lunes, 7 de marzo de 2016

Culto a la amistad/ Correspondencia entre Thomas Mann y Hermann Hesse

Por Sol Linares

Pensemos en esto: ¿Quién de nosotros no avivó su juventud con la lectura del Lobo Estepario, y violó holgadamente la advertencia “sólo para locos”?  ¿Usted lo hizo? Desde luego que sí. Aquella inscripción había sido escrita para desobedecerla. Sobre todo si sentíamos que acabábamos de atravesar el umbral de una logia. ¿Quién no acompañó a Siddhartha en su viaje hacia la santidad, hasta que la vida —como a Govinda— nos hizo seguir nuestro propio camino? ¿Quién no ayunó, pensó y esperó mientras pudo (en principio por snob), aunque luego amáramos los banquetes, nos volviéramos irracionales e impacientes? Para nadie es un secreto que Hermann Hesse se convirtió entre los lectores latinoamericanos en un escritor de culto. Con todo y las desventajas que implican las traducciones, lo que se pierde en ellas, el espíritu del escritor de Narciso y Goldmundo se las apañó para atravesar el viejo continente y poner fuego a las brasas de un espíritu latinoamericano inquieto, rebelde y apasionado, por lo tanto ningún lector se jacta de desfilar su juventud sin haberla inflamado antes con los libros de Hesse. Así, con un furor parecido, leímos los libros de Thomas Mann. La colosal Montaña mágica, por ejemplo, ha sido objeto de la misma vacilación que se tiene cuando nos enfrentamos a la magnitud del Ulises o de En busca del tiempo perdido; lecturas que se asumen con la disciplina de un proyecto.  Sin embargo todos hemos sucumbido a la belleza, intensidad y el patetismo propio del viejo Aschenbach en Muerte en Venecia. Tanto el autor de El juego de los abalorios como el autor de Los Buddenbrook son escritores transversales para quien estudia la cultura germánica, pero para nosotros, los lectores más modestos sin planes científicos, representan el entusiasmo de viejas y nuevas generaciones.

Herman Hesse y Tomas Mann 

Es por ello que una vez que tenemos en nuestras manos el libro Hermann Hesse-Thomas Mann. Correspondencia (Munich Editores, 1975) —hace gala de una impecable introducción del periodista y escritor español José María Carandell— la opinión que ya teníamos de estos autores se expande. Agreguémosle el valor histórico, el valor estético y el valor emotivo. Este libro abre ante nosotros el clóset de la Europa de entre guerras y pone a prueba conceptos como sociedad, patria, nacionalismo, amistad, literatura, filosofía, a partir de dos personalidades tan opuestas como las de Mann y Hesse, diferencias que, vale decir, justifica luego la admiración y el respeto que cada uno sentirá por el otro a lo largo de su amistad, hasta el 12 de agosto de 1955, fecha en que muere el autor de La montaña mágica (“el querido insustituible” en palabras de H.H.), internado en un hospital cantonal de Zurich a raíz de una trombosis.

El lector de Correspondencia descubrirá a un Hesse arisco, ermitaño, absolutista en su aislamiento. Desdeñó gran parte de su vida los favores sociales y las maneras burguesas de la intelectualidad europea, encontrando en su insatisfacción por lo germánico una excusa perfecta para alejarse de la Alemania de Hitler y de los hombres. Tan pronto como pudo le hizo saber a su amigo su total aspereza sobre asuntos republicanos. En esto era inconmovible. De temer es la carta que escribe Hesse en respuesta a la petición que le hiciera Thomas Mann cuando le conmina a reelegirse en la Academia Prusiana de las Artes, negándose categóricamente: “…La respuesta misma a su pregunta no exige espacio alguno: es simplemente no”. Y luego: “la razón última de mi incapacidad para integrarme a una Institución oficial alemana es mi profunda desconfianza ante la República alemana”.  Esta actitud de Hesse ante la posibilidad de regresar a su país la explaya en una carta dirigida a Mann, fechada en 1933:
            (…) Incapaz de librarme del sentimiento de germanidad que poseo, creo que mi individualismo e incluso mi odio y hostilidad contra ciertos giros y modismos alemanes son funciones con cuya práctica no sólo me hago un servicio a mi mismo, sino también a mi pueblo.

A través de Correspondencia conocemos a un Hesse profundo, radical e impredecible. El Hermann Hesse que sembraba rosas en Montagnola también era el mismo hombre que se había enrolado en el servicio militar como voluntario, y aunque fuere declarado inapto para tales fines, se propuso instruir en la lectura a miles de prisioneros de guerra en internados de Rusia, Italia, Francia e Inglaterra. Entre tanto fundó su propia editorial; durante 1918 y 1919 publicó periódicos destinados a los prisioneros. Sin permanecer insensible ante esta iniciativa, Thomas Mann dona sus propios ejemplares y solicita libros a la editorial de mayor rango de Alemania, presidida por Samuel Fischer, quien se convertirá en el cuidador de las obras de ambos escritores.

Es cierto que Hesse abandona primero Alemania que Thomas Mann. Esto define el retiro de Hesse y paralelamente la intensa actividad política e intelectual que rigió la vida del escritor de Muerte en Venecia. Sin embargo cuando hablamos de “retiro” no lo hacemos en un sentido estrictamente pasivo; ni siquiera la postura de Mann ante la Alemania más salvaje y contradictoria del siglo XX pudo eternizarse, pues, mientras el primero ejercía desde Lugano la crítica literaria de las voces alemanas y la estética emigrante, el segundo se exiliaba en el año 1933. Pero las cosas tendrán que evolucionar, le escribe Hesse en una carta, y aún cabe la posibilidad de que algún día seamos prohibidos los dos, hecho que me alegraría aunque no pueda provocarlo. Nuestro trabajo es hoy por hoy ilegal: se halla al servicio de tendencias que resultan incómodas para todos los frentes y partidos.

En todo caso, la impresión final que se tiene al leer Correspondencia es el profundo sentimiento de fraternidad que unió a estos dos escritores en los momentos más álgidos de la Europa del siglo XX. Thomas Mann, el hombre de la ironía, la agudeza y la disposición hacia el mundo, cruza la barrera del “sabio y curioso viejo jardinero”. Conquista su amistad y esquiva la inscripción que porta la entrada de la casa de H. H. Aquí os la dejo:

Cuando uno ha llegado a viejo y ha cumplido su misión,
tiene derecho a enfrentarse apaciblemente
con la idea de la muerte.
No necesita de los hombres.
Los conoce y sabe bastante de ellos.
Lo que necesita es paz.
No está bien visitar a este hombre, hablarle,
hacerle sufrir con banalidades.
es menester pasar de largo
delante de la puerta de su casa,
como si nadie viviera en ella.