miércoles, 14 de diciembre de 2016

SOBRE EL VERBO REÍR (Carta monolingüe al Embajador de Inglaterra y postdata de un mono con pestañas postizas)

Por Sol Linares
sol.linares.r@gmail.com






“El humor es una tentativa
de limpiar de estupideces
a los grandes sentimientos”

Raymond Queneau


Mi muy querido Señor Lyle Stuart W.:

            Después de tomar la merienda de la tarde con los modales que aprendí del Sr. Louis Armstrong, mi mono capuchino, me he dedicado a leer su carta detenidamente. Para ello he tenido la precaución de usar a un tiempo mis gafas para los defectos de filantropía y al otro los defectos de misantropía como me recomendó el oftalmólogo. Debo decir que tiene usted una caligrafía preciosa, su letra me recuerda a la que usaba Tolstoi para mandar al carajo a Sofía Berhs. En general, la gente que termina un romance se cuida de escribir claramente las palabras aun cuando ya no tengan el ánimo para una esdrújula más; es el último esfuerzo que hacen. Por mi parte, ¿cómo puedo yo objetar sus acusaciones si estoy totalmente de acuerdo con ellas?
Me acusa usted de ser una amante poco seria, hilarante y en gran medida guasona, que no me tomo con gravedad los planes de matrimonio y confiesa que mi risa le enfada porque no le permite ver lo que hay en mi corazón. Ha dicho: “es usted una mujer demasiado sátira para mi gusto”. ¡Oh, Señor Lyle, créame que yo misma me reprocho este defecto del ánimo, porque cada vez que sufro nadie me toma en serio! Sin embargo he reflexionado tanto sobre el asunto, estoy tan consciente de que la risa suele causar algunos disgustos, que encuentro razones de sobra para agradecerle su decisión de abandonarme; tan agradecida estoy que si tuviera un poco de dinero le enviaba con el Sr. Louis Armstrong una pelota de jamón serrano para navidad.
            Sepa que entiendo su amargura. La primera risa que sonó en el mundo  pongamos por caso en los montes Balcanes dejó a los dioses bastante aturdidos. Aquellas abnegadas y grotescas máquinas de sufrir que habían creado los dioses acababan de romper el hechizo de su tragedia: estaban riendo. Dicen que se trataba de un cromañón que se había desternillado de risa cuando su amigo (“Sin mi yo”) estaba siendo revolcado por el madero que le tomó toda una tarde subir por la colina. Pero faltaba algo peor, un segundo incidente hizo enfurecer a los dioses: resulta que el imbécil del cromañón que había fracasado en su empresa, a quien le habían dado la paliza el madero y la gravedad, también estaba riendo a carcajadas. Es decir, Señor Lyle, se estaba burlando de sí mismo.
¡Un cromañón riendo! ¡Qué revelación! Ese día nació el primer síntoma de irreverencia. No sé si sabe que no heredamos la risa ni de la naturaleza ni de los dioses; al contrario, fue un logro autónomo, agresivo si se quiere, y profundamente insubordinado. Mucho me temo que la risa vulnera la vigilancia de lo moral y luego rompe el cristal de los misterios del universo. ¡La carcajada es humana y nada suena como ella, ningún fracaso había producido antes un sonido tan maravilloso! Ante la risa nada será suficientemente sagrado, solemne o cabal. Reírse siempre es ponerse por encima de algo, aunque estemos debajo: es ponerse por encima de la realidad cualquiera que sea. Alguien tiene que decirlo de una buena vez: en la estampida de una carcajada hay una profunda forma de emancipación.
¿Sabía usted que no siempre fue permitido reírse? La risa fue un trofeo que el Renacimiento arrebató al Medioevo. Durante siglos se trató de algo obsceno, contrario a la humildad cristiana. Dentro de la vida monasterial, donde se pensaba que el silencio de la existencia era una virtud, la risa rompía esa armonía y por lo tanto se tomaba como un defecto del espíritu, una actitud impropia, que conducía a la insensatez. Oh, si la risa no es la mayor forma de libertad que conocemos al menos es la más peligrosa señal de cuánto la deseamos. Por ejemplo, una persona que se ríe de sí misma es libre sobre todo de la opresión que implica esperar ser calificado constantemente por los demás. ¡Y hay tantos adjetivos que uno no se merece! Ella elige sus propios calificativos y cómo tomarse su destino. Donde veamos gente riendo hay gente que ha detenido la máquina del sufrimiento aunque sea momentáneamente.
Dice mi mono el Sr. Louis Armstrong que lo que más le molesta a usted de mi risa es que, la risa, atenta contra todas las formas de poder. Y en un sentido estricto, aquello que denominamos humor. Razón tienen los estudiosos al afirmar que el humor es propio de los pequeños. No hay una figura a quien tema más un Estado, un rey, un poderoso, un presidente, un hombre o una mujer bella, que al humorista. Este sujeto tiene la capacidad de desmitificar la grandeza, poner a la luz la verdad mediante una delicada elocuencia y contagiar de risa el lugar donde había temor. Usted lo tiene todo, por eso carece de humor. Usted no conoce el humor, como tampoco lo conocen los fanáticos, los orgullosos, los trágicos, los héroes.
Hay una capacidad innata en la risa de derrotar el control... ¿Recuerda esa novela de Umberto Eco llamada “El nombre de la rosa”? ¿Recuerda que transcurre en un monasterio benedictino donde, entre otros sucesos, se relata la desaparición de un manuscrito atribuido a Aristóteles que aborda el tema de la risa? Este libro es protegido aviesamente por un personaje ciego llamado Jorge, libro peligroso en la medida en que la risa, siendo para los clérigos un signo de debilidad, corrupción, insipidez e inferioridad, Aristóteles la honraba valorando su capacidad de liberar a la plebe del miedo, y por lo tanto, invertir los valores de dominación.
Ahora bien, mi muy querido Señor Lyle, me ha preguntado qué me lleva a la risa. Suele hacerme reír lo ingenuo, lo absurdo, la contradicción, la degradación de los convencionalismos sociales, la solemnidad de la realidad, la tragedia ajena y la propia, la ansiedad de la perfección y la belleza. Hay entre los estudiosos de este tema un destacado escritor francés llamado Henri-Louis Bergson, de quien conviene citar un célebre ensayo titulado “La risa”. En él nos dice: “No hay comicidad fuera de lo propiamente humano. Un paisaje podrá ser hermoso, armonioso, sublime, insignificante o feo, pero nunca será risible. Nos reiremos de un animal, pero porque habremos descubierto en él una expresión humana”.
¡Pero es que también hay muchos tipos de risa que promueve el humor! La risa estentórea, la risa dulce, la risa desencajada, la risa perpleja, la risa tierna, la risa intelectual, la sonrisa, la risa ponchada. Otros afirman, por ejemplo, que la risa del cínico es la más infernal de todas, porque es “la consolidación de su dureza”.
Me ha dicho usted que jamás compraría un libro de Cervantes, Quevedo, Eduardo Mendoza, Bierce. Tiende a pensar que el humor no tiene un cuerpo profundo sino que muy al contrario lo anima una naturaleza superficial. Está desterrando a la literatura propiamente humorística al mundo de la “sub-literatura”. Pues bien, ella está muy lejos de ser superficial. El humor da muestras de una expresión profunda de la realidad, de un conocimiento profundo de la condición humana. Pirandello por ejemplo, este escritor italiano premio Nobel de Literatura que conocemos sobre todo a través de su narrativa, pensaba que el humor es aquello que trae a la risa y al mismo tiempo conserva un aire grave. Fernández Flores dice del humor: si no es solemne es serio, un temperamento individual y no una actitud ante la vida. Rafael Carias tiene un ensayo de lo más interesante sobre el tema donde apunta que el humorista tiene un tino psicológico que conoce con acierto los mecanismos de las pasiones humanas, y aquí mi mono y yo volvemos a citar a F. Flores, porque él cree que el humorismo hermana la gracia con la ironía y lo insólito con lo triste. Y si nos vamos a los griegos encontramos que según Platón lo cómico produce un sentimiento mixto en el alma, en el que se funden el placer y el dolor (Filebo). Incluso el más solemne y serio de los hombres del siglo XX (¿quién sino Freud?) escribió un libro muy serio y muy solemne titulado “El chiste y su relación con el inconsciente”, en el que señala al humor como un triunfo del ser humano sobre los efectos dolorosos. De cualquier forma, este debate sustancioso sobre el humor está lleno de elementos comunes. Por un lado se trata de una forma privilegiada de comunicación que implica, más que un estado de ánimo, una postura crítica hacia lo social y por otro, que sobre él prevalece un fondo de tristeza más que de alegría.
En fin, querido Sr. L., es hermoso cuando una amargura como la suya obliga a argumentar a una alegría como la mía. Tal vez desde la risa una sociedad no pueda reconstruir una nación, tal vez ni siquiera un ser humano pueda construir nada desde la risa. Tal vez la risa tampoco detenga el sufrimiento. Solo sé que cuando río así, ¡jajajaja!, soy libre.
Y antes de que queme esta carta le suplico que se pare frente al espejo, relaje el entrecejo donde guarda su virtud inglesa y estire la boca. Estire. Encoja. Estire. Encoja (dice el Sr. Armstrong que puede escuchar “primavera” de Vivaldi si prefiere). Ahora recuerde un momento humillante, recuerde lo mal que la pasó escuchando las risas de los otros fijadas sobre usted mismo. Luego perdónese, y sonría —es que cuando uno ríe, algo perdona de uno o de los demás—. Si no funciona, imagine al Presidente desnudo o a los Asambleístas hablando en árbe, o a su perro escribiendo una versión del libro "En busca del tiempo perdido". Sin nada de esto surte efecto, si no logra ni siquiera sonreír, entonces intente hacer los gestos solemnes que hace cuando eyacula.Casi nunca falla.
            Se le tiene en alta estima, más o menos lo que mide Shaquille O’Neal.
            Suya, 
           Ya ni tan suya. 
           Definitavamente no suya,

Soleil Liniers

Post scriptum: El Sr. Louis Armstrong le manda una serie de cuatro parpadeos prolongados con mis pestañas postizas. En código morse significa: Ñoñopatoso.
           

viernes, 14 de octubre de 2016

EL PELO DE DUDAMEL

Por Sol Linares
sol.linares.r@gmail.com



            Federica retrajo su rostro. Miró el contenido de la caja que un joven quería venderle desde hacía pocos minutos bajo una fronda del parque. Era un muchacho común, de mirada ávida, cariado por un impecable nerviosismo. La chica miraba la caja sin poder decidirse.
¿Por qué compraría yo una cosa tan inaudita? —Dijo.
            —Es mágica.
            —¿Me vio la cara de tonta?
            —Si la agita, escuchará una música de esas raras que dan sueño.
            Si se refería a la melodía que sale de una caja musical después de dar cuerda a la manivela, esto no lo parecía. Adentro de la caja, una maraña de pelo oscura, rizada y vigorosa dormía entre las paredes de cartón, aterida en una apretada irrealidad.
            —Agítela —incitó el joven.
            Federica obedeció, no sin sentir que tocaba a las puertas de un pulpo. Retrajo su mano apenas tocó los rizos. Tuvo la impresión de que aquella peluca estaba viva, tramada en el vórtice de una singular exaltación, como una burbuja llena de aplausos. Atravesó nuevamente la caja con su mano preguntándose si no sería esto un artificio para robarla. Pero ya era tarde. Los dedos habían penetrado la anudada y espesa cabellera, en cuyo fondo la esperaba el sentimiento de un arbusto despierto, anonadado, repleto de nidos. Fue en ese instante, para sorpresa suya, que de la profundidad de la peluca salió el verbo somnoliento de un oboe.
            —Oh —susurró.
Si se trataba de una broma era bastante buena. Federica desafió al muchacho con una sonrisa aireada, examinando la naturaleza del truco en un rostro poco o nada intrépido. El joven lucía tan sorprendido como ella, aunque de modo mecánico. Indecisa, se mordió el labio inferior. Alargó el cuello ceremoniosamente —sobre todo para darse un valor visual ante el chico— y repitió la operación. Esta vez se desprendió el diálogo de un corno.
            —¿Será posible?
            El viento movió algunos rizos de la peluca, provocando el aliento dulce de un arpa que chocó contra la frente lisa y brillante de Federica. Antes de extinguirse le dio tiempo de embellecerla. Entonces Federica gimió mansamente. Si se hubiera visto al espejo juraría que su boca había escupido un encaje. Enyesó su conmoción con dos o más parpadeos, en las piedras que forraban el margen de las caminerías encontró lo que necesitaba para rendirse, con lo que decidió extraer la peluca de la caja. Hecho esto le dio vuelta, invirtiendo en ello extremo cuidado, no fuera que de esa peluca se cayera toda una orquesta. Cosa que ocurrió, de un modo taimadamente, porque un agudo pero tierno canturreo penetró la atmósfera del parque y de la peluca emergió el contenido de rasgados y sentidos violines. Poco a poco se abrió paso un violín en entera soledad, compungido, delirante, removido de algo, como un corazón arrancado y con raíces.
Oh, por Dios —exclamó, como arrodillada—. Es el concierto para violín de Tchaikovski. —¡Lo había escuchado tantas veces en la soledad de su casa, desnuda, masticando furiosamente chocolates rellenos de coñac!
Al violín lo acompañó el sol rojizo de la tarde, ardiendo sobre todo en la comisura de las hojas. Dijo el violín su aflicción, como diciendo por primera vez “soy el único violín que sufre”. Dijo cosas que penden de un hilo, no la de un amor solazado sino la de uno incapaz de darse o aceptarse, la de un amor contenido para nadie porque nadie puede, así dijo el violín sus cosas cobardes, cosas de azúcar caliente, cosas de grito pisoteado bajo un poste de luz, de sábana rasgada, de alguien dolido que hace gárgaras y sufre. Un momento después entraba el resto de la orquesta elevándose como una gran ola: No, siempre estuvo allí, condenada a hacer todavía más grande el sufrimiento, el amor sin nadie. Lo acompañó hasta donde pudo. Luego el violín siguió chillando sostenidamente y a veces bajaba la voz para arrastrarse. Desojó uno a uno los pétalos de la rabia, hasta que quedó sólo la mancha de una profunda dulzura. 
            El espíritu desmayado de Federica confirmó al joven que su negocio llegaría a feliz término. La mujer dedicó a la peluca su más devota mirada delante de un muchacho que comenzaba a perder la paciencia.
            —¿Cómo funciona? No veo conexión de baterías.
            —Ya le dije, es mágica.
El precio que pedía por ella era bastante elevado, sin embargo Federica regateó, movida todavía por la incertidumbre de transar un fiasco. “No me está vendiendo un piano”, dijo; “usted me está vendiendo una peluca”. En el fondo se resistía a que su debilidad le saliera costosa. El desdeño que sentía hacia la música que sonaba en la peluca causó en el joven una predisposición a tomar lo que se le ofreciera, de modo que Federica pagó un precio muy por debajo de lo concretado, tras lo cual el joven desapareció atravesando un meandro del parque.
Una vez sola, experimentó un sentimiento acobardado. Temió haber sido estafada por su debilidad hacia Tchaikovski. Sonrió, con la risa difusa de alguien que no merece un adagio. Parada entre dos hileras de lirios se animó a observar de nuevo el interior de la caja, por primera vez siendo dueña de un objeto para el cual no había nacido. Metió su mano en ella y la exacerbó, trayendo como consecuencia una estridencia nítida, nostálgica y estrujada, como la música de un estómago lleno de vientos y caricias. Algo parecido a una gaita escandinava amainó cuando Federica tapaba la caja y la guardaba en su bolsa de mano. Tomó el camino hacia la salida del parque, si se daba prisa podía llegar antes del anochecer a casa de sus amigos y compartir con ellos su fascinación.
Por primera vez en mucho tiempo se encontró disfrutando del crepúsculo, una luz tenue enduraznaba a los árboles, de pronto cogidos en la actitud de quien se prepara para dormir. Los lirios cerraban sus dedos y los papiros sostenían sus cabezotas desgreñadas cerca, siempre, de los farallones. Federica se sintió rosada, ligeramente, como un rosado atravesado por una pluma. Por donde quiera que posara los ojos había una fotografía esperándola, tal vez por esto no reparó en el hombre que, viniendo en dirección contraria, la interpelaba a distancia. 
¿Ha visto pasar a un joven por aquí? —vociferaba.
Federica entendió que se dirigía a ella cuando estuvo lo suficientemente cerca, haciéndose repetir la pregunta una o dos veces.
Es un parque, señor —dijo—.  He visto pasar a muchos jóvenes.
El hombre frunció el rostro en un gesto doloroso. Lo detuvo un paso indeciso y una cercana noción de fatalidad. Se tapó la cara con las manos y se fue en llanto debajo de ellas.
Me han robado —dijo.
¡Lo han robado! —Dobló Federica—. ¿Le han hecho daño, señor?
Estaba sentado en aquella banca —señaló—. Jalonó tan duro de mí que cuando me levanté del suelo ya se había echado a correr.
Qué raro, siempre hay cuidadores rondando.
Cuando el hombre dejó de llorar, era un hombre alto, dominado por una espalda curvada que lo hacía jorobarse sin remedio. Un sombrero gris aplastaba mechones de pelo cano y protegía a un rostro maduro y desvaído. Fundamentalmente los surcos de la frente componían en aquel rostro la señal de una profunda amargura, a la vez que intransigencia, sin que la corbata y el saco lleno de pelos de gato corrigieran su aspecto de champiñón. Las manos que lo habían escondido minutos atrás eran selectas, sus dedos finalizaban en arcos y, las uñas, levantadas ligeramente, no hacían sino exagerar esta impresión de dedos voladores.
Qué he hecho —se oyó decir al hombre—. Qué he hecho.
No se aflija —dijo Federica viendo que el hombre no se reponía—. Pongamos la queja. Afuera del parque hay una caseta policial.
Ante esta insinuación el hombre se trabó, y como viera que la chica amenazaba con arrastrarlo hasta la caseta, se la quitó de encima.
Gracias, tal vez vaya por mis propios medios.
¿Está seguro? Podemos intentarlo —meditó un instante, luego preguntó: ¿qué le han robado?
Nada que le incumba —dijo ásperamente el hombre y guardó silencio. Sacudió el sombrero contra las piernas—. Nunca lograré entender cómo es que nace un hombre grande y otro pequeño al mismo tiempo. Luego los pequeños no hacemos sino ver la luz de los grandes —se puso el sombrero—. Simplemente estoy perdido.
Dicho esto dio la espalda y se marchó. Federica escoltó al hombre con la mirada hasta que salió del parque y lo tapó la ciudad. Luego se dirigió a la parada. Tomó el autobús que la llevaría esa noche a casa de Lourdes y Rolando. Olvidó el incidente tan pronto recordó la peluca. Se preguntó si era apropiado mostrarla. Un objeto como aquel, así de ardiente e insólito, valía la pena exhibirlo. Además estaba cansada de ser el público de L. y R. en sus fanfarronerías. No había oportunidad en que Lourdes no sacara la obra completa de Mafalda que Quino le firmó en Buenos Aires, ni hablar de los monumentales volúmenes de la obra completa de Marx und Engels impresos en Berlín que Rolando luce en su biblioteca, todo a despecho de su condición monolingüe, cosa que no le impide leer en cada reunión el prólogo que hace el Instituto de Marxismo-leninismo intitulado Vorwort zur deutschen Ausgabe sin escupir.
Federica ardía en deseos de llegar. Esta noche patrocinaría un espectáculo. Ciertamente no encontraba solución al problema de no poder responder preguntas en relación al origen y autenticidad de la peluca; había cometido el error de comprarla sin saber a quién, por qué, de dónde. Tal vez inventara un cuento, una tienda árabe, un paquete enviado a su dirección, etc. De todos modos sus temores eran infundados. En casa de Lourdes y Rolando sobran objetos bellos de origen dudoso, al menos el robo de libros es una proeza común de la que estos amigos se jactan, siendo la anécdota que cobra más valor aquella que implica toda suerte de obstáculos de seguridad.
Bajó del bus en la Av. Cuatricentenaria, a esa hora todavía secuestrada por buhoneros y hortelanos. En la entrada del edificio llamó al interruptor. Rolando respondió en el quinto piso y oprimió el pasador eléctrico. El timbrado hizo ceder la rejilla principal. Federica atravesó el pasillo y subió al ascensor. En el apartamento, L. y R. rodeaban una mesilla servida con embutidos, vinos y salchichas. El televisor estaba encendido como un invitado molesto, a quien le prestaban atención de forma inusual. Federica colocó la caja en la mesada de la cocina. Llegado el momento, haría alarde de su nueva y extraordinaria adquisición.
A que no sabes —dijo Rolando.
¡Ha sido tan horroroso! —moqueó Lourdes.
Cuando el rostro de Federica se tornó lo suficientemente interesado, Rolando continuó:
Robaron a Dudamel.
¿A Gustavo Dudamel? —Federica entornó las cejas—. ¿El director de orquesta?
Ambos asintieron con la cabeza.
Ay, Dios —exclamó, y se llevó a la boca una rebanada de salchicha—. ¿Cómo es eso? ¿Se encuentra bien?
Yo lo vi demacrado —dijo L.—. Todavía nervioso cuando dio la rueda de prensa.
No me pareció —dijo R. —. Yo lo sentí tranquilo. Ha recibido mucho apoyo. Apenas hace unos minutos se pronunció el Director de la Orquesta Filarmónica de los Ángeles y la de Gotemburgo.
El Ministro de Interior y Justicia —continuó L.— dijo que ya tenían identificado al hombre. Un violinista retirado —hizo una pausa—. ¡Se ve tan raro así sin pelo, Dudamel!
Federica tragó la salchicha sin masticar. Fue como tragarse un paraguas abierto.
¿Sin pelo?
En ese instante, la imagen del Ministro de Cultura tomó parte en la pantalla del televisor. Eran imágenes de reposición, en la que se hacía acompañar por distintas figuras del ámbito cultural. Entre ellas resaltó el cráneo brillante del Maestro Abreu y algunos instrumentistas de la Orquesta Sinfónica Simón Bolívar.
 —A esta hora —dijo el Ministro—, cuando son las cinco y media de la tarde, le decimos al país que ya tenemos identificado al sujeto que anoche, en horas de la madrugada, perpetró este hecho bochornoso para el país y para el mundo.
El sofá recibió el cuerpo crispado de Federica. Pasó de un estatus muerto a uno frenético. Saber ahora que había masajeado a un pelo con dueño le arrebató todo el vigor. Escuchó al Ministro hasta la palabra mundo. De ahí no supo más. La fotografía que mostró la pantalla denunciaba al hombre que había visto en el parque hace menos de una hora, el hombre del sombrero con aspecto de champiñón. La voz del Ministro se desvaneció. La voz de Lourdes, de Rolando. No sólo había comprado una peluca robada; había comprado el  pelo de G. Dudamel. Además, ¡con cuanta bochornosa maestría lo había regateado! La salchicha bajó por el esófago.  A menos de dos metros del mueble, sobre la mesada de la cocina, estaba el pelo de Dudamel. En efecto, era el mismo pelo rollizo, apretado y brillante del Director de Orquesta. Imaginó a Dudamel, ahora trágicamente calvo. Su cara lavada y blanca, como de leche, le asaltó por completo. En algún lugar de su conciencia fue mirada por unos ojos verdes y achinados.

Empezó a sonar la cuarta sinfonía de Brahms cuando, yendo a reponer más vino, Lourdes rozó la caja en la mesada de la cocina.

sábado, 24 de septiembre de 2016

SOBRE EL VERBO REENCARNAR

Por Sol Linares
sol.linares.r@gmail.com



Mauricio es mago. Lo conocí en el café de Biagio durante la función. Esa noche subí las escaleras que conducen a la pérgola y me instalé en la esquina de la barra. Sobre los hechos no tuve ninguna responsabilidad; nací con mala leche. Acababa de quedar desempleada y me dominaba cierta languidez de espíritu, ese estado indeterminado que aprovecha el destino para burlarse de uno.  Qué importa, ya no sé si uno reencarna hacia adelante o hacia atrás, en el pasado o en el futuro, sólo que, pensando en los acontecimientos, siento que uno está lleno de mucha gente que quiere vivir, que espera su turno para romperle los huesos al tiempo. Recuerdo que revisé mi cartera. Sobresalieron algunos objetos damnificados: un teléfono sin saldo, una galleta oreo y un labial viejo que olía a encía. De dinero casi nada,  apenas me alcanzaba para un mojito. Aún sintiéndome miserable reiné en la barra con aire reflexivo, siempre he tenido ademanes refinados hasta en la pobreza, de manera que no me costó despistar al bartender y cuando me sirvió el único trago que podía pagar, obligué al hielo a derretirse para que me rindiera durante una hora.
Había poca gente, bostezaban mientras Mauricio cortaba a una mujer por la mitad.
            —¡Es un desastre! —escuché a mis espaldas.
            Era Biagio, el dueño del bar. Iba y venía de un lado al otro, decía cosas en italiano, ¡porca la miseria!, ¡ma che cazzata stai facendo!, con esa actitud clásica que emplean los italianos para dejar claro que con ellos empieza y termina el sufrimiento. La noche era bella y dramática. O Biagio la embellecía con sus gritos, se llevaba las manos a la cabeza y sufría. Es natural en ellos comportarse de ese modo; en Italia todos nacen con las manos en la cabeza, como si en algún momento fuera a caerse la torre Pisa.
En el escenario, el mago forcejeaba con el serrucho. Daba ternura verlo cortar a la mujer y acomodarse un paltó que le quedaba grande. La asistente se defendía sin llegar a mostrar interés por sus mosaicos. Odiaba que Mauricio, siendo mago, fuera tan inepto para aparecer una casita donde pudieran vivir juntos. Aquella mujer estropeaba el espectáculo con su fingido interés, por mucho que Mauricio magnificara un truco, ella lo hacía ver defectuoso y vulgar. En el tercer acto se tornó impertinente y salió de la cámara oscura cuando le dio la gana, arisca y sofocada como una mujer que sale de un baño público. Biagio la echó no bien puso los pies fuera del escenario:
—¡Te largas! —Su brazo apuntaba a un lugar más allá de la calle, más allá del continente. Me pareció que en los Apeninos.
—Pero Biagio —dijo Mauricio.
—Cállate o te vas tú también.
Luego me miró.
—Y tú, Sol. Serás la asistente de Mauricio.
—¿Yo? —proferí.
—Es muy gorda —dijo Mauricio encontrando en mí un obstáculo para sujetarme al arnés.
            —¡Pero qué importa, Mauricio! —Gritó Biagio dándole la espalda— ¡Necesitamos alguien convincente!
            — ¿Y qué con eso? —preguntó Mauricio irritado.
            —¡Oh, imbecille! ¡Alguien que sufra si la torturas! ¡O alguien que vuele si la haces levitar!
El argumento nos persuadió. Me tocó empezar esa misma noche, en la cámara de gas. Mauricio me explicó la ciencia del truco y me prometió rescatarme antes de morirme. Pese a mi inexperiencia logramos salir aireados,  si me costaba algún movimiento aprendí rápido a sonreír mientras me asfixiaba, me picaba o me lanzaba cuchillos. La gente reía. Les causaba gracia verme intentar caber en los trastos. Parece que por primera vez conocían la comedia. Biagio no cabía de felicidad. Había logrado juntar la comedia, la magia y a Botero en una misma función.
Nos quedaba realizar el último truco de la noche. Sencillo, desaparecer en La Caja de la Reencarnación. Consistía en introducirme en un cajón hermético, cuyo fondo se conectaba al pasadizo que conducía hacia el interior de otra caja ubicada en el extremo opuesto del proscenio. Yo contaba con siete segundos para atravesar el conducto, pero todo terminó en un absoluto desastre…
Mauricio me guió al interior de la caja, tras lo cual cerró la compuerta. Rápidamente bajé las escaleras y corrí a la segunda caja. Allí esperé. Cuando Mauricio, o el diablo, abrió la puertita, un chorro de luz me encegueció. Tampoco pude mover mis brazos para taparme el rostro. Fui abriendo los ojos dolorosamente, delante de mí se abrió un paisaje inusitado. Me hallé en mitad de una plazuela inmadura, cercada por casas aisladas de extensos alares y pedruscos. Hacía frío. Pocos árboles crecían entre las hendijas de las rocas.
—¿A dónde coño me mandó ese carajo? —Me escuché decir.
Cuando quise avanzar, me descubrí atada a un madero que habían hecho enterrar en la caliza. Qué gran mago es Mauricio, pensé. Había soldados fumando en pequeños grupos, haciendo descansar sus fusiles en el corazón de los matorrales. Tras la llegada de un hombre vestido con casaca y botines de paño, aquellos soldados organizaron rápidamente una fila frente a mí. Era la primera vez que lo veía, pero algo entendió mi quijada que comenzó a temblar.  
El sujeto se detuvo a tres metros del patíbulo, en actitud de sentencia. Acto seguido, desenrolló un folio, que leyó de inmediato con aire solemne.
            —María Gertrudis Teodora Bocanegra Lazo Mendoza. Por cuanto ha sido encontrada culpable del delito de traición al virrey…
Yo no sabía quién era aquella pobre mujer, pero todos me estaban mirando. Dizque que Gertrudis, o sea yo, se había infiltrado en las tropas realistas como informante de los grupos insurrectos de Michoacán. ¿Michoacán, dijo? Balbucí el nombre de Mauricio a ver si con esto se difuminaba la afrenta, pues estaba metida hasta la garganta en los chismes de la independencia mexicana.
—…castigada con la muerte —dijo el hombre, y terminó de esta forma:  Sentencia que se dicta en Pátzcuaro, Michoacán, a los once días del mes de octubre de 1817.
Luego de leer la sentencia que me inculpaba de insubordinación, me exhortó a decir mis últimas palabras. No lo pensé dos veces:
—¿Conoce usted al señor Biagio Cassolini? ¿El dueño del bar Mediterráneo?
A la primera señal, los soldados alinearon los fusiles contra mí. A la segunda señal me oriné el vestido. A la tercera señal, las balas reventaron mi pecho. Llevo muerta varios días. No vuelvo a entrar en una caja de reencarnaciones. Es muy peligroso.


sábado, 3 de septiembre de 2016

LA POESÍA Y LOS IMBÉCILES

Por Aldo Pellegrini

La poesía tiene una puerta herméticamente cerrada para los imbéciles, abierta de par en par para los inocentes. No es una puerta cerrada con llave o con cerrojo, pero su estructura es tal que, por más esfuerzos que hagan los imbéciles, no pueden abrirla, mientras cede a la sola presencia de los inocentes. Nada hay más opuesto a la imbecilidad que la inocencia. La característica del imbécil es su aspiración sistemática de cierto orden de poder. El inocente, en cambio, se niega a ejercer el poder porque los tiene todos.

Aldo Pellegrini

Por supuesto, es el pueblo el poseedor potencial de la suprema actitud poética: la inocencia. Y en el pueblo, aquellos que sienten la coerción del poder como un dolor. El inocente, conscientemente o no, se mueve en un mundo de valores (el amor, en primer término), el imbécil se mueve en un mundo en el cual el único valor está dado por el ejercicio del poder.
Los imbéciles buscan el poder en cualquier forma de autoridad: el dinero en primer término, y toda la estructura del estado, desde el poder de los gobernantes hasta el microscópico, pero corrosivo y siniestro poder de los burócratas, desde el poder de la iglesia hasta el poder del periodismo, desde el poder de los banqueros hasta el poder que dan las leyes. Toda esa suma de poder está organizada contra la poesía.

Como la poesía significa libertad, significa afirmación del hombre auténtico, del hombre que intenta realizarse, indudablemente tiene cierto prestigio ante los imbéciles. Es ese mundo falsificado y artificial que ellos construyen, los imbéciles necesitan artículos de lujo: cortinados, bibelots, joyería, y algo así como la poesía. En esa poesía que ellos usan, la palabra y la imagen se convierten en elementos decorativos, y de ese modo se destruye su poder de incandescencia. Así se crea la llamada "poesía oficial", poesía de lentejuelas, poesía que suena a hueco.

La poesía no es más que esa violenta necesidad de afirmar su ser que impulsa al hombre. Se opone a la voluntad de no ser que guía a las multitudes domesticadas, y se opone a la voluntad de ser en los otros que se manifiesta en quienes ejercen el poder.

Los imbéciles viven en un mundo artificial y falso: basados en el poder que se puede ejercer sobre otros, niegan la rotunda realidad de lo humano, a la que sustituyen por esquemas huecos. El mundo del poder es un mundo vacío de sentido, fuera de la realidad. El poeta busca en la palabra no un modo de expresarse sino un modo de participar en la realidad misma. Recurre a la palabra, pero busca en ella su valor originario, la magia del momento de la creación del verbo, momento en que no era un signo, sino parte de la realidad misma. El poeta mediante el verbo no expresa la realidad sino participa de ella misma.

La puerta de la poesía no tiene llave ni cerrojo: se defiende por su calidad de incandescencia. Sólo los inocentes, que tienen el hábito del fuego purificador, que tienen dedos ardientes, pueden abrir esa puerta y por ella penetran en la realidad.

La poesía pretende cumplir la tarea de que este mundo no sea sólo habitable para los imbéciles.



lunes, 15 de agosto de 2016

TULIO CARRANZA: "SER HONESTO TE DISCAPACITA"

Por Daniel Linares
@danolinares

La tristeza del Tulio Carranza por su tercer divorcio me llevó al obsesivo deseo de entrevistarlo. No es para menos: después de haber cumplido los 61 años, su nuevo fracaso amoroso tiene el sabor de la novela El viaje vertical de Enrique Vila-Matas, aunque, en el caso de Don Tulio, la causa de su imprevista separación responde a un argumento distinto: "Es que sufro la maldición de ser honesto", comentó.


Carranza es un dramaturgo injustamente desconocido que promociona sus dramas personales más que cualquiera de sus obras. De modo que antes de enterarme de su última producción teatral, Confesiones de un viejo verde, ya sabíamos sus amigos de cafetín que la muchacha de 30 años lo había abandonado no por verde ni por dramaturgo, sino por su incapacidad de sostener una familia en un país donde el oficio de escribir parece inferior al oficio del pícaro.

Nuestra conversación, a la que accedió por venganza más que por egocentrismo, pudimos sostenerla en casa de su madre, justo en el lugar donde una vez más este hombre desempacaba sus pertenencias: cajas atestadas de libros, diplomas, suvenires y algunos vestuarios y elementos de utilería de sus obras más memorables. "El problema de mudarse es que siempre te recuerda lo que eres", alcanzó a decirme.

Dejé por sentado entonces que mi interés central por entrevistarlo se debía precisamente a este comentario, y no al afán de subrayar cualquiera de sus propuestas estéticas.

D.L: En una ocasión te escuché decir que tu obra es una mordaz crítica que parodia los peores hábitos del venezolano, y que tus personajes son el reflejo de la caricatura en la que estos hábitos nos han convertido en los últimos años. ¿Dónde queda Tulio Carranza en la caricatura de esta época?

M.C: Cuando yo hablaba de caricaturas, aludía a una obra en particular: Tetonas y malditas, donde intenté valerme de la caricatura, de un tono más visual que dramático, para acentuar la realidad de un país donde, aun con una economía en crisis, las peluquerías, los centros de manicure y las cirugías estéticas no dejan de ser un negocio próspero. En ese contexto lo caricaturesco se presenta en la mujer que se hincha las tetas, la boca y el culo, por un afán de aceptación consigo misma o de otros. Yo quise exponer los contrastes: para algunas mujeres la caricatura de sí mismas es una condición de vida o muerte, una necesidad existencial perfectamente válida; para otras una puesta en escena de su condición femenina culturalmente colonizada, y para otras una payasada, en la misma medida en que aún siendo bellas, necesitan remarcar su belleza, exagerarla, hasta el punto de destruirla. Pero ya esto está dejando de ser un asunto exclusivo de las mujeres, también los hombres, algunos incluso de talante público, se han convertido en la caricatura de aquello que física o espiritualmente lo atormenta. Mi referencia a lo caricaturesco es para esta obra, no creo que en otras se repita la misma fórmula. Ahora, y para responder a tu pregunta, yo creo que todo creador es víctima de sus propias ficciones. No solo en el instante en que está creando, no por el esfuerzo que eso implica, sino porque sus personajes, sus anécdotas, o los conflictos que plantea, son una proyección quizá fantasmal de la realidad en la que el artista es su víctima más sensible. Yo no puedo escribir una obra de teatro sin antes ser un espectador de esa realidad. Una mujer de tetas operadas hace de sí misma un personaje. Se viste, se maquilla, sus tetas son utilería. Luego sale a la calle e interpreta un personaje. Cuando yo la veo caminar, cuando me topo con ella y sus tetas, entonces soy un espectador. Estoy dentro del espectáculo de una actriz que encarna el deseo más inaccesible. Exagero, claro, pero te repito: es caricatura.

D.L: Sin embargo, en el resto de tus obras siempre hay pícaros, vivarachos o aprovechadores de oficio con la misma intención de énfasis. En Putibar C.A, que es una historia de amor, también haces uso de la caricatura.

M.C: Tienes razón. No puedo negarlo. Cuando leí de Rosa Montero, en La loca de la casa, que en sus novelas orbitaba siempre la presencia de un enano, o de una persona de baja estatura, comprendí que los artistas tienen obsesiones que muchas veces no se reflejan en un plano consciente. En mis obras siempre hay un venezolano que quiere joderse en el otro. Siempre hay un pícaro, un malandrín, un tramposo. Por lo general son personajes de relieve, excepto en Doctor, brujo y buhonero, que es una obra donde el personaje central coloca en perspectiva la viveza criolla como fenómeno cultural.

D.L: Antes de esta entrevista, me dijiste que sufres la maldición de ser honesto. ¿Tiene que ver esto con algunas de tus obsesiones creativas?

M.C: Por supuesto. Acabo de divorciarme por esa misma maldición. Muchos pudieran pensar que la maldición en este caso no radica en la honestidad, sino en el problema del artista. Es decir: en su incapacidad histórica para sostener relaciones sentimentales duraderas, sólidas, y donde el artista forma parte de un montaje escénico donde hay un trabajo, una esposa, una casa, un jardín, un perro, unos hijos. Yo no me refiero a esto. Al menos no en su totalidad. Hablo de la honestidad no solo en el artista, sino en cualquier tipo de persona que debe arrodillarse ante la realidad de un país donde el pícaro o el estafador son los que tienen mayores probabilidades para sobrevivir en medio del desastre. Sobreviven, aclaro, no quiero decir que son más aptos o mejores personas, ni mucho menos que son más felices que el resto. Las circunstancias nos tuercen los principios. Las necesidades materiales, las más básicas, cuando no están dadas las condiciones para satisfacerlas, hacen que del individuo traicione sus principios o que exponga lo que realmente ese individuo es en el fondo. En este sentido, ser honesto te discapacita. Si eres fiel a tus principios, si eres moralmente competente, si pretendes mantenerte al margen de toda ilegalidad, por muy pequeña que sea, entonces sufres la discapacidad de no saber cómo enfrentar la crisis, cómo surtirte de alimentos, cómo sobrevivir en una economía cuya dinámica es impuesta, en la práctica, por un buen grupo de hijos de puta.

D.L: ¿A qué tipo de personas te refieres?

M.C: Permíteme generalizar. Aquí el pueblo venezolano entero tiene sus responsabilidades. Pueblo somos todos. Me niego a aceptar que los partidarios de un grupo político sean más pueblo que los partidarios de otros grupos. Tampoco acepto que al buscar culpables solo pensemos en políticos o empresarios, o en factores extranjeros, y que excluyamos o ignoremos las responsabilidades del pueblo llano, de la gran masa anónima que conforma la totalidad de la población de este país. Sería un reduccionismo. Un forma de reducirnos a nosotros, pueblo, en víctimas; y dejar a los políticos o empresarios como victimarios. A nosotros, pueblo, en pendejos; y a los políticos y empresarios como eruditos, como dioses, como redentores. No. Aquí el pueblo es uno solo, y también tiene sus responsabilidades.

D.L: ¿Podrías dar un ejemplo?

M.C: Voy a decírtelo de esta manera: una vez leí que García Márquez, al regresar de su viaje por Europa del Este, cruzó algunas palabras con una familia checa. Alguien, un francés, hizo a esta familia una confidencia: que en París había un lugar donde se cambiaba dinero checo a un precio tres veces más alto que el oficial. El checo se negó. Le dijo al francés que aquello perjudicaba en menor o mayor medida la economía de su país. Fue categórico, como todo acto de amor. Con este ejemplo yo voy a hacerte también una confidencia: yo creo en este tipo de nacionalismos. Creo en el amor hacia un país desde las pequeñas cosas. Y creo también que un país se destruye con las pequeñas cosas. Las pequeñas cosas, los detalles, los más ínfimos comportamientos que sumados unos con otros marcan el comportamiento de un país y que al final de cuentas determinan el curso de su historia. Todo país comete errores en lo pequeño y en lo grande. También tiene aciertos en lo pequeño y en lo grande. Y en esos errores, tanto como en los aciertos, el pueblo llano es responsable de sus causas y consecuencias. El pueblo no es del todo inocente. Quienes rasparon cupos, quienes desvían capitales, quienes crean empresas de maletín, quienes especulan, quienes compran comida o medicinas y las revenden a un precio hasta diez veces más alto que el oficial, también forman parte del pueblo venezolano. Un delito menor, cometido por un oficinista, es igual de reprobable cuando el mismo delito es cometido por un político de renombre. Lo peor es que en una circunstancia como la actual, corremos el riesgo de que los delitos menores comiencen a naturalizarse. La incertidumbre nos hace parte del inmenso tejido de ilegalidad que impone sus propios métodos y dinámicas para que esta sociedad funcione.

D.L: Aún cuando comprendo las responsabilidades que tenemos todos en la actual coyuntura, tengo la impresión de que consideras a Venezuela como un país de bandidos. Ese es el problema de generalizar.

M.C: Olvida un teléfono celular, una tableta, una computadora portátil en cualquier espacio público, sobre la mesa de cualquier cafetín, en la butaca de cualquier sala de cine, en el pupitre de una salón de clases, y te darás cuenta de lo que trato de decirte. Nadie va a devolverte tu teléfono. Harán lo imposible por quedárselo, aún cuando no les pertenece. Pero si acaso ocurre el milagro de que te lo devuelvan, como de hecho me ha pasado, debes retribuir el favor en dinero. Ahora bien, con esto no quiero decir que esto tenga su contraparte. No quiero decir que no hay personas honestas. Sí las hay. Yo conozco muchas y estoy seguro de que la gran mayoría del pueblo venezolano está guiada por la buena voluntad. El bandidaje conforma la minoría, y como siempre, es la minoría la que impone su criterio y la forma de hacer las cosas. Entonces nos discapacitan socialmente. Nos hace torpes, neuróticos, quejumbrosos, rabiosos, nos resta lucidez. Una minoría de bachaqueros, de tramposos de oficio, cualquiera que sea su índole o el uniforme o carnet que porte, puede inmovilizar a la mayoría. Puede discapacitarla. Pero aclaro: este es un problema cultural y también de paradigmas. Sufrimos el peso de una cultura rentista y los paradigmas que ésta genera: el paradigma del comerciante, el paradigma del político, el paradigma del pobre, el paradigma del burócrata, el paradigma del militar, el paradigma de las secretarias. Vemos estos monolitos como estamos acostumbrados a verlos: con indiferencia, resignación, adoración y a veces con indignación. No de otra manera. La sociedad venezolana funciona de acuerdo a fronteras bien delimitadas. Es un anticuario. Una forma de ser que ya no nos sirve. Un problema ontológico.

D.L: ¿Acaso no es petulante y contradictorio decir que sufres la maldición de ser honesto?

M.C: Sin duda alguna. Soy un arrogante, un manojo de contradicciones y además un mentiroso. No soy totalmente honesto. Como cualquier ciudadano de este país, estoy condenado por omisión e ignorancia. Aquí la gente piensa que las únicas leyes que nos regulan son las del Antiguo Testamento. Parece que se nos olvida que existe un Estado obligatoriamente nuestro, que se expresa mediante un estamento jurídico como la Constitución, y que de ésta se desprenden un buen número de leyes orgánicas y otro tanto de normativas. Ahora bien, pregunto: ¿tienes idea de las leyes que tú mismo infringes cuando sales de casa al trabajo? ¿Tienes idea de las leyes que infringes incluso cuando te quedas en casa? Sea por omisión o ignorancia, cualquiera que se haga así mismo un examen de esta índole quedará como un delincuente. Tendría que ponerse a derecho. Luego entonces nos cae como un ladrillo el Nuevo Testamento: quién esté libre de pecado que lance la primera piedra. Entonces dime: ¿quién la lanzará? ¿Quién? De hipocresías como éstas nos vestimos todos los días, y lo que es peor: con hipocresías como éstas fomentamos en lo pequeño, desde nuestros delitos menores, una cultura de la impunidad.

D.L: Si lo que dices es cierto, tendríamos a más de la mitad de la población en tribunales y estaríamos obligados a construir más cárceles que instituciones educativas.

M.C: Yo construiría más instituciones educativas que cárceles. Pero escuelas verdaderas, no cárceles disfrazadas de escuelas.

D.L: Galeano dice que la impunidad premia el delito, induce a su repetición y le hace propaganda: estimula al delincuente y contagia su ejemplo.

M.C: Galeano tiene razón.