jueves, 31 de marzo de 2016

Diarios de Virginia Woolf: ni frígida ni pacífica

Sol Linares
sol.linares.r@gmail.com


Hay secretas relaciones entre locura y escritura:
la primera suele terminar con la última,
pero nunca al revés. 
(Juan Gelman)


El miércoles 8 de abril de 1925, regresando de Cassis a la casa en 52 Tavistock Square, en Londres, Virginia escribe de Proust lo siguiente:

Lo importante en Proust es la combinación de la máxima sensibilidad con la máxima tenacidad. Persigue esos matices de mariposa hasta la última tonalidad. Es tan duro como las cuerdas de tripa y tan evanescente como un capullo de mariposa.

Reflexiones de este estilo repletan los cuadernos de entreguerras de  Virginia Woolf, entre principios de 1924 y 1931, y en general todos sus diarios, que emprende en 1915. Estos en especial registran una de las épocas más fructíferas del matrimonio de los Woolf. Incluso económicamente. Coincide con el surgimiento de su propia imprenta, una Farringdon Road que instalan en el comedor de la casa Hogarth y que luego se convierte en la Hogarth Press, donde publicarán, inicialmente, sus propios libros (en función de ponerlos en el mercado y seguir el progreso de las ventas), y más tarde los libros de Katherine Mansfield, T. S. Eliot, Sigmund Freud, entre otros.


Diarios elocuentes donde el lector descubre a una Virginia casi feliz, intensa, aguda, y sobre todo, atenta a todo cuanto implica sus procesos creativos. Sabemos que es lectora de Proust (como de la literatura rusa) porque en ella la lectura no solo representa el placer por el placer, sino que entraña un convenio con el oficio de escritora que asume a cabalidad; sus lecturas devienen artículos de crítica a la par que acompañan los procesos creativos con el objeto de tonificar su propio trabajo, y es dable que sus necesidades literarias estén estrechamente relacionadas con la novela que escribe al momento, lo cual la lleva a veces a buscar libros “largos y sólidos” que nutran su templanza para sostener anímica y psicológicamente sus propias historias.

La V. W. de estos cuadernos es la escritora de mayor madurez. Por lo tanto comprenden un seguimiento emocional y psicológico de sus libros, desde el Common Reader hasta Las olas. Practica consigo misma la capacidad crítica con la que desmonta la literatura en general, y hace al lector de sus diarios testigo de su método escritural.

La imaginamos garrapateando sus cuadernos con una disciplina extraordinaria para autoexplicarse. Le gustaba, sobre todo, dedicarse a la escritura autobiográfica entre la merienda y la cena, y le parecía que un diario saludable requería una dedicación de, al menos, media hora diaria, cosa que no siempre era posible, y nada le causaba más placer que estrenar una pluma en una página nueva, como si de ello dependiera la claridad y novedad de su pensamiento.

Es verdad que su carácter siempre estuvo erosionado por corrosivos estados de tensión. Jaquecas, sí, infinitas. Depresiones, sí, constantes. Súperyoica, bipolar, tal vez. Pese a todo esto, sería un error leer a Virginia Woolf encantados por el tema del suicidio, como quien quiere llegar al fondo de un chisme de Ofelia, esta vez lanzada a las aguas del río Ouse. Afortunadamente la literatura no se hace mejor con el suicidio de su autor o autora, de lo contrario, en este instante, muchos estaríamos creando una extravagante forma de morir. La verdad es que en este mercado no sería nada fácil competir con Sylvia Plath o Yukio Mishima, por ejemplo.

Contrario a lo que se espera de un final como éste, es la vida y la obra, y no la muerte, lo más poderoso y atractivo de Virginia Woolf. Tal vez el lector de sus diarios nunca llega a sentir lástima. Se tiene demasiada fe en su genio y en que ella superará cada embate, por más incesante que sea su disputa mental, por más que su cabeza la lastime, por “mucho roer de ratas en la parte de atrás de la cabeza”. De cualquier forma, su enfermedad resultó muchas veces la excusa perfecta para que la dejaran en paz (susurro yo: ¿no es para lo único que sirve estar enfermo?).

A través de los diarios (entre la primera y la segunda guerra mundial) se entiende que la idea de un libro nuevo era lo suficientemente poderosa para mantener a Virginia del lado de la vida. Europa se recuperaba de una guerra y pronto entraría en otra. Asimismo la mente de Virginia Woolf, en constante incertidumbre, pero nunca tan enérgica y entera como cuando emprendía un libro nuevo. Esto explica que cada libro en proceso haya sido una forma de vencer a la muerte y cada libro terminado, un espacio vacío para consentir ideas negativas respecto al sentido de su vida. Emprendió una batalla contra la autodestrucción a partir de cada página escrita. Esto lo sabemos después de leer sus diarios, de manera que pocas veces se presencia tanta rigurosidad, tanta constancia para nacerse y resistirse.

Virginia concibe sus diarios como “paginas de lo real”. A veces para llenar horas de ocio. En ocasiones lo emplea para descansar de sus esfuerzos creativos y es común que vuelva a ellos buscando reposar de la escritura de El cuarto de Jacob o Las olas, este último de inconmensurable esfuerzo, dada la escritura de una obra “sin estructura”, la cual escribe siguiendo un ritmo, no una trama”. Pero en general, sus cuadernos sirven a modo de registro del progreso de sus libros, en tanto que reflexiona sobre sus avances, y, de un modo sustantivo, como una forma de dejar constancia de sus estados mentales.


Nada se desperdicia de estos diarios, escritos como están por un estilo nutrido y delicioso, marcados por las pautas de su ingenio y picardía intelectual, mediante la cual reconstruye tanto episodios de interés literario como las más triviales preocupaciones de dama londinense, que van de Henry James a las peleas con su asistenta doméstica; de su amor por Vita S. W y Leonard Woolf a crisis culposas por un sombrero. En fin, el lector asiste en primera fila, al espectáculo íntimo de la mujer que vivió en la Monk House, la única mujer en Inglaterra, tal como se proclamó, que era libre de escribir lo que quisiera. Dice: “No es que yo quiera la ruptura: lo que quiero es la revelación”. 

La segunda guerra mundial hace que finalmente no pueda sostenerse más a sí misma. Con toda razón: tuvo que soportar que una bomba acabara con su casa. Pero antes de ahogarse, Virginia Woolf nos deja una literatura deslumbrante, experimental, libre y penetrante, para lo cual no fue “frígida”, ni “loca”, ni pacífica, ni lejanamente insegura o infeliz.

Sonambulismo y escritura

Por Daniel Linares
ezkrithos@gmail.com
@danolinares

Miguel de Unamuno dijo alguna vez que los novelistas sufren de un divino sonambulismo. Es decir: siendo semidioses que fabrican pequeños o grandes universos, llevan en apariencia una vida ordinaria que muchos consideran lúcida, tal vez despierta, aun cuando en realidad lo que hacen es vivir el sueño de la ficción que los atormenta.


Curiosamente, este estado de doblez, de andar despierto y al mismo tiempo profundamente dormido, no se presenta al momento de escribir un párrafo o una cuartilla. Sentarse y escribir durante horas es en sí mismo un acto de doblez, pero de otro tipo. Hablo más bien de cuando dejas de escribir y te levantas para regresar a una realidad que no es tuya, que no te pertenece, y que te confronta con toda su hegemonía. Todos juran que abandonas tu ficción hasta el día siguiente, incluso que llegas a preparar unos huevos revueltos o cambiar un bombillo con la conciencia del hambre o la oscuridad, cuando la verdad es que no estás pensando si te quemas con el aceite hirviendo, o si mueres electrocutado, sino que eres la estela, el coletazo, la absurda reminiscencia del relato que minutos antes estabas trabajando.

Jorge Adoum tal vez ofrece una definición más disociada al respecto: «Cuando el médico te prescribió quince días de reposo “y sobre todo no escriba”, habría sido inútil decirle: Mire, doctor, escribir no es una actividad sino un estado. Y el no habría podido entender que ese estado es de mayor tensión cuando no escribes (…)» De modo que cuando no escribes, continúas en un nivel de tensión, diferente pero igual de intenso, al que sueles tener cuando estás frente al computador.

El creador queda prendado de su ficción, es un sonámbulo de ésta, y puede incluso escuchar las quejas y solicitudes de mil personas en una jornada de oficina, mientras está pensando en el nombre de un personaje, en alguna falla estructural de su novela, en si el tono es o no el adecuado, o, por el contrario, si una de esas mil personas le comenta algo que pudiera ser interesante para su libro, inmediatamente se despierta por un instante, por un solo instante, y presta atención a tal punto que puede, sin remordimientos, llevar hasta los límites de un monólogo de media hora un comentario que nada tiene que ver con la solicitud de un comprobante fiscal o una constancia de buena conducta.   

En esta ambigüedad, los narradores son simuladores empedernidos. Pueden transcurrir semanas o años simulando una vida y viviendo otra. Simulan, por ejemplo, que escuchan con absoluta atención el resumen de una película o noticia, cuando en realidad esa mirada atónita, que en apariencia está conectada con la anécdota de ese instante, se debe a la anécdota de ciento cincuenta páginas que se encuentra en su cabeza, y más físicamente, en el disco duro de un computador.

«Un escritor escribe todo el tiempo —nos dice Adriano González León—. Andar en la calle, enfrentarse al cielo, conversar con los amigos o simplemente mirar por la ventana es parte del trabajo.» Tal vez esta sea la razón por la cual Gabriel García Márquez escribió alguna vez que los escritores trabajan como burros, incluso si se encuentran en Cancún explayados en una silla de verano, tomando el sol y con una piña colada en la mano.

El trabajo del escritor, cuando no escribe, es particularmente secreto, silencioso, y a veces cruel. No importa si la persona que está ante él es un asesino seriado, un terrorista, o un político corrupto; lo importante es el personaje inacabado que palpita en su ficción y que necesita nutrirse de este tipo de abyecciones más concretas para que su novela negra o su crónica de conspiraciones sean verosímiles.

Para el novelista, por ejemplo, la relación que sostiene con la realidad mientras desarrolla un libro es hasta cierto punto una relación onírica, incluso extrasensorial, y hasta llena de lo que Jung llamaba coincidencias significativas. En mi caso particular, cuando escribía La flor y sus apóstoles, y al día siguiente de redactar los pasajes donde el Valle del Momboy era azotado por aguaceros apocalípticos, vi con horror en la primera página de un periódico local la fotografía de un ataúd en medio de la calle que una lluvia torrencial había arrancado del cementerio, para colmo en el mismo valle donde en esta novela se desarrolla la acción. Había llovido tanto, y con tanta fuerza esa noche, que incluso los muertos habían quedado sin hogar. En la novela también había llovido tanto, y con tanta fuerza, que a los vivos no les quedó otra opción que ver como aquellas aguas endemoniadas limpiaban sus casas, dejándolas vacías, y que los ríos arrastraban consigo todo lo que los hombres habían creado, sólo para alejarlos de sí mismos y de su soberbia.


La lista puede ser grande, incluso insólita, pero responde precisamente a esta suerte de sonambulismo literario. Y este sonambulismo es apenas una expresión de cómo vivimos lo que escribimos. Vive el escritor y vive el hombre. Y hay que hacerlo. Hay que vivir  lo que se escribe tanto como aquello que la realidad impone para que no escribas, para que desistas de tu sueño, o para que mandes al carajo el estado onírico de tu ficción y dejes a un lado el maravilloso misterio de vivir varias vidas en una sola. Un libro, de cualquier género, es un milagro. Y lo es porque la mayoría de las veces todo se conjuga para que ese milagro no se escriba. También lo es porque, como lo dijo alguna vez Gabriela Mistral: “De toda creación saldrás con vergüenza, porque fue inferior a tu sueño”. Y no obstante esa divina vergüenza llena las librerías del mundo entero. 

lunes, 7 de marzo de 2016

Culto a la amistad/ Correspondencia entre Thomas Mann y Hermann Hesse

Por Sol Linares

Pensemos en esto: ¿Quién de nosotros no avivó su juventud con la lectura del Lobo Estepario, y violó holgadamente la advertencia “sólo para locos”?  ¿Usted lo hizo? Desde luego que sí. Aquella inscripción había sido escrita para desobedecerla. Sobre todo si sentíamos que acabábamos de atravesar el umbral de una logia. ¿Quién no acompañó a Siddhartha en su viaje hacia la santidad, hasta que la vida —como a Govinda— nos hizo seguir nuestro propio camino? ¿Quién no ayunó, pensó y esperó mientras pudo (en principio por snob), aunque luego amáramos los banquetes, nos volviéramos irracionales e impacientes? Para nadie es un secreto que Hermann Hesse se convirtió entre los lectores latinoamericanos en un escritor de culto. Con todo y las desventajas que implican las traducciones, lo que se pierde en ellas, el espíritu del escritor de Narciso y Goldmundo se las apañó para atravesar el viejo continente y poner fuego a las brasas de un espíritu latinoamericano inquieto, rebelde y apasionado, por lo tanto ningún lector se jacta de desfilar su juventud sin haberla inflamado antes con los libros de Hesse. Así, con un furor parecido, leímos los libros de Thomas Mann. La colosal Montaña mágica, por ejemplo, ha sido objeto de la misma vacilación que se tiene cuando nos enfrentamos a la magnitud del Ulises o de En busca del tiempo perdido; lecturas que se asumen con la disciplina de un proyecto.  Sin embargo todos hemos sucumbido a la belleza, intensidad y el patetismo propio del viejo Aschenbach en Muerte en Venecia. Tanto el autor de El juego de los abalorios como el autor de Los Buddenbrook son escritores transversales para quien estudia la cultura germánica, pero para nosotros, los lectores más modestos sin planes científicos, representan el entusiasmo de viejas y nuevas generaciones.

Herman Hesse y Tomas Mann 

Es por ello que una vez que tenemos en nuestras manos el libro Hermann Hesse-Thomas Mann. Correspondencia (Munich Editores, 1975) —hace gala de una impecable introducción del periodista y escritor español José María Carandell— la opinión que ya teníamos de estos autores se expande. Agreguémosle el valor histórico, el valor estético y el valor emotivo. Este libro abre ante nosotros el clóset de la Europa de entre guerras y pone a prueba conceptos como sociedad, patria, nacionalismo, amistad, literatura, filosofía, a partir de dos personalidades tan opuestas como las de Mann y Hesse, diferencias que, vale decir, justifica luego la admiración y el respeto que cada uno sentirá por el otro a lo largo de su amistad, hasta el 12 de agosto de 1955, fecha en que muere el autor de La montaña mágica (“el querido insustituible” en palabras de H.H.), internado en un hospital cantonal de Zurich a raíz de una trombosis.

El lector de Correspondencia descubrirá a un Hesse arisco, ermitaño, absolutista en su aislamiento. Desdeñó gran parte de su vida los favores sociales y las maneras burguesas de la intelectualidad europea, encontrando en su insatisfacción por lo germánico una excusa perfecta para alejarse de la Alemania de Hitler y de los hombres. Tan pronto como pudo le hizo saber a su amigo su total aspereza sobre asuntos republicanos. En esto era inconmovible. De temer es la carta que escribe Hesse en respuesta a la petición que le hiciera Thomas Mann cuando le conmina a reelegirse en la Academia Prusiana de las Artes, negándose categóricamente: “…La respuesta misma a su pregunta no exige espacio alguno: es simplemente no”. Y luego: “la razón última de mi incapacidad para integrarme a una Institución oficial alemana es mi profunda desconfianza ante la República alemana”.  Esta actitud de Hesse ante la posibilidad de regresar a su país la explaya en una carta dirigida a Mann, fechada en 1933:
            (…) Incapaz de librarme del sentimiento de germanidad que poseo, creo que mi individualismo e incluso mi odio y hostilidad contra ciertos giros y modismos alemanes son funciones con cuya práctica no sólo me hago un servicio a mi mismo, sino también a mi pueblo.

A través de Correspondencia conocemos a un Hesse profundo, radical e impredecible. El Hermann Hesse que sembraba rosas en Montagnola también era el mismo hombre que se había enrolado en el servicio militar como voluntario, y aunque fuere declarado inapto para tales fines, se propuso instruir en la lectura a miles de prisioneros de guerra en internados de Rusia, Italia, Francia e Inglaterra. Entre tanto fundó su propia editorial; durante 1918 y 1919 publicó periódicos destinados a los prisioneros. Sin permanecer insensible ante esta iniciativa, Thomas Mann dona sus propios ejemplares y solicita libros a la editorial de mayor rango de Alemania, presidida por Samuel Fischer, quien se convertirá en el cuidador de las obras de ambos escritores.

Es cierto que Hesse abandona primero Alemania que Thomas Mann. Esto define el retiro de Hesse y paralelamente la intensa actividad política e intelectual que rigió la vida del escritor de Muerte en Venecia. Sin embargo cuando hablamos de “retiro” no lo hacemos en un sentido estrictamente pasivo; ni siquiera la postura de Mann ante la Alemania más salvaje y contradictoria del siglo XX pudo eternizarse, pues, mientras el primero ejercía desde Lugano la crítica literaria de las voces alemanas y la estética emigrante, el segundo se exiliaba en el año 1933. Pero las cosas tendrán que evolucionar, le escribe Hesse en una carta, y aún cabe la posibilidad de que algún día seamos prohibidos los dos, hecho que me alegraría aunque no pueda provocarlo. Nuestro trabajo es hoy por hoy ilegal: se halla al servicio de tendencias que resultan incómodas para todos los frentes y partidos.

En todo caso, la impresión final que se tiene al leer Correspondencia es el profundo sentimiento de fraternidad que unió a estos dos escritores en los momentos más álgidos de la Europa del siglo XX. Thomas Mann, el hombre de la ironía, la agudeza y la disposición hacia el mundo, cruza la barrera del “sabio y curioso viejo jardinero”. Conquista su amistad y esquiva la inscripción que porta la entrada de la casa de H. H. Aquí os la dejo:

Cuando uno ha llegado a viejo y ha cumplido su misión,
tiene derecho a enfrentarse apaciblemente
con la idea de la muerte.
No necesita de los hombres.
Los conoce y sabe bastante de ellos.
Lo que necesita es paz.
No está bien visitar a este hombre, hablarle,
hacerle sufrir con banalidades.
es menester pasar de largo
delante de la puerta de su casa,
como si nadie viviera en ella.


Tributo/ Alguna vez lo dijiste, Ramón: "Es de la vida que se agarra el mortal"

A propósito de la partida física del poeta trujillano Ramón Palomares, el pasado 4 de marzo, compartimos con ustedes un capítulo de la novela La flor y sus apóstoles, de Daniel Linares, obra ganadora del Premio Nacional de Literatura Stefania Mosca (FUNDARTE 2010), en la mención narrativa.

Según el autor esta novela, y en especial este capítulo, rinde homenaje a diversos exponentes de la literatura trujillana, quienes a su vez participan en la ficción como los apóstoles de la flor. Aparecen en este pasaje personajes como Ana Enriqueta Terán, Víctor Valera Mora, Antonio Pérez Carmona, Laurencio Sánchez Palomares y Francisco Pérez Perdomo. Como poetas invitados: Gustavo Pereira y Luís Alberto Crespo.  

De alguna forma, y como un tributo a la vida y obra de Ramón Palomares, con este capítulo despedimos a un poeta, y, al mismo tiempo, avivamos su eternidad. 

Ramón Palomares (1935-2016)
 HE AQUÍ TU ELEGÍA

Allá viene un gentío, calle abajo. Las palomas vuelan bajo sobre él a ráfagas y los zamuros de los techos se han elevado por encima de nosotros. Planean en círculos. Ambas bandadas de aves son como una multitud de gaviotas sobre un banco de peces en alta mar. Dan vueltas, merodean y luego se zambullen. Nosotros sabemos que el cardumen que las palomas persiguen es esa gente que poco a poco se acerca a nuestro puerto. Se escuchan los chimbangueles. Detrás de los jinetes, observamos, caminan las almas que alguna vez pintó Salvador Valero en sus lienzos y murales, y también aquellas estampas de Josefa Sulbarán y Antonio Fernández. Ya más de cerca, contamos que son cuatro los jinetes. Tres hombres y una mujer, y todos montan desnudos.
         Cada uno carga una yegua, y están muy viejos. El sol apenas comienza a asomarse por Carvajal, por aquella meseta que alguna vez llamaron Sabana de los truenos. Pero ese sol es muy débil en su luz, ilumina tenuemente las siluetas aún oscuras de las montañas en la lejanía. Todo es azul, azul profundo y sombrío, azul de plenilunio. La luz de botija colgada en el cielo destella con más fuerza. Nos damos cuenta de que los jinetes toman por las bridas a otras yeguas, que son nueve en total. Esas bestias son enormes y recias, bestias venerables para la sagrada cabalgadura. En el medio de ellos va un caballero que sostiene las bridas de una yegua y las de un burro. Contamos de nuevo: ahora son diez bestias y cuatro jinetes. El caballero que coge a la otra yegua y al burro es el poeta Ramón Palomares. Trae las huevas al aire, que tiemblan desde su vientre por su caminar triste y moderado. Lo acompaña a su izquierda la yegua del poeta Laurencio Sánchez Palomares, su hermano, muerto trágicamente hace décadas, y por esta razón, por ser difunto, pensamos que el resto de las bestias que no llevan jinete, pertenecen a los poetas ya muertos. Según Pedro, esas yeguas representan la ausencia de los difuntos Adriano González León, Antonio Pérez Carmona (yegua que lleva un libro amarrado en el lomo), Francisco Pérez Perdomo y Víctor Valera Mora. Las yeguas de estos cuatro hombres, contando también la de Laurencio, carecen de sillas para cabalgatas. Todas las yeguas, de hecho, sólo cuentan con sus bridas. Pero las yeguas de los difuntos, a diferencia de las yeguas de los que aún viven, son de color blanco.  
A la derecha de Ramón cabalga la poetisa Ana Enriqueta Terán. Su animal es una caballa blanca pintada con manchas rubias. Son hermosas ambas Doñas. Similares en soltura y garbo, y las vemos acercarse desnudas con la firmeza y disciplina de un ejército. Los otros dos jinetes son Luís Alberto Crespo y Gustavo Pereira, en tierras de los vivos aún, como Ramón y Ana. Uno es hijo de Carora y el otro oriundo de Nueva Esparta. También cabalgan con las huevas al aire, pero andan sin pudor, con la mirada alzada hacia la flor en el balcón.
Facundo no quiere asomarse. Se encuentra sentado en la silla, mirando fijamente a Marnola. A veces levanta la cabeza y observa el cielo plagado de zamuros, los que planean en espiral allá en lo alto. Yo no quiero llorar. Me resisto a ello. Hay un silencio fúnebre que abrasa mi garganta, que me nubla los ojos de lágrimas, mis lágrimas como espigas de trigo que mis dedos alcanzan a segar. El sol aún se oculta por respeto. El sol guarda su propio luto detrás de las montañas, y siento que alguien lo conjura, le dice «no salgas lucecita, alúmbranos cuando todo acabe, cuando ellos se marchen, y que tu candil sea guía en los nuevos caminos que pronto emprenderemos». Veo a Pedro masticar su silencio bajo su barba. Roca silente, roca que murmura debajo de las hiedras. En Julio observo un sauce que entrega sus ramas a los vientos. Un sauce tan vasto que en mitad de la noche, cuando sopla el viento, tumba luciérnagas del cielo. Viejo sauce, madera que se sospecha estrella. Hugo parece Capitán de velero soñando con nuevas tierras. Capitán pero también mástil, vigía voluntario del grito. Con ojos de pelícano observa la multitud acercarse y sus ojos brillan, lo sabemos, porque sus tíos a cada paso convierten esta ciudad en poema. Y de la librera veo una paloma escarbando entre sus plumas el corazón, su corazón de olivo, de cuyas carnes obtendrá no una ramita sino un tronco de esperanza.
Los jinetes han alcanzado nuestra calle y el gentío se esparce, salpican la carretera con sus óleos y acuarelas. Todos callan. Nos miran. Dan con sus ojos en la flor. Yo observo desde el balcón sus rostros atónitos, y ellos desde la calle miden nuestro desconcierto.
—Facundo vos enterraste a Polimnia, mi madre —dice el poeta Ramón a viva voz.
Pero Facundo no se mueve de su silla, sino que mantiene sin vacilar la mirada sobre Marnola.
Ramón mira al resto de los jinetes. Se cruzan miradas y esperan.
            Viéndolos de cerca, a los jinetes, me sorprende lo saludables y tranquilos que se muestran. Esas yeguas blancas y estupendamente bien talladas los embellece. Provoca morirse.
            Ramón observa la yegua de su hermano muerto. Sobre aquel lomo anida la ausencia.
            —¡Hagamos el cadáver! ¡Vistámoslo! —Grita Ramón.
            Entonces las yeguas se inquietan y comienzan a sonar sus cascos sobre el pavimento, y a mover sus rabos. Veo sus orejas dando brincos y a las narices echando espuma. Escuchamos a los bueyes mugir, aún echados en la carretera. Y Ramón coge aire, se empina sobre la bestia y exclama:

—¡Facundo, Llene este vaso, Llévelo y llévelo hasta su corazón, Beba, Haga beber su corazón, Beba con sus ojos, Beba con su frente, Beba otra vez, ya está! Mire ahora: ¿Qué me dice del fondo? ¿No ve acaso una flor? Sí, esa es la flor que anda en Usted, Ai va su flor. Color de vida, Sí. Bien puede ser el infortunio. Ai está el cielo bajo. Ya su peso lo abruma. Contra las piedras dan sus huesos. ¡Cuidado! Mire los arreboles. Aguante. Agárrese bien duro. Pero no vaya a asirse a una quimera. Es de la vida que se agarra el mortal. Es del vaivén. Ya viene el viento negro. Ya le encima su muerte. Ya lo despedazó. Vuelva, Cierre los ojos. Florecita, Quién te ha mandado a disvariar. Mi corazón está cantando. Dando brincos, Volando está mi corazón.

            Escucho que Facundo dice: «de Vuelta a casa, biblioteca Ayacucho, página 188. Veinticuatro versos». Al decir esto, Hugo, Julio y Pedro lo miran sorprendidos. La librera busca mis ojos sin entender y yo le comento en voz baja: «Son poetas». Ella sonríe.
            —Hubiera preferido unos versos del libro Paisanos —dice Facundo. 
            Y entonces escuchamos la voz de Ramón:

            —Facundo, Te estás durmiendo, te estás terminando, echá la última rosa por la boca, que viene tu cabeza por entre el agua, que viene como entre espumas.

            Facundo susurra: «Gracias Ramón».
            La lucidez de Facundo nos pasma. Él cierra sus ojos y escucha. Quizá repase mentalmente su propia antología como lector. Alguna vez me dijo:
—Un lector es alguien que siempre escribe por dentro; algún día se leerá a sí mismo, y se sorprenderá.
            La yegua del poeta Antonio Pérez Carmona se acerca al balcón. Con ése movimiento yo me pregunto dónde habrá dejado Antonio la boina de sus mejores fotos, sus lentes de montura gruesa, su aire nerudiano. Hubo alguna vez en una de las casas de mi infancia un libro verde que se llamaba Paula. Un libro que siempre se asomaba, sigilosamente, en el momento en que mi padre buscaba otros libros. Paula tenía un poder omnisciente. Mi padre siempre la encontraba en los lugares más incógnitos o evidentes de la biblioteca. Paula parecía decirle: «estoy aquí, léeme». Paula, la muchacha perdida en nuestra biblioteca, la muchacha que en el rincón miraba las manos de mi padre tomar a Conrad, a Hesse y a Emile Zola. Yo veía los ojos tristes de Paula seguir la mano de mi padre sosteniendo a otras novelas. Y cuando nos mudábamos de casa, que fueron muchas nuestras mudanzas, la mayoría de las veces Paula se quedaba fuera de las cestas, o se caía de los escaparates, o aparecía misteriosamente entre las bolsas de ropa o entre las gavetas donde guardábamos los embutidos. Y entonces la regresaban a la biblioteca. Pero un día desapareció Paula de nuestras vidas, y no la vi más surgir de aquella neblina de libros, y sus ojos tristes quedaron en mi memoria durante años. Ese mismo libro es el que trae en el lomo la yegua de Antonio. Y sé que es la Paula de mi infancia. Lo sé por sus ojos que me escrutan como si quisiera recordarme una gran deuda. «No puedo morir sin leerte», le digo, y ella me responde «anda, si te queda tiempo ve a la tumba de tu padre y léeme junto a él. Verás cómo crecen las flores».
            La yegua de Antonio es mansa como una vasija flotando sobre un lago. Entonces alguien, desde la muchedumbre, mira la flor y dice:

            —Facundo, Mago de la luz en los torbellinos del misterio. Ahora celebro tu soledad de fuegos artificiales junto al roído piano, donde partiera el relámpago para medir la fealdad del hombre. Como bello errante de sonidos suaves, armado de verbo y de la citara, desafiaste el misterio de lo mágico, para proclamar la nostalgia de los hombres. Entre danzas de cuervos, con miles de banderas desteñidas, rosas marchitas, pálidas mujeres, cóndores eunucos, cenizas de huracanes y un espantoso aire glacial, el héroe navega hacia la muerte.

            «De la nostalgia», dice Facundo, y se hunde en la silla débilmente, mientras los cabestros de la yegua de Antonio giran y se retiran. Todo languidece en Facundo, se abisma en sus ojos cerrados, en su boca entre abierta por un soplo cada vez más exangüe. El final se hace visible en esas manos, asciende por sus dedos, busca en esas uñas los restos de lo que fueron alguna vez sus garras, los arañazos de tiempo sobre los muros de su infancia. El final se enrolla como culebra jardinera entre los bejucos, y sólo teme al gavilán desde lo alto, los únicos ojos que jamás confunden su larga figura con las trepadoras.

—Facundo, Si las flautas recogen la dichosa
                   huella del colibrí; si del lamento
                   nacen cabellos de agua sigilosa
                   y rostros hondos que apaciguan el viento;

                   si crece hasta tocar el pensamiento
                   el apretado cauce de la rosa
                   y cabe en las esquinas todo un lento
                   semblante y una frente silenciosa;

                   si la noche modula en el manzano
                   su redondez más libre y encendida:
                   allí la flor es oro taciturno;

                  dejadla con la gracia concedida.
                  Ella es letra inicial en cada mano.
                  y pulso abierto del panal nocturno.

            Facundo quiso alguna vez encontrarla a ella, a Ana, a la Terán, a la hermosa sonetista, y saber si en ese encuentro su belleza de anciana era aún más bella que las pinturas que alguna vez le hicieron cuando era joven. Pinturas de Durban, de Sangroniz y de Edmilles. ¿Cómo pudo una mujer tan hermosa hacerse lírica morada del verbo y oficiante en la escritura? Esas cosas poco ocurren en el mundo, en éste mundo, donde un cuerpo bello muchas veces anula toda abstracción divina. Al cielo gracias por haber colocado su infancia cerca de la hojarasca y los samanes. Gracias, Dios, por la Terán que nos diste. Preferimos mirarla en una décima o en un terceto, en vez de hallarla en una valla de autopista luciendo un bikini junto a una botella de ron.
            Facundo escuchó aquel soneto de Ana y decidió levantarse de la silla. Se asomó al balcón. Él es un caballero. Mejor gesto no pudo conseguir para una dama sino levantarse.
            —¡Hermosa! —le gritó Facundo desde el balcón.
            Ana recibió sonriente, aquella expresión. Y su desnudez sonrió y resopló su yegua.
            —Sólo tengo esta flor para darte, pero me temo que hoy es ceniza, leñazo y remordimiento. Ni entregándote en matrimonio conmigo, la bajaría de su pedestal —le dijo Facundo.
            —Entonces empínate, y escucha nuestras ofrendas. A tu pesebre no hemos traído oro, incienso y mirra, sino un fusil y palabra viva  —le respondió Ana.
            Marnola flor, divina niña, te sobraron magos que vinieran a adorarte. Magos desnudos sobre recias bestias, guiados por la luz de un entierro en la colina. En tu epopeya estos son los héroes. Confórmate. Tal vez esperabas caballeros y heroínas de alta daga, elefantes de guerra o arietes que escupieran bolas de fuego contra los farallones que te cercan. Pero ya ves que venimos de la sencillez de los caminos, creciéndonos en los palabreríos y en los viejos cantos para anunciarte, armados sólo con nuestra desnudez y la palabra. Soldados de una lucha sin retorno, vencedores aún después de perder todas las batallas, la guerra es terca, incansable e invisible.
            Escuchamos a otro hombre clamar desde la muchedumbre:

—Entonces muchacha combatiente, camarada solar, rosa del pueblo, novia y hermana de lo que esperamos: con tus puños tus uñas tus zapatos, tu libreta de apuntes tus canciones, el vestido que no estrenaste, tu digna bandera tu pistola, y tu corazón que no aguantaba más, te despeñaste a rabia y fuego, sobre su playa de traidores. Ahora, fue duro golpe tu caída. Hoy no sabemos si Cristo, es mujer o es hombre, sólo que el pueblo de nuevo fue crucificado. Pero tu agonía volcada, incendia la pradera, y hay jóvenes y sombras de jóvenes, ardiendo por los montes, en la inexorable luz de la guerrilla, para darnos la oportunidad de cumplir las canciones, y la venganza más terrible.

            ¿Querrá el Chino Valera cazar pelea? ¿Estarán al corriente los muertos sobre lo que ocurre fuera de sus tumbas? ¿Querrán hacer revolución desde la fosa? Ahí vemos que han llamado a Marnola muchacha combatiente, camarada solar; ya le pusieron bandera y pistola, ya por ella se incendian las praderas y apuestan por la guerrilla para que dirijamos la venganza más terrible. Para quien leyó al Chino en ese instante, Marnola es Livia, la del poema. Livia incendia la pradera, Marnola ¿qué incendiará? ¿Se despeñará la flor a rabia y fuego sobre una playa de traidores? ¿Hay en este país jóvenes y sombras de jóvenes ardiendo por los montes, guerrilleros que darán la oportunidad de cumplir las canciones?
            ¿Una simple flor es revolucionaria?
            Facundo lo sabe. Alguna vez me dijo que mucho antes del mundo que conocemos las plantas no echaban flores. Incluso hoy las plantas que no florecen son los helechos, los musgos, las coníferas, las hepáticas, las cicadáceas y los ginkgos. En su mayoría el resto de las plantas necesitan de una simple flor para multiplicarse. Lo que significa que para alimentarnos, sea con carne o hierbas, las flores son esenciales. Sin ellas no hay vida. Y sin el pájaro, sin el abejorro o sin mariposas que las preñen nos moriríamos de hambre. No es un asunto solamente de olor y belleza, no se trata de que sean imprescindibles sólo para ornamentar las esquinas de nuestras casas y los centros de nuestras mesas. En ellas, sencillamente, se encuentran ciertos avatares entre la vida y la muerte. Yo creo en esto. Lo creo porque la flor fue el ingenio más sutil y agresivo de la naturaleza para que las plantas poblaran el mundo, para que esparcieran su diversidad en la tierra. Hay un antes de la flores, y un después. Ellas fueron aparatos del cambio. Y esto es revolucionario.
            Pero Marnola no podrá ser muchas de su especie, no se mezclará con otras, jamás la veremos abundar en los páramos como los dientes de león. Su condición es un punto ciego en el camino. No dejará descendencia. Es única y perecedera.
Yo observo a la muchedumbre perpleja y pienso que todos nos hallamos ante la última flor colgada en el cadalso. Por guillotina, por soga, por inyección letal, por fusilamiento o por hombres, he allí a la última flor decapitada. Mártir del hombre nuevo, se irá con el recuerdo de lo viejo a sembrarse el corazón del futuro que nos convoca. Su revolución nacerá entonces desde su muerte, y emanará en los capullos póstumos que recién se abran, mil capullos esperando estallar desde hace siglos.

            —Marnola, Hay una hora en que todas la aves llaman a la muerte
                                y los ríos se llenan de imágenes
                                y las bestias sienten un miedo terrible.
                                Hay una hora en que se apresuran
                                como convidados por una voz urgente.
                                Hay una hora que nos conmueve como a un seno violentado.
                                Hay una hora en que todos los relojes
                                parecen detenidos.
                                Hay una hora en que alumbran las mujeres
                                en todos los lugares del mundo
                                y hay blancos, y hay hombres negros
                                y hay hombres amarillos.

            Este poema de Laurencio se escuchó en los altozanos. Y entonces los ancianos desnudos buscaron a las reses echadas en la calle y éstas se levantaron. Vimos a cada uno de los ancianos elegir sus propias reses y montarlas.
            Algunas palomas se posaron sobre los hombros de aquellos hombres y otras sobre los cuernos de sus animales.
            Facundo se asoma por el balcón. Y dice:
            —Luís Alberto tú eres de la tundra. Y tú, Gustavo, del océano, ¿por qué han venido?
            El borococo de Hugo y el gallo zambo de Julio se lanzan por el balcón. Caen enteros, sin lastimarse, y uno va a dar a las manos de Luís Alberto y el otro, con más dificultad, alcanza a posarse en la entrepierna de Gustavo. «Hay una hora en que todas las aves llaman a la muerte/ y los ríos se llenan de imágenes/ y las bestias sienten un miedo terrible./» He aquí nuestro pesebre, murmura Facundo.
            Siento el miedo de las bestias y el llamado de las aves, convidados por una voz urgente.
            Se apaga la luz de botija en el cielo y Pedro dice: «Es la hora, Facundo»
            Vemos salir al sol. Este sol no es lento, nos es gradual y su luz no va llenando vertiginosamente el cántaro de montañas a lo lejos. Este sol es rápido, es urgente.
            ¿Por qué han venido los forasteros del mar y del desierto? Si Sánchez Peláez estuviera vivo, nos diría que repitamos la frase: «Cuando nos echaron de la ciudad (porque mirábamos en demasía al colibrí), abrimos la ruta que tiene mil pétalos, y ya viejos, no exentos de alegría, nos restregamos los ojos con piedras.»
            —Venimos a buscarte, Facundo —responde Luís Alberto.
                                                                   Nunca se acabará en nosotros
                                                                   la tierra seca.
                                                                   Cuando comiencen los rezos
                                                                   será para morirse.
                                                                   Todo termina en aquellos playones,
                                                                   aquellas tierras largas, largas,
                                                                   y eso que sopla,
                                                                   que viene silbando por los postes,
                                                                   y nosotros suspendidos en los declives
                                                                   como vejigas.
                                                                   Los portones,
                                                                   tesoros de la familia, no nos salvarán
                                                                   de los arenales,
                                                                   la tierra que pisas.
                                                                   Por más que haya el verde de los fundos,
                                                                   resistiendo,
                                                                   la calle del agua,
                                                                   seremos bandoleros
                                                                   llevados por el menor paso del aire.

           
            ¿Recuerdas, Marnola, cuando jugabas con las serpientes de coral? Esas víboras respetaban tu talante de palo seco sobre la hierba, porque hallaban en ti guarida y sombra en el verano. Te veneró el murciélago, el búho y el alacrán de cañabrava. ¿Dónde están ahora? Quiero verlos regresar a ti en legiones. Vengan, y que las corales sean frutas cayéndose de los árboles, que pinten los mangos de rojo y negro, y que los murciélagos nublen estas páginas. Y tú, alacrán, deja el aguijón en la memoria. Déjalo empinado, amenazante, peligrosamente atento, por si nos provoca olvidar.

            —Marnola, «Tal vez sobrevivan los metales relucientes/ pero no las mariposas/ los plásticos y los escombros pero no los/ pétalos bajo el rocío/ los gremios de rufianes pero no los solitarios/ los banquetes y los festines pero no la alegría/ los ruidos y los estrépitos pero no la música/ del amanecer/ las mesas servidas como nunca pero no los/ aromas/ las estrecheces de espíritu pero no la/ compasión/ los bandos del poder pero no los secretos/ del habla/ las máquinas traganíqueles pero no el/ incrédulo azar/ las meretrices y las zorras pero no las diosas/ de la noche/ las acritudes y las ferocidades pero no las/ revelaciones/ los circuitos integrados pero no el despertar/ de la hierba/ los malos olores pero no la transpiración de/ los amantes/ la estupidez y la vulgaridad pero no la/ evidencia de los sensible/ lo redondo y lo cuadrado pero no lo/ indescifrable/ los trajes y las joyas pero no la transparencia/ de las aguas/ las metáforas pero no la poesía.»
             
            Del poema de Gustavo los metales relucientes, los plásticos, los escombros, los rufianes, los banquetes y festines, los ruidos, los estrépitos, las mesas servidas, la estrechez de espíritu, los bandos del poder, las máquinas traganíqueles, las meretrices, las zorras, la acritud, la ferocidad, los circuitos integrados, los malos olores, la estupidez, la vulgaridad, lo redondo, lo cuadrado, los trajes, las joyas y las metáforas, hicieron que Marnola echara a tierra sus últimas hojas.
            —Ven con nosotros, Facundo.
            En el final de la historia ¿se salvarán las mariposas? ¿La música del amanecer? ¿Los solitarios? ¿Sobrevivirán los aromas, la compasión, las diosas de la noche, las revelaciones y el despertar de la hierba? ¿Se evidenciará algún día lo sensible? ¿Qué será de lo indescifrable? ¿Y qué de lo poético?
            Entonces es la hora.
Toma la flor, Facundo. ¡Tómala! ¡Muéstrala! A tu peor mártir, ¡levántala!
—Señor, te dicen Señor de las copas floridas.
Tal vez resucites en la superstición.
De boca en boca caminarás la noche junto al fuego. En las aceras, en los convites, un viejo se sentará a escucharnos sin que no demos cuenta. Y cuando el viento sople en las ramas y las luciérnagas estallen en nuestros ojos, tú caerás con el relámpago y te harás visible en el presentimiento, y entonces ladraremos como perros tu ausencia, mirando alto, buscando la luna del otro lado de la luna donde te colgarás en una hamaca, donde otras estrellas te iluminarán y donde otros ojos podrán ver tu cuerpo constelado.
Alguna vez fuimos pléyades en el firmamento oscuro.
Fuimos esas estrellas que cayeron como lluvias por los montes y se buscaron en las flores. Nadie las llevó de vuelta, y prefirieron quedarse en los jardines.

Ahora nos dejas. Tu vela se va apagando. Ahora bajas a la calle con tu flor desnuda y un burro se te acerca, te hace su jinete. He aquí tu última imagen: no te bajamos a la fosa ni te entregamos en sarcófago, te colocaron dignamente un burro en vez de urna, sólo te vimos marchar escoltado de lumbreras, con Ramón al frente, perseguido por una muchedumbre en procesión. Arriba, arriba muy arriba, los zamuros se van contigo, hostigan tu cadáver insepulto, y los bueyes montados por otros viejos van andando, vemos cada vez más lejos su arisco pendular de rabos, espantándose las moscas. He aquí tu elegía. Tu final antológico. La más bella flor sobre tu tumba.


Tomado de La flor y sus apóstoles, Daniel Linares 2011