jueves, 31 de marzo de 2016

Sonambulismo y escritura

Por Daniel Linares
ezkrithos@gmail.com
@danolinares

Miguel de Unamuno dijo alguna vez que los novelistas sufren de un divino sonambulismo. Es decir: siendo semidioses que fabrican pequeños o grandes universos, llevan en apariencia una vida ordinaria que muchos consideran lúcida, tal vez despierta, aun cuando en realidad lo que hacen es vivir el sueño de la ficción que los atormenta.


Curiosamente, este estado de doblez, de andar despierto y al mismo tiempo profundamente dormido, no se presenta al momento de escribir un párrafo o una cuartilla. Sentarse y escribir durante horas es en sí mismo un acto de doblez, pero de otro tipo. Hablo más bien de cuando dejas de escribir y te levantas para regresar a una realidad que no es tuya, que no te pertenece, y que te confronta con toda su hegemonía. Todos juran que abandonas tu ficción hasta el día siguiente, incluso que llegas a preparar unos huevos revueltos o cambiar un bombillo con la conciencia del hambre o la oscuridad, cuando la verdad es que no estás pensando si te quemas con el aceite hirviendo, o si mueres electrocutado, sino que eres la estela, el coletazo, la absurda reminiscencia del relato que minutos antes estabas trabajando.

Jorge Adoum tal vez ofrece una definición más disociada al respecto: «Cuando el médico te prescribió quince días de reposo “y sobre todo no escriba”, habría sido inútil decirle: Mire, doctor, escribir no es una actividad sino un estado. Y el no habría podido entender que ese estado es de mayor tensión cuando no escribes (…)» De modo que cuando no escribes, continúas en un nivel de tensión, diferente pero igual de intenso, al que sueles tener cuando estás frente al computador.

El creador queda prendado de su ficción, es un sonámbulo de ésta, y puede incluso escuchar las quejas y solicitudes de mil personas en una jornada de oficina, mientras está pensando en el nombre de un personaje, en alguna falla estructural de su novela, en si el tono es o no el adecuado, o, por el contrario, si una de esas mil personas le comenta algo que pudiera ser interesante para su libro, inmediatamente se despierta por un instante, por un solo instante, y presta atención a tal punto que puede, sin remordimientos, llevar hasta los límites de un monólogo de media hora un comentario que nada tiene que ver con la solicitud de un comprobante fiscal o una constancia de buena conducta.   

En esta ambigüedad, los narradores son simuladores empedernidos. Pueden transcurrir semanas o años simulando una vida y viviendo otra. Simulan, por ejemplo, que escuchan con absoluta atención el resumen de una película o noticia, cuando en realidad esa mirada atónita, que en apariencia está conectada con la anécdota de ese instante, se debe a la anécdota de ciento cincuenta páginas que se encuentra en su cabeza, y más físicamente, en el disco duro de un computador.

«Un escritor escribe todo el tiempo —nos dice Adriano González León—. Andar en la calle, enfrentarse al cielo, conversar con los amigos o simplemente mirar por la ventana es parte del trabajo.» Tal vez esta sea la razón por la cual Gabriel García Márquez escribió alguna vez que los escritores trabajan como burros, incluso si se encuentran en Cancún explayados en una silla de verano, tomando el sol y con una piña colada en la mano.

El trabajo del escritor, cuando no escribe, es particularmente secreto, silencioso, y a veces cruel. No importa si la persona que está ante él es un asesino seriado, un terrorista, o un político corrupto; lo importante es el personaje inacabado que palpita en su ficción y que necesita nutrirse de este tipo de abyecciones más concretas para que su novela negra o su crónica de conspiraciones sean verosímiles.

Para el novelista, por ejemplo, la relación que sostiene con la realidad mientras desarrolla un libro es hasta cierto punto una relación onírica, incluso extrasensorial, y hasta llena de lo que Jung llamaba coincidencias significativas. En mi caso particular, cuando escribía La flor y sus apóstoles, y al día siguiente de redactar los pasajes donde el Valle del Momboy era azotado por aguaceros apocalípticos, vi con horror en la primera página de un periódico local la fotografía de un ataúd en medio de la calle que una lluvia torrencial había arrancado del cementerio, para colmo en el mismo valle donde en esta novela se desarrolla la acción. Había llovido tanto, y con tanta fuerza esa noche, que incluso los muertos habían quedado sin hogar. En la novela también había llovido tanto, y con tanta fuerza, que a los vivos no les quedó otra opción que ver como aquellas aguas endemoniadas limpiaban sus casas, dejándolas vacías, y que los ríos arrastraban consigo todo lo que los hombres habían creado, sólo para alejarlos de sí mismos y de su soberbia.


La lista puede ser grande, incluso insólita, pero responde precisamente a esta suerte de sonambulismo literario. Y este sonambulismo es apenas una expresión de cómo vivimos lo que escribimos. Vive el escritor y vive el hombre. Y hay que hacerlo. Hay que vivir  lo que se escribe tanto como aquello que la realidad impone para que no escribas, para que desistas de tu sueño, o para que mandes al carajo el estado onírico de tu ficción y dejes a un lado el maravilloso misterio de vivir varias vidas en una sola. Un libro, de cualquier género, es un milagro. Y lo es porque la mayoría de las veces todo se conjuga para que ese milagro no se escriba. También lo es porque, como lo dijo alguna vez Gabriela Mistral: “De toda creación saldrás con vergüenza, porque fue inferior a tu sueño”. Y no obstante esa divina vergüenza llena las librerías del mundo entero.