jueves, 31 de marzo de 2016

Diarios de Virginia Woolf: ni frígida ni pacífica

Sol Linares
sol.linares.r@gmail.com


Hay secretas relaciones entre locura y escritura:
la primera suele terminar con la última,
pero nunca al revés. 
(Juan Gelman)


El miércoles 8 de abril de 1925, regresando de Cassis a la casa en 52 Tavistock Square, en Londres, Virginia escribe de Proust lo siguiente:

Lo importante en Proust es la combinación de la máxima sensibilidad con la máxima tenacidad. Persigue esos matices de mariposa hasta la última tonalidad. Es tan duro como las cuerdas de tripa y tan evanescente como un capullo de mariposa.

Reflexiones de este estilo repletan los cuadernos de entreguerras de  Virginia Woolf, entre principios de 1924 y 1931, y en general todos sus diarios, que emprende en 1915. Estos en especial registran una de las épocas más fructíferas del matrimonio de los Woolf. Incluso económicamente. Coincide con el surgimiento de su propia imprenta, una Farringdon Road que instalan en el comedor de la casa Hogarth y que luego se convierte en la Hogarth Press, donde publicarán, inicialmente, sus propios libros (en función de ponerlos en el mercado y seguir el progreso de las ventas), y más tarde los libros de Katherine Mansfield, T. S. Eliot, Sigmund Freud, entre otros.


Diarios elocuentes donde el lector descubre a una Virginia casi feliz, intensa, aguda, y sobre todo, atenta a todo cuanto implica sus procesos creativos. Sabemos que es lectora de Proust (como de la literatura rusa) porque en ella la lectura no solo representa el placer por el placer, sino que entraña un convenio con el oficio de escritora que asume a cabalidad; sus lecturas devienen artículos de crítica a la par que acompañan los procesos creativos con el objeto de tonificar su propio trabajo, y es dable que sus necesidades literarias estén estrechamente relacionadas con la novela que escribe al momento, lo cual la lleva a veces a buscar libros “largos y sólidos” que nutran su templanza para sostener anímica y psicológicamente sus propias historias.

La V. W. de estos cuadernos es la escritora de mayor madurez. Por lo tanto comprenden un seguimiento emocional y psicológico de sus libros, desde el Common Reader hasta Las olas. Practica consigo misma la capacidad crítica con la que desmonta la literatura en general, y hace al lector de sus diarios testigo de su método escritural.

La imaginamos garrapateando sus cuadernos con una disciplina extraordinaria para autoexplicarse. Le gustaba, sobre todo, dedicarse a la escritura autobiográfica entre la merienda y la cena, y le parecía que un diario saludable requería una dedicación de, al menos, media hora diaria, cosa que no siempre era posible, y nada le causaba más placer que estrenar una pluma en una página nueva, como si de ello dependiera la claridad y novedad de su pensamiento.

Es verdad que su carácter siempre estuvo erosionado por corrosivos estados de tensión. Jaquecas, sí, infinitas. Depresiones, sí, constantes. Súperyoica, bipolar, tal vez. Pese a todo esto, sería un error leer a Virginia Woolf encantados por el tema del suicidio, como quien quiere llegar al fondo de un chisme de Ofelia, esta vez lanzada a las aguas del río Ouse. Afortunadamente la literatura no se hace mejor con el suicidio de su autor o autora, de lo contrario, en este instante, muchos estaríamos creando una extravagante forma de morir. La verdad es que en este mercado no sería nada fácil competir con Sylvia Plath o Yukio Mishima, por ejemplo.

Contrario a lo que se espera de un final como éste, es la vida y la obra, y no la muerte, lo más poderoso y atractivo de Virginia Woolf. Tal vez el lector de sus diarios nunca llega a sentir lástima. Se tiene demasiada fe en su genio y en que ella superará cada embate, por más incesante que sea su disputa mental, por más que su cabeza la lastime, por “mucho roer de ratas en la parte de atrás de la cabeza”. De cualquier forma, su enfermedad resultó muchas veces la excusa perfecta para que la dejaran en paz (susurro yo: ¿no es para lo único que sirve estar enfermo?).

A través de los diarios (entre la primera y la segunda guerra mundial) se entiende que la idea de un libro nuevo era lo suficientemente poderosa para mantener a Virginia del lado de la vida. Europa se recuperaba de una guerra y pronto entraría en otra. Asimismo la mente de Virginia Woolf, en constante incertidumbre, pero nunca tan enérgica y entera como cuando emprendía un libro nuevo. Esto explica que cada libro en proceso haya sido una forma de vencer a la muerte y cada libro terminado, un espacio vacío para consentir ideas negativas respecto al sentido de su vida. Emprendió una batalla contra la autodestrucción a partir de cada página escrita. Esto lo sabemos después de leer sus diarios, de manera que pocas veces se presencia tanta rigurosidad, tanta constancia para nacerse y resistirse.

Virginia concibe sus diarios como “paginas de lo real”. A veces para llenar horas de ocio. En ocasiones lo emplea para descansar de sus esfuerzos creativos y es común que vuelva a ellos buscando reposar de la escritura de El cuarto de Jacob o Las olas, este último de inconmensurable esfuerzo, dada la escritura de una obra “sin estructura”, la cual escribe siguiendo un ritmo, no una trama”. Pero en general, sus cuadernos sirven a modo de registro del progreso de sus libros, en tanto que reflexiona sobre sus avances, y, de un modo sustantivo, como una forma de dejar constancia de sus estados mentales.


Nada se desperdicia de estos diarios, escritos como están por un estilo nutrido y delicioso, marcados por las pautas de su ingenio y picardía intelectual, mediante la cual reconstruye tanto episodios de interés literario como las más triviales preocupaciones de dama londinense, que van de Henry James a las peleas con su asistenta doméstica; de su amor por Vita S. W y Leonard Woolf a crisis culposas por un sombrero. En fin, el lector asiste en primera fila, al espectáculo íntimo de la mujer que vivió en la Monk House, la única mujer en Inglaterra, tal como se proclamó, que era libre de escribir lo que quisiera. Dice: “No es que yo quiera la ruptura: lo que quiero es la revelación”. 

La segunda guerra mundial hace que finalmente no pueda sostenerse más a sí misma. Con toda razón: tuvo que soportar que una bomba acabara con su casa. Pero antes de ahogarse, Virginia Woolf nos deja una literatura deslumbrante, experimental, libre y penetrante, para lo cual no fue “frígida”, ni “loca”, ni pacífica, ni lejanamente insegura o infeliz.