encuentra en su propia vida alguna pasión qué cuidar. ¡Que esto nunca se nos olvide! Aceptemos que no sólo los libros de “autoayuda” intentan enseñarnos a vivir (olvidemos por un momento el tema del marketing); hay infinidad de libros que terminan dándonos grandes lecciones. Esta novela es, sin buscarlo, una historia aleccionadora. Sin llegar a tentarla florituras ni extravagancias lingüísticas, Bombal emprende esta historia con un lenguaje sencillo y anonadado, dirigido por una elevada intuición. Tampoco recurre a descripciones vacías. Cada forma, cada acontecer tiene el germen de un sufrimiento, el de una mujer que sostiene toda su existencia, durante diez años, con el recuerdo de su amante. Una noche basta para soportar el tedio de un matrimonio infeliz entre dos primos que no aprenderán a amarse nunca. Acaso, llegan a compartir mendrugos de hermandad.
Con dedos suaves e intuitivos, “La última niebla” penetra nuestro escepticismo y siembra en él la sospecha de que una auténtica alegría es suficiente para detener la bomba de la autodestrucción.
Mediante una entrevista que le hiciera Sara Vial a María L. B. el 21 de abril de 1974, nos enteramos de que “La última niebla” fue escrita en la cocina de Pablo Neruda. Pablo Neruda, su entrañable amigo con quien riñó tantas veces por desacuerdos sobre su estilo poético, defendió su poesía ante una María  incisiva y directa:
Es que tú no entiendes de la poesía moderna —le dijo Pablo en respuesta a su crítica—; tú no llegas más que hasta Mallarmé.
Pero luego reconvenía y, aún rencoroso, expresaba su opinión a María Luisa de esta forma:
Lo que más rabia me da es que cómo es posible que una ignorante como tú tenga siempre la razón.
Esto le decía a la mujer que sin llegar a escribir una amplia obra, desbarataría las corrientes literarias chilenas de la época, desmarcándose de ella con un profundo sentido de la subjetividad, desoyendo los coros del criollismo y haciendo notar que, adentro, hay temas sísmicos, de extraordinario valor.


             


lunes, 30 de enero de 2017

Escuela de las luciérnagas (Fragmento, Mujer de Tiza)


Estimado docente, en aquellos tiempos de oscuridad numerosos reinos palpitaban bajo el follaje de los árboles. Toda una prole de insectos alados y rastreros, caníbales y venenosos, hervían en el interior de las cortezas podridas o sobre las hojarascas. Eran monstruos en miniatura que ignoraban la existencia de sus hermanas las luciérnagas. Cansados del estiércol y la penumbra, escucharon hablar de un pozo que tenía la propiedad mágica de convertir todos sus huevos en cocuyos. Cualquier escarabajo, polilla o alacrán, al depositar sus huevos en aquellas aguas, podían ver el surgimiento de toda una estirpe de bichos luminosos. Este pozo, llamado «La escuela de las luciérnagas», era un lugar que tenía por mística y principio darle luces a todas las sabandijas que, muy en el fondo de sus entrañas, querían bellezas tan similares a las de las mariposas o la elegancia de las mantis religiosas o la exuberancia de las tarántulas coloradas. Fue entonces cuando dos primitivos insectos, al enterarse de lugar tan extraordinario,
  corrieron la voz por todas las penumbras, y de las cavernas y grietas donde las alimañas se aglutinaban, por debajo de las piedras y mohosas cavernas donde bullían parásitos rastreros, de las cloacas del mundo por donde abundaban cantidades enormes de animales sin gracia, salieron en procesión miles de bichos a desovar para que sus descendencias se instruyeran con el fin de hacerse más bellas. Para entonces el pozo era un charco de aguas perpetuas y luminosas, como una antorcha incesante, donde se almacenaba la sabiduría de los antiguos, sus dialectos y misterios, sin exclusión alguna de razas, credos y circunstancias sociales. Los cocuyos ofrecían dosis exactas a las larvas, en útiles proporciones de luz, y les enseñaban que no tenía sentido beberlas si en el corazón no quedaban o al corazón envanecían. «El saber envanece y es inútil, cuando sus usos por vanidad se olvidan», decían los cocuyos. Eran las mismas aguas, pero en ellas surgían sustancias distintas. Así, una larvita de hormiga reina aprendió que las matemáticas no sólo servían para contar obreras o granos, sino también para enumerar las páginas de los libros y ennoblecer con fábulas a su pueblo. Entonces los números no eran asunto exclusivo de las cantidades: también contaban el mundo a su manera, y aquello a las larvas les pareció bello. Lo mismo sucedía con los pensamientos, con las grandes preguntas y los misterios. Les enseñaban a preguntarse y a responderse; les motivaban a decidir después de mucho pensar y equivocarse, en determinadas cuestiones del mundo que pudieran servirles para cuando salieran del pozo y tuvieran que enfrentarlo. Les enseñaron a anotar los sueños para cuando hicieran falta en tiempos donde el mundo se negara a recordarlos. Y esto también les pareció bello, a las larvas. Muchas cosas bellas les hacían beber, cosas del alma. Tragos suaves y tragos que eran tan hermosos que se hacían amargos. Cuando estos tragos alcanzaban las conciencias, y el mareo arrastraba desdicha, venía luego un tipo de paz, esa paz de la que gozan los que saben vivir. Y ya los tragos se hacían menos amargos y lo que atravesó un día por las gargantas e irritó los corazones, ahora era agua, agua pura, simple agua de manantiales transparentes. Todos aprendieron a cultivar la vida en la escuela de las luciérnagas, y todos se encontraban felices porque pensaban que algún día serían respetables como las mariposas, las mantis y las tarántulas. Llegó pues la hora en que las larvas debían irse, esa hora célebre en que los maestros entregan las almas al mundo, las ven irse, perderse en el horizonte, orgullosos de haber hecho un buen trabajo, de darles luz para que iluminaran los caminos. Porque saldrían bellos como sus maestros cocuyos, serían luciérnagas encendidas, lucecitas aladas que alumbrarían el firmamento y maravillarían las miradas. En montones salieron pensando que eran hermosos cocuyos y que tendrían luz para las noches. Pero en ningún momento se dieron cuenta de que seguían siendo los mismos, y que de la misma forma llegaron a sus nichos, a las cuevas, grietas y cloacas donde les esperaban sus familias. Los bichos, sus padres, se sorprendieron al ver que sus hijos eran igual de feos que ellos, que los hijos de los escorpiones no eran luciérnagas sino escorpiones; lo mismo vieron los padres cigarrones, las polillas, zancudos y moscas. Aunque la confusión desilusionó a muchos, decidieron esperar que la noche llegara para ver si al menos una gota de luz emanaba de sus hijos. Ni un más mínimo destello se irradió en las panzas de aquella juventud de bichos, y los padres, enfurecidos, apenas el sol asomó la cresta, se largaron en tropel a protestar la farsa de la escuela de las luciérnagas. Armaron tal escándalo que los maestros cocuyos, atentos y desvelados, con la calma de quienes saben amar sin prisa, escucharon en silencio la protesta unánime. «¡Mi hijo es una sabandija!», gritó el ciempiés. «¡Dónde está la luz!», exclamaban en coro. Chilló la mosca, con sus grandes ojos verdes: «¡Queremos la luz! ¡Qué se vea la luz!»
—La luz la llevan dentro —dijo un maestro cocuyo.
—¡Y eso qué importa, tengo todavía una mosca y no un cocuyo! —Bramó la mosca.
El cocuyo miró a sus hermanos. Silbó un suspiro y terminó tajante:
—Pero jamás andará entre la mierda.



Mujer de tiza, de Daniel Alberto Linares
Obra ganadora del 8vo Concurso de Autores Inéditos de Monte Ávila Editores, 2010.

sábado, 7 de enero de 2017

Entrevista con el miedo

Por Daniel Linares


Hay un lugar en la Sierra de Santo Domingo donde viven nueve gallinas, dos perros y un sociólogo. Llegar no es fácil: son casi tres horas de travesía por una carretera donde incluso los descansos hay que treparlos como si fueran árboles. Al final, cuando la altura supera los 3.000 metros, la casa de Bruno nos recibe con un cartel que parece un epitafio más que una advertencia: «Muertos pero felices. No moleste, por favor.»

Miedo violencia inseguridad
Mujer que llora. Picasso.
Sobre el cercado pudimos ver al autor de Aforismos del miedo sentado en una hamaca bajo la sombra de un eucalipto. Desgranaba maíz. Lo acompañaban dos perros lánguidos que al sentir nuestra presencia se nos acercaron con gruñidos y meneos de rabo. Era como si combinaran el rol de guardianes con la alegría de ladrarle a otra cosa que no fueran sus propias sombras. Al ver a mi acompañante, Bruno levantó la mano en señal de bienvenida. Entonces entramos.  

Orellana había intercedido a mi favor, semanas antes, para que Bruno hablara un poco de su insólita y repentina decisión de aislamiento, en razón del miedo a extremos absurdos que emergió en su interior por el hecho de vivir en una sociedad como la nuestra. De modo que durante el camino tuve la impresión de que visitaría a una especie de Reverón en Macuto, en lugar de un hombre que en 37 meses había bajado a la ciudad en cuatro ocasiones, para regresar sin culpas ni lamentos a los páramos majestuosos que se encuentran en las fronteras entre Mérida y Trujillo.

Bruno, sin embargo, se mostró cordial y hasta de buen humor. En lugar de café nos ofreció una bebida caliente hecha a base de papelón con Flor de Jamaica. Nos dijo que alguien subía en burro dos veces al mes y le dejaba un cargamento de víveres, chimó y aguardiente. El chimó lo mascaba por respeto a los momoyes: «A veces creo que andan por ahí. Me doy cuenta porque los perros comienzan a alborotarse. Pero son unos perros muy viejos, ya no asustan. Los momoyes no malgastan su magia en ellos, ni en mí. Yo les temo de igual modo. Lo hago por vocación. Aquí la paz es tan excesiva, que necesitas asustarte de vez en cuando para que no te aplaste. Para que no te mueras de paz.»

Le pregunté sobre su familia, si tenía alguna. Respondió que había levantado dos varones y que vivían fuera del país. Su esposa, con la que pudo compartir durante cuarenta años una vida de notables logros académicos, había decidido seguirles el rastro a sus hijos en Portugal. En su obra destacan sus sentencias sobre el miedo, la violencia y la sociedad venezolana desde 1978 hasta nuestros días.

D.L: Un sociólogo decide alejarse de su objeto de estudio para confinarse. ¿Por qué?

B.P: Eso no es exactamente así. Yo no estoy confinado. Tampoco loco, ni muerto de miedo, como piensa Orellana. Simplemente me cansé de sentir miedo, de vivir con miedo. O mejor dicho: decidí otra forma de tener miedo. Aquí yo puedo temer a mis problemas de hipertensión o de próstata; me puede dar un infarto y hasta alguien puede subir y cortarme en pedacitos. Todo esto es temible, pero es mi decisión. Ya estoy viejo, y si hay algo que un viejo debe decidir es el tipo de miedo que lo acompañará durante sus últimos años. Mi problema es Valera, esa ciudad tan pequeña y al mismo tiempo tan atroz, tan ingobernable y caótica, que por cansancio a ella y al miedo que me proporciona decidí quitarle de sus mandíbulas a un viejo como yo para no continuar alimentando su propia violencia. Prefiero que esta casa, esta montaña, me imponga las mil formas de asustarme, en lugar de las mil formas que tiene esa ciudad de llenarme de pánico, de agredirme, de intoxicarme.

D.L: ¿Tiene que ver su sociología con esa preferencia?

B.P: Sobre todo mis ensayos sobre la violencia. Pero decir que es sociología, sería presumido. Yo los veo más bien como trabajos de catarsis. ¿Se puede producir teoría en la catarsis de un asmático social como yo? No lo sé. Escribí sobre la violencia cuando todavía vivía en Valera y tenía que viajar a Caracas dos veces al mes durante dos años. Ambas ciudades son temibles, una a menor escala que la otra, pero igual de temibles. En algún momento me pregunté en qué coincidía la violencia de una ciudad de provincia con la violencia de ciudades más grandes y complejas, y por qué incluso en las zonas rurales del Estado Trujillo, en poblados que no superan los 500 habitantes, se cometen homicidios tan atroces como inéditos. Lo peor es que el nivel de ensañamiento supera en muchos casos al crimen mismo, tanto como al móvil y la estructura psíquica del homicida. El horror ya no es por el hecho de que una persona asesine a otra, sino también por la forma en se lleva a cabo el crimen y la espantosa puesta en escena del cadáver. Entonces es inevitable reconocer que algo no está funcionando bien, que algo estamos haciendo mal, y que toda esta violencia debe tener un origen, una placenta de la que se nutre y fortalece. Hay elementos estructurales que propician la violencia de este país y que son conocidos por todos: impunidad, disfunción familiar, pobreza, educación, afán de lucro, entre otros. Pero, además de esto, pienso que hay algo más, y ese agregado es lo que precisamente quise explorar en mis observaciones sobre la violencia.

D.L: Usted afirma que en Venezuela desde hace cinco décadas se ha venido instalando la violencia como una forma de vida y también como cultura. A qué se refiere.  

B.P: Si entendemos por violencia todo aquello que amenace o lleve a cabo algún tipo de agresión física, psicológica, verbal o sexual contra la voluntad de un individuo o colectivo, entonces estamos ante un país cuya violencia no se expresa sólo por sus índices de homicidios, sino también por su comportamiento social. Es decir: el comportamiento social del venezolano en la actualidad es esencialmente violento. En ocasiones sádico; en otras, masoquista. El venezolano es víctima y victimario. Agresor y agredido. Opresor y oprimido. Estas relaciones, que son violentas por naturaleza, se presentan de individuo a individuo, de grupos contra individuos, de individuos contra grupos, y, lo que llama poderosamente la atención: de organizaciones públicas y privadas contra individuos o grupos, o viceversa. Para explicarlo de otra manera: salir de casa es como someterse a una subliminal golpiza. Caminar por nuestras ciudades es como boxear en silla de ruedas contra un gigante invisible. Despertar, vestirse y tomar la ruta de un día promedio es experimentar un nivel de violencia que lamentablemente hemos naturalizado. Un tipo de agresión que pasa desapercibida porque llevamos cerca de cincuenta años convirtiéndola en una forma de vida. No hablo sólo del tipo de violencia que puede medirse a través de los índices de homicidios, o a través cualquier instrumento estadístico que establezca cualquier agresión que esté tipificada en la ley. No hablo sólo de los caídos a balazos por un teléfono celular, una moto o un carro. Hablo de una violencia a la que yo llamo violencia placentaria, la primigenia, la más preocupante, y que puede ser la causante de nuestros peores miedos.

D.L: El factor omnipresente de la violencia, según usted.

B.P: Ahora bien, aclaro: para que haya violencia deben existir tratamientos. Si hay violencia física, hay un tratamiento del cuerpo; si hay violencia psicológica, hay un tratamiento de la psique. Lo mismo ocurre con las violencias verbales y sexuales: hay en ellas tratamientos del lenguaje y de la genitalidad. No hay violencia sin tratamiento, sin las formas que se emplean para ejecutarla, sin método. Entonces estamos ante tres elementos: victima, victimario y tratamiento. Pongamos por caso la escena típica de un filme donde el villano interroga al héroe usando como método la tortura. El villano es el victimario, el héroe la víctima, y el tratamiento sería el uso de escalpelos, sierras o clavijas que se emplean para causar dolor. Entonces el tipo de violencia social de la que hablo cumple también con la misma triada. Podríamos preguntarnos: ¿Es un acto de violencia hacer una cola de tres a cuatro horas de espera bajo el sol, o de pie, para realizar una transacción bancaria, o para comprar comida, o para que nos atiendan en un hospital público? ¿Cuántos tipos de violencia se manifiestan en esa espera? ¿Y cuáles serían los tratamientos? ¿Quiénes son las víctimas y los victimarios? Ahora pongamos por caso un territorio como muestra: Valera. ¿Cómo es el día promedio de un valerano? ¿A cuántos tipos de violencia debe enfrentarse sin que se asuma una víctima consciente y sin que tenga conciencia de sus victimarios? Y, lo que es peor: ¿Acaso advertirnos el deterioro progresivo de nuestro cuerpo y psique como resultado de este tipo de violencia? ¿Cuáles son los resultados y cómo se traducen esos resultados en nuestra salud pública? ¿Puede existir un progreso auténtico, en todos los niveles, cuando nuestro cuerpo y psique son tratados con violencia por la nación de la que somos nativos? ¿Podemos amar lo que abusa de nosotros? ¿Podemos querer lo que nos agrede? Y si amamos lo que nos agrede, ¿qué somos?

D.L: En ese sentido, y ante ese tipo particular de violencia, puede decirse que somos un pueblo que ha hecho de la violencia una forma de vida.

B.P: El transporte privado, que todos llamamos público, es violento. ¿O no? Viajas hacinado, en butacas enanas y rotas, tragando monóxido de carbono, con un reggaetón reventándote los tímpanos y con el miedo de que alguien saque un revólver y ponga una bala en tu cabeza para robarte. Y de paso debes pagar. Nuestras melomanías son violentas: escuchamos música a alto volumen sin importarnos el daño físico y psíquico que podamos ocasionar en los otros. Hay violencia en nuestros servicios públicos: los basurales en Valera alcanzan extremos espantosos y son criaderos de violencias más sutiles que pueden verse con un microscopio o a través de un examen de orina, heces, o de hematología completa. Lo mismo ocurre con el servicio de agua potable: dime tú cuántas personas no llevan décadas cargando y cargando agua para bañarse o lavar los platos. ¿Por cuántos lumbagos no hemos pasado, cuántas dolencias no sufre una anciana que vive en un cerro y que debe subir ciento cincuenta escalones para hacer café? Hace muchos años, recuerdo, fui al hospital central de Valera porque uno de mis hijos, entonces de once años, tenía un cuadro de fiebre incontrolable. La enfermera me dijo que era necesario tomarle la temperatura pero que en ese momento no había termómetros ni tratamientos. El niño estuvo sin atención durante la hora que invertimos para buscar estas dos cosas en alguna farmacia de turno. Bien, hace un par de meses tuve que bajar a Valera por varios días porque no me sentía bien de salud y terminé en el mismo hospital. Tenía fiebre y vómitos. Me recibió una doctora que además de ejercer de una manera insolente y hasta agresiva su profesión, cuando ordenó que me tomaran la temperatura, recordó de pronto y con una rabia notable que no había termómetros ni tratamiento. Me dije: coño, en este hospital no ha pasado el tiempo y lo peor es que es uno el que envejece. No el tiempo.

D.L: Usted habla de violencia pública. ¿Qué tiene que ver el Estado en este tipo de violencia?

B.P: Yo hablo de micro dimensiones de la violencia que se tejen y sostienen tanto en la vida pública como en la privada. Hablo de todo un sistema cuyos componentes se relacionan entre sí bajo la naturalización de delitos menores y mayores, algunos demasiado obvios, otros imperceptibles, pero que hacen en su conjunto que nuestra sociedad no funcione adecuadamente. Ejerce violencia contra mí la demagogia política y la corrupción tanto del sector público como el privado. Pero también yo como vecino, con mi propia interpretación de lo privado, que por lo general, al hacer lo que me venga en gana, no dejo dormir a los otros por mis parrandas y el humo de mis parrillas. Desde el cinismo de un fumador hasta el calentamiento global, hay violencia. Repito: hay victimarios, víctimas y tratamientos. Navegamos como peces adormecidos dentro de esta placenta. Somos hijos y nos formamos en la furia de las calles, de nuestras casas, de nuestras instituciones. ¿Hablar de violencia pública? Lo acepto si entendemos lo público como un todo y no como una parte del todo. Yo no puedo decir que la causa de los índices de criminalidad responde exclusivamente al sector público, tomando lo público como una mera expresión de lo institucional o gubernamental. El Estado está obligado a prevenir y reducir los índices de violencia a través de la ejecución de políticas coherentes. Está obligado a normar, regir, garantizar que las leyes justifiquen su existencia. Si el Estado no cumple con sus funciones, entonces estamos ante un tipo de violencia de Estado. Pero aquí se nos presenta un problema. Un problema que es necesario identificar y discernir. En los últimos 50 o 60 años, en este país y en el mundo entero, las violencias de Estado han cambiado. Fue de Kapuscinski del que leí alguna vez que en las sociedades contemporáneas el Estado tiende a perder el monopolio de la violencia. Es decir: la autoridad de los Estados modernos se sostenía en base al monopolio producto del control de sus fuerzas armadas, de sus organismos de seguridad, de sus aparatos represivos, de su propio armamento. El poder de fuego de un país, tanto como la violencia que amenaza o ejerce sobre la población, estaba en manos del Estado. Ahora, en tiempos posmodernos y de globalización, la violencia se ha privatizado. Abundan la tenencia y control de armamento por fuerzas privadas, cuya autoridad la encarnan organizaciones producto del narcotráfico, las mafias, las empresas de seguridad privada, los grupos de mercenarios, escoltas, guerrillas, paramilitares, terroristas, y hasta ciudadanos comunes que armados incluso mejor que las policías, actúan de forma independiente como nuevas expresiones de la violencia sin que nadie ni nada pueda controlarlas. Un ejemplo de esto es que son cada vez mayores las organizaciones criminales armadas que tienen mayor poder de custodia de un territorio que los mismos organismos de seguridad, y que, dicho sea de paso, incluso cobran una cantidad de dinero mensual, como si fueran empresas de seguridad comerciales, para garantizarles la vida a un sector de la población o para que otras bandas criminales no ejerzan violencia contra él. Este escenario tan temible y espantoso se nutre de una potencia mayor: el delito como negocio, la violencia como negocio, donde el poder de fuego privado y estatal se trenzan para generar ingresos de proporciones multimillonarias, y que a su vez fortalece y fomenta en las nuevas generaciones la existencia de un mercado de la violencia donde muchos, sobre todo la gente pobre, ve una salida a su propia condición existencial, aun cuando ésta limite sus expectativas y esperanzas de vida.    

D.L: En el caso de los países desarrollados, ¿han perdido también el monopolio de la violencia?

B.P: En parte. El problema del control de armas en Estados Unidos es una muestra de ello. Incluso cuando un terrorista secuestra un avión con un cúter y lo estrella contra un edificio, incluso contra el Pentágono que es un símbolo internacional de violencia de Estado, o cuando un fanático arrolla a una multitud con un camión, o apuñala a varios transeúntes en una calle cualquiera, estamos ante un desplazamiento de la violencia del Estado por un tipo de violencia que es mucho más difícil de controlar, y que es aún más espantosa por su condición de ser impredecible. Esta situación, que se presenta a escala global, genera a su vez violencias de Estado más sutiles y en dimensiones superlativas. La violencia de las naciones poderosas, por ejemplo, además de sostener y ejercer su propio poder de fuego, se presenta de Estados contra Estados, en términos no solamente bélicos, sino también políticos y económicos. Los países poderosos agreden mediante el libre comercio, o mediante sus economías neoliberales, a los países más débiles. A esas naciones llamadas del primer mundo les conviene el debilitamiento de otras democracias, de otros Estados, donde el flujo de mercancías tanto como los aparatos de penetración ideológica se convierten en armas lógicamente más sutiles que un portaviones. Hay violencia en eso de hacerme creer contra mi voluntad (o contra mi pasividad e ignorancia), y a través de bombardeos de símbolos y contenidos, cuál es el estilo de vida que debo o no llevar. A nosotros, tanto en Venezuela como en Latinoamérica, nos corresponde recibir el tipo de violencia de Estado Fuerte contra Estado Débil. Pero entre naciones poderosas existe desde luego la misma violencia, sólo que en este caso, como bien lo planteó Toynbee, se trata de violencias entre civilizaciones, es decir: de Estados Fuertes contra Estados Fuertes.  

D.L: Ante esto, que podría incluso ser pesimista, ¿tiene usted propuestas o soluciones?

B.P: Gangotena dijo en una ocasión que el cuerpo se encuentra ocupado en morir. Si esto es cierto entonces lo estamos convirtiendo en un holgazán. Desde la revolución industrial hasta nuestros días, la humanidad se ha estado matando a sí misma vertiginosamente. Yo quisiera apelar al sentido común. Aunque el cuerpo esté muy ocupado en morir, al menos esa lenta agonía debería ser decente. Digna. Ningún proyecto político, sea a escala global o particular, puede desarrollarse a plenitud si más de seis mil millones de cuerpos se sienten agredidos por la sociedad que hemos construido. Es simple: mejora las condiciones para que el cuerpo se sienta bien y tendrás un humanismo auténtico y sano. Educar, regular, administrar, regir, normar, es darle sentido al Estado. Hay que buscar el termómetro, coño. Hay que hacer que la vieja de sesenta años abra el grifo y salga agua. Si esto no ocurre, el orgullo de ser venezolano no será más que puro bochinche. Es difícil tener orgullo nacional en medio de los niveles de desorganización y caos que estamos enfrentando. Sería como si un hijo sintiera orgullo por un padre que tenga un prontuario policial incuantificable. Yo creo que hay que amar a este país. Y para conseguirlo hay que comenzar por hacer las cosas bien. Desde lo pequeño, desde los detalles, como si pintáramos un mosaico de la mejor forma, para después regocijarnos en la contemplación de nosotros mismos.  

D.L: Su aislamiento, ¿es una forma de construir lo grande?

B.P: No, desde luego. Pero yo soy un segundo dentro de la historia. Aquí, en la cordillera, contigo o frente a un papel, ese segundo importa. Pensar importa. Espero que sirva de algo.

D.L: ¿Su posición política?

B.P: La honestidad.



Enero 2017.
Sierra de Santo Domingo.



Post- scriptum: Bruno Pujol, como mencioné, en 37 meses ha bajado a la ciudad en cuatro ocasiones. Finalmente aceptó sin rubores, más bien con una espléndida sonrisa, su miedo y necesidad de aislamiento. Pero si hay un miedo que ha vencido, nos comentó, es el miedo a decir lo que piensa. «La peor censura es nuestro propio silencio», dijo. Yo le mostré algunas cifras tomadas del Diario Los Andes de acuerdo a su propio baremo: 837 muertes trágicas se registraron en Trujillo durante el 2016. De este número, 358 fueron asesinatos y 232 fueron abatidos presuntamente por las FAPET. Hubo además 166 accidentes de tránsito, 43 suicidios y 38 infortunios. Ante esto, Bruno expresó: «Los huevos podridos suelen disfrazarse de huevos. El problema es que la tortilla ya está sobre la sartén.»

miércoles, 14 de diciembre de 2016

SOBRE EL VERBO REÍR (Carta monolingüe al Embajador de Inglaterra y postdata de un mono con pestañas postizas)

Por Sol Linares
sol.linares.r@gmail.com






“El humor es una tentativa
de limpiar de estupideces
a los grandes sentimientos”

Raymond Queneau


Mi muy querido Señor Lyle Stuart W.:

            Después de tomar la merienda de la tarde con los modales que aprendí del Sr. Louis Armstrong, mi mono capuchino, me he dedicado a leer su carta detenidamente. Para ello he tenido la precaución de usar a un tiempo mis gafas para los defectos de filantropía y al otro los defectos de misantropía como me recomendó el oftalmólogo. Debo decir que tiene usted una caligrafía preciosa, su letra me recuerda a la que usaba Tolstoi para mandar al carajo a Sofía Berhs. En general, la gente que termina un romance se cuida de escribir claramente las palabras aun cuando ya no tengan el ánimo para una esdrújula más; es el último esfuerzo que hacen. Por mi parte, ¿cómo puedo yo objetar sus acusaciones si estoy totalmente de acuerdo con ellas?
Me acusa usted de ser una amante poco seria, hilarante y en gran medida guasona, que no me tomo con gravedad los planes de matrimonio y confiesa que mi risa le enfada porque no le permite ver lo que hay en mi corazón. Ha dicho: “es usted una mujer demasiado sátira para mi gusto”. ¡Oh, Señor Lyle, créame que yo misma me reprocho este defecto del ánimo, porque cada vez que sufro nadie me toma en serio! Sin embargo he reflexionado tanto sobre el asunto, estoy tan consciente de que la risa suele causar algunos disgustos, que encuentro razones de sobra para agradecerle su decisión de abandonarme; tan agradecida estoy que si tuviera un poco de dinero le enviaba con el Sr. Louis Armstrong una pelota de jamón serrano para navidad.
            Sepa que entiendo su amargura. La primera risa que sonó en el mundo  pongamos por caso en los montes Balcanes dejó a los dioses bastante aturdidos. Aquellas abnegadas y grotescas máquinas de sufrir que habían creado los dioses acababan de romper el hechizo de su tragedia: estaban riendo. Dicen que se trataba de un cromañón que se había desternillado de risa cuando su amigo (“Sin mi yo”) estaba siendo revolcado por el madero que le tomó toda una tarde subir por la colina. Pero faltaba algo peor, un segundo incidente hizo enfurecer a los dioses: resulta que el imbécil del cromañón que había fracasado en su empresa, a quien le habían dado la paliza el madero y la gravedad, también estaba riendo a carcajadas. Es decir, Señor Lyle, se estaba burlando de sí mismo.
¡Un cromañón riendo! ¡Qué revelación! Ese día nació el primer síntoma de irreverencia. No sé si sabe que no heredamos la risa ni de la naturaleza ni de los dioses; al contrario, fue un logro autónomo, agresivo si se quiere, y profundamente insubordinado. Mucho me temo que la risa vulnera la vigilancia de lo moral y luego rompe el cristal de los misterios del universo. ¡La carcajada es humana y nada suena como ella, ningún fracaso había producido antes un sonido tan maravilloso! Ante la risa nada será suficientemente sagrado, solemne o cabal. Reírse siempre es ponerse por encima de algo, aunque estemos debajo: es ponerse por encima de la realidad cualquiera que sea. Alguien tiene que decirlo de una buena vez: en la estampida de una carcajada hay una profunda forma de emancipación.
¿Sabía usted que no siempre fue permitido reírse? La risa fue un trofeo que el Renacimiento arrebató al Medioevo. Durante siglos se trató de algo obsceno, contrario a la humildad cristiana. Dentro de la vida monasterial, donde se pensaba que el silencio de la existencia era una virtud, la risa rompía esa armonía y por lo tanto se tomaba como un defecto del espíritu, una actitud impropia, que conducía a la insensatez. Oh, si la risa no es la mayor forma de libertad que conocemos al menos es la más peligrosa señal de cuánto la deseamos. Por ejemplo, una persona que se ríe de sí misma es libre sobre todo de la opresión que implica esperar ser calificado constantemente por los demás. ¡Y hay tantos adjetivos que uno no se merece! Ella elige sus propios calificativos y cómo tomarse su destino. Donde veamos gente riendo hay gente que ha detenido la máquina del sufrimiento aunque sea momentáneamente.
Dice mi mono el Sr. Louis Armstrong que lo que más le molesta a usted de mi risa es que, la risa, atenta contra todas las formas de poder. Y en un sentido estricto, aquello que denominamos humor. Razón tienen los estudiosos al afirmar que el humor es propio de los pequeños. No hay una figura a quien tema más un Estado, un rey, un poderoso, un presidente, un hombre o una mujer bella, que al humorista. Este sujeto tiene la capacidad de desmitificar la grandeza, poner a la luz la verdad mediante una delicada elocuencia y contagiar de risa el lugar donde había temor. Usted lo tiene todo, por eso carece de humor. Usted no conoce el humor, como tampoco lo conocen los fanáticos, los orgullosos, los trágicos, los héroes.
Hay una capacidad innata en la risa de derrotar el control... ¿Recuerda esa novela de Umberto Eco llamada “El nombre de la rosa”? ¿Recuerda que transcurre en un monasterio benedictino donde, entre otros sucesos, se relata la desaparición de un manuscrito atribuido a Aristóteles que aborda el tema de la risa? Este libro es protegido aviesamente por un personaje ciego llamado Jorge, libro peligroso en la medida en que la risa, siendo para los clérigos un signo de debilidad, corrupción, insipidez e inferioridad, Aristóteles la honraba valorando su capacidad de liberar a la plebe del miedo, y por lo tanto, invertir los valores de dominación.
Ahora bien, mi muy querido Señor Lyle, me ha preguntado qué me lleva a la risa. Suele hacerme reír lo ingenuo, lo absurdo, la contradicción, la degradación de los convencionalismos sociales, la solemnidad de la realidad, la tragedia ajena y la propia, la ansiedad de la perfección y la belleza. Hay entre los estudiosos de este tema un destacado escritor francés llamado Henri-Louis Bergson, de quien conviene citar un célebre ensayo titulado “La risa”. En él nos dice: “No hay comicidad fuera de lo propiamente humano. Un paisaje podrá ser hermoso, armonioso, sublime, insignificante o feo, pero nunca será risible. Nos reiremos de un animal, pero porque habremos descubierto en él una expresión humana”.
¡Pero es que también hay muchos tipos de risa que promueve el humor! La risa estentórea, la risa dulce, la risa desencajada, la risa perpleja, la risa tierna, la risa intelectual, la sonrisa, la risa ponchada. Otros afirman, por ejemplo, que la risa del cínico es la más infernal de todas, porque es “la consolidación de su dureza”.
Me ha dicho usted que jamás compraría un libro de Cervantes, Quevedo, Eduardo Mendoza, Bierce. Tiende a pensar que el humor no tiene un cuerpo profundo sino que muy al contrario lo anima una naturaleza superficial. Está desterrando a la literatura propiamente humorística al mundo de la “sub-literatura”. Pues bien, ella está muy lejos de ser superficial. El humor da muestras de una expresión profunda de la realidad, de un conocimiento profundo de la condición humana. Pirandello por ejemplo, este escritor italiano premio Nobel de Literatura que conocemos sobre todo a través de su narrativa, pensaba que el humor es aquello que trae a la risa y al mismo tiempo conserva un aire grave. Fernández Flores dice del humor: si no es solemne es serio, un temperamento individual y no una actitud ante la vida. Rafael Carias tiene un ensayo de lo más interesante sobre el tema donde apunta que el humorista tiene un tino psicológico que conoce con acierto los mecanismos de las pasiones humanas, y aquí mi mono y yo volvemos a citar a F. Flores, porque él cree que el humorismo hermana la gracia con la ironía y lo insólito con lo triste. Y si nos vamos a los griegos encontramos que según Platón lo cómico produce un sentimiento mixto en el alma, en el que se funden el placer y el dolor (Filebo). Incluso el más solemne y serio de los hombres del siglo XX (¿quién sino Freud?) escribió un libro muy serio y muy solemne titulado “El chiste y su relación con el inconsciente”, en el que señala al humor como un triunfo del ser humano sobre los efectos dolorosos. De cualquier forma, este debate sustancioso sobre el humor está lleno de elementos comunes. Por un lado se trata de una forma privilegiada de comunicación que implica, más que un estado de ánimo, una postura crítica hacia lo social y por otro, que sobre él prevalece un fondo de tristeza más que de alegría.
En fin, querido Sr. L., es hermoso cuando una amargura como la suya obliga a argumentar a una alegría como la mía. Tal vez desde la risa una sociedad no pueda reconstruir una nación, tal vez ni siquiera un ser humano pueda construir nada desde la risa. Tal vez la risa tampoco detenga el sufrimiento. Solo sé que cuando río así, ¡jajajaja!, soy libre.
Y antes de que queme esta carta le suplico que se pare frente al espejo, relaje el entrecejo donde guarda su virtud inglesa y estire la boca. Estire. Encoja. Estire. Encoja (dice el Sr. Armstrong que puede escuchar “primavera” de Vivaldi si prefiere). Ahora recuerde un momento humillante, recuerde lo mal que la pasó escuchando las risas de los otros fijadas sobre usted mismo. Luego perdónese, y sonría —es que cuando uno ríe, algo perdona de uno o de los demás—. Si no funciona, imagine al Presidente desnudo o a los Asambleístas hablando en árbe, o a su perro escribiendo una versión del libro "En busca del tiempo perdido". Sin nada de esto surte efecto, si no logra ni siquiera sonreír, entonces intente hacer los gestos solemnes que hace cuando eyacula.Casi nunca falla.
            Se le tiene en alta estima, más o menos lo que mide Shaquille O’Neal.
            Suya, 
           Ya ni tan suya. 
           Definitavamente no suya,

Soleil Liniers

Post scriptum: El Sr. Louis Armstrong le manda una serie de cuatro parpadeos prolongados con mis pestañas postizas. En código morse significa: Ñoñopatoso.
           

viernes, 14 de octubre de 2016

EL PELO DE DUDAMEL

Por Sol Linares
sol.linares.r@gmail.com



            Federica retrajo su rostro. Miró el contenido de la caja que un joven quería venderle desde hacía pocos minutos bajo una fronda del parque. Era un muchacho común, de mirada ávida, cariado por un impecable nerviosismo. La chica miraba la caja sin poder decidirse.
¿Por qué compraría yo una cosa tan inaudita? —Dijo.
            —Es mágica.
            —¿Me vio la cara de tonta?
            —Si la agita, escuchará una música de esas raras que dan sueño.
            Si se refería a la melodía que sale de una caja musical después de dar cuerda a la manivela, esto no lo parecía. Adentro de la caja, una maraña de pelo oscura, rizada y vigorosa dormía entre las paredes de cartón, aterida en una apretada irrealidad.
            —Agítela —incitó el joven.
            Federica obedeció, no sin sentir que tocaba a las puertas de un pulpo. Retrajo su mano apenas tocó los rizos. Tuvo la impresión de que aquella peluca estaba viva, tramada en el vórtice de una singular exaltación, como una burbuja llena de aplausos. Atravesó nuevamente la caja con su mano preguntándose si no sería esto un artificio para robarla. Pero ya era tarde. Los dedos habían penetrado la anudada y espesa cabellera, en cuyo fondo la esperaba el sentimiento de un arbusto despierto, anonadado, repleto de nidos. Fue en ese instante, para sorpresa suya, que de la profundidad de la peluca salió el verbo somnoliento de un oboe.
            —Oh —susurró.
Si se trataba de una broma era bastante buena. Federica desafió al muchacho con una sonrisa aireada, examinando la naturaleza del truco en un rostro poco o nada intrépido. El joven lucía tan sorprendido como ella, aunque de modo mecánico. Indecisa, se mordió el labio inferior. Alargó el cuello ceremoniosamente —sobre todo para darse un valor visual ante el chico— y repitió la operación. Esta vez se desprendió el diálogo de un corno.
            —¿Será posible?
            El viento movió algunos rizos de la peluca, provocando el aliento dulce de un arpa que chocó contra la frente lisa y brillante de Federica. Antes de extinguirse le dio tiempo de embellecerla. Entonces Federica gimió mansamente. Si se hubiera visto al espejo juraría que su boca había escupido un encaje. Enyesó su conmoción con dos o más parpadeos, en las piedras que forraban el margen de las caminerías encontró lo que necesitaba para rendirse, con lo que decidió extraer la peluca de la caja. Hecho esto le dio vuelta, invirtiendo en ello extremo cuidado, no fuera que de esa peluca se cayera toda una orquesta. Cosa que ocurrió, de un modo taimadamente, porque un agudo pero tierno canturreo penetró la atmósfera del parque y de la peluca emergió el contenido de rasgados y sentidos violines. Poco a poco se abrió paso un violín en entera soledad, compungido, delirante, removido de algo, como un corazón arrancado y con raíces.
Oh, por Dios —exclamó, como arrodillada—. Es el concierto para violín de Tchaikovski. —¡Lo había escuchado tantas veces en la soledad de su casa, desnuda, masticando furiosamente chocolates rellenos de coñac!
Al violín lo acompañó el sol rojizo de la tarde, ardiendo sobre todo en la comisura de las hojas. Dijo el violín su aflicción, como diciendo por primera vez “soy el único violín que sufre”. Dijo cosas que penden de un hilo, no la de un amor solazado sino la de uno incapaz de darse o aceptarse, la de un amor contenido para nadie porque nadie puede, así dijo el violín sus cosas cobardes, cosas de azúcar caliente, cosas de grito pisoteado bajo un poste de luz, de sábana rasgada, de alguien dolido que hace gárgaras y sufre. Un momento después entraba el resto de la orquesta elevándose como una gran ola: No, siempre estuvo allí, condenada a hacer todavía más grande el sufrimiento, el amor sin nadie. Lo acompañó hasta donde pudo. Luego el violín siguió chillando sostenidamente y a veces bajaba la voz para arrastrarse. Desojó uno a uno los pétalos de la rabia, hasta que quedó sólo la mancha de una profunda dulzura. 
            El espíritu desmayado de Federica confirmó al joven que su negocio llegaría a feliz término. La mujer dedicó a la peluca su más devota mirada delante de un muchacho que comenzaba a perder la paciencia.
            —¿Cómo funciona? No veo conexión de baterías.
            —Ya le dije, es mágica.
El precio que pedía por ella era bastante elevado, sin embargo Federica regateó, movida todavía por la incertidumbre de transar un fiasco. “No me está vendiendo un piano”, dijo; “usted me está vendiendo una peluca”. En el fondo se resistía a que su debilidad le saliera costosa. El desdeño que sentía hacia la música que sonaba en la peluca causó en el joven una predisposición a tomar lo que se le ofreciera, de modo que Federica pagó un precio muy por debajo de lo concretado, tras lo cual el joven desapareció atravesando un meandro del parque.
Una vez sola, experimentó un sentimiento acobardado. Temió haber sido estafada por su debilidad hacia Tchaikovski. Sonrió, con la risa difusa de alguien que no merece un adagio. Parada entre dos hileras de lirios se animó a observar de nuevo el interior de la caja, por primera vez siendo dueña de un objeto para el cual no había nacido. Metió su mano en ella y la exacerbó, trayendo como consecuencia una estridencia nítida, nostálgica y estrujada, como la música de un estómago lleno de vientos y caricias. Algo parecido a una gaita escandinava amainó cuando Federica tapaba la caja y la guardaba en su bolsa de mano. Tomó el camino hacia la salida del parque, si se daba prisa podía llegar antes del anochecer a casa de sus amigos y compartir con ellos su fascinación.
Por primera vez en mucho tiempo se encontró disfrutando del crepúsculo, una luz tenue enduraznaba a los árboles, de pronto cogidos en la actitud de quien se prepara para dormir. Los lirios cerraban sus dedos y los papiros sostenían sus cabezotas desgreñadas cerca, siempre, de los farallones. Federica se sintió rosada, ligeramente, como un rosado atravesado por una pluma. Por donde quiera que posara los ojos había una fotografía esperándola, tal vez por esto no reparó en el hombre que, viniendo en dirección contraria, la interpelaba a distancia. 
¿Ha visto pasar a un joven por aquí? —vociferaba.
Federica entendió que se dirigía a ella cuando estuvo lo suficientemente cerca, haciéndose repetir la pregunta una o dos veces.
Es un parque, señor —dijo—.  He visto pasar a muchos jóvenes.
El hombre frunció el rostro en un gesto doloroso. Lo detuvo un paso indeciso y una cercana noción de fatalidad. Se tapó la cara con las manos y se fue en llanto debajo de ellas.
Me han robado —dijo.
¡Lo han robado! —Dobló Federica—. ¿Le han hecho daño, señor?
Estaba sentado en aquella banca —señaló—. Jalonó tan duro de mí que cuando me levanté del suelo ya se había echado a correr.
Qué raro, siempre hay cuidadores rondando.
Cuando el hombre dejó de llorar, era un hombre alto, dominado por una espalda curvada que lo hacía jorobarse sin remedio. Un sombrero gris aplastaba mechones de pelo cano y protegía a un rostro maduro y desvaído. Fundamentalmente los surcos de la frente componían en aquel rostro la señal de una profunda amargura, a la vez que intransigencia, sin que la corbata y el saco lleno de pelos de gato corrigieran su aspecto de champiñón. Las manos que lo habían escondido minutos atrás eran selectas, sus dedos finalizaban en arcos y, las uñas, levantadas ligeramente, no hacían sino exagerar esta impresión de dedos voladores.
Qué he hecho —se oyó decir al hombre—. Qué he hecho.
No se aflija —dijo Federica viendo que el hombre no se reponía—. Pongamos la queja. Afuera del parque hay una caseta policial.
Ante esta insinuación el hombre se trabó, y como viera que la chica amenazaba con arrastrarlo hasta la caseta, se la quitó de encima.
Gracias, tal vez vaya por mis propios medios.
¿Está seguro? Podemos intentarlo —meditó un instante, luego preguntó: ¿qué le han robado?
Nada que le incumba —dijo ásperamente el hombre y guardó silencio. Sacudió el sombrero contra las piernas—. Nunca lograré entender cómo es que nace un hombre grande y otro pequeño al mismo tiempo. Luego los pequeños no hacemos sino ver la luz de los grandes —se puso el sombrero—. Simplemente estoy perdido.
Dicho esto dio la espalda y se marchó. Federica escoltó al hombre con la mirada hasta que salió del parque y lo tapó la ciudad. Luego se dirigió a la parada. Tomó el autobús que la llevaría esa noche a casa de Lourdes y Rolando. Olvidó el incidente tan pronto recordó la peluca. Se preguntó si era apropiado mostrarla. Un objeto como aquel, así de ardiente e insólito, valía la pena exhibirlo. Además estaba cansada de ser el público de L. y R. en sus fanfarronerías. No había oportunidad en que Lourdes no sacara la obra completa de Mafalda que Quino le firmó en Buenos Aires, ni hablar de los monumentales volúmenes de la obra completa de Marx und Engels impresos en Berlín que Rolando luce en su biblioteca, todo a despecho de su condición monolingüe, cosa que no le impide leer en cada reunión el prólogo que hace el Instituto de Marxismo-leninismo intitulado Vorwort zur deutschen Ausgabe sin escupir.
Federica ardía en deseos de llegar. Esta noche patrocinaría un espectáculo. Ciertamente no encontraba solución al problema de no poder responder preguntas en relación al origen y autenticidad de la peluca; había cometido el error de comprarla sin saber a quién, por qué, de dónde. Tal vez inventara un cuento, una tienda árabe, un paquete enviado a su dirección, etc. De todos modos sus temores eran infundados. En casa de Lourdes y Rolando sobran objetos bellos de origen dudoso, al menos el robo de libros es una proeza común de la que estos amigos se jactan, siendo la anécdota que cobra más valor aquella que implica toda suerte de obstáculos de seguridad.
Bajó del bus en la Av. Cuatricentenaria, a esa hora todavía secuestrada por buhoneros y hortelanos. En la entrada del edificio llamó al interruptor. Rolando respondió en el quinto piso y oprimió el pasador eléctrico. El timbrado hizo ceder la rejilla principal. Federica atravesó el pasillo y subió al ascensor. En el apartamento, L. y R. rodeaban una mesilla servida con embutidos, vinos y salchichas. El televisor estaba encendido como un invitado molesto, a quien le prestaban atención de forma inusual. Federica colocó la caja en la mesada de la cocina. Llegado el momento, haría alarde de su nueva y extraordinaria adquisición.
A que no sabes —dijo Rolando.
¡Ha sido tan horroroso! —moqueó Lourdes.
Cuando el rostro de Federica se tornó lo suficientemente interesado, Rolando continuó:
Robaron a Dudamel.
¿A Gustavo Dudamel? —Federica entornó las cejas—. ¿El director de orquesta?
Ambos asintieron con la cabeza.
Ay, Dios —exclamó, y se llevó a la boca una rebanada de salchicha—. ¿Cómo es eso? ¿Se encuentra bien?
Yo lo vi demacrado —dijo L.—. Todavía nervioso cuando dio la rueda de prensa.
No me pareció —dijo R. —. Yo lo sentí tranquilo. Ha recibido mucho apoyo. Apenas hace unos minutos se pronunció el Director de la Orquesta Filarmónica de los Ángeles y la de Gotemburgo.
El Ministro de Interior y Justicia —continuó L.— dijo que ya tenían identificado al hombre. Un violinista retirado —hizo una pausa—. ¡Se ve tan raro así sin pelo, Dudamel!
Federica tragó la salchicha sin masticar. Fue como tragarse un paraguas abierto.
¿Sin pelo?
En ese instante, la imagen del Ministro de Cultura tomó parte en la pantalla del televisor. Eran imágenes de reposición, en la que se hacía acompañar por distintas figuras del ámbito cultural. Entre ellas resaltó el cráneo brillante del Maestro Abreu y algunos instrumentistas de la Orquesta Sinfónica Simón Bolívar.
 —A esta hora —dijo el Ministro—, cuando son las cinco y media de la tarde, le decimos al país que ya tenemos identificado al sujeto que anoche, en horas de la madrugada, perpetró este hecho bochornoso para el país y para el mundo.
El sofá recibió el cuerpo crispado de Federica. Pasó de un estatus muerto a uno frenético. Saber ahora que había masajeado a un pelo con dueño le arrebató todo el vigor. Escuchó al Ministro hasta la palabra mundo. De ahí no supo más. La fotografía que mostró la pantalla denunciaba al hombre que había visto en el parque hace menos de una hora, el hombre del sombrero con aspecto de champiñón. La voz del Ministro se desvaneció. La voz de Lourdes, de Rolando. No sólo había comprado una peluca robada; había comprado el  pelo de G. Dudamel. Además, ¡con cuanta bochornosa maestría lo había regateado! La salchicha bajó por el esófago.  A menos de dos metros del mueble, sobre la mesada de la cocina, estaba el pelo de Dudamel. En efecto, era el mismo pelo rollizo, apretado y brillante del Director de Orquesta. Imaginó a Dudamel, ahora trágicamente calvo. Su cara lavada y blanca, como de leche, le asaltó por completo. En algún lugar de su conciencia fue mirada por unos ojos verdes y achinados.

Empezó a sonar la cuarta sinfonía de Brahms cuando, yendo a reponer más vino, Lourdes rozó la caja en la mesada de la cocina.