sábado, 30 de abril de 2016

Aquella forma de escribir siempre fue una fábrica de nostalgias futuras

Por Daniel Linares
elcirculoamniotico@gmail.com
@danolinares


Un escritor antes del oficio.
Es un manojo de voces. También una casa. Y esa casa tiene mil puertas. Cada puerta suele abrirse con una voz particular. Puedes acercarte a la cerradura y susurrar, por ejemplo, algo de Octavio Paz: «Voy por tu cuerpo como por el mundo…», y la puerta calla, atenta, hasta que rechinan sus bisagras o se mantienen intactas. Ese manojo de voces te abre o cierra las puertas al mundo. Cada voz es una llave, una forma de hacer ese mundo más grande o menos vasto, o de ubicarlo en un aquí o en un allá, en un adentro y un afuera, o en otro lugar que no es uno. Mil voces que dan en el blanco de mil puertas. Es un manojo que agrupa líneas de libros o libros enteros, recuerdos, vivencias, canciones, versos, o la prosa de algún ensayista o novelista. Luego te das cuenta de que hay todo un mundo, o toda una dimensión de esa realidad que te interroga, o que tú mismo interrogas, y que sólo pueden abrirse (o cerrarse) con tu propia voz. Entonces ya no citas a Octavio Paz, sino que te da por escribir una línea, haces de cerrajero, y susurras. Pero esa llave, de pronto, no abre nada (ni cierra), sino que debes forjarla, debes buscar su mayor y mejor definición, y entonces te jodes, porque pasarás el resto de tu vida en el sagrado y delicioso oficio de abrir o cerrar las puertas de ti mismo, para el mundo.



Un escritor no se define sólo por los libros que lee, sino también por la vida que vive.
Hay una prehistoria en el oficio de escribir. Una antesala. Un pre-escritor. Se trata de un momento único e insustituible y que tiene mucho que ver con la relación sensual, vivencial y esnobista que establecen, en un primer momento, muchos escritores con la literatura. ¿Cuál es ese momento? Aquel donde vivir la literatura es más importante que la literatura misma. Te insertas en un contexto, y contextualizas tu vida, a veces sin buscarlo ni quererlo, en un entorno literario. La lectura y la escritura, ejercen en tu vida un poder de gravedad tan curioso, que de pronto te ves junto a otros lectores y escritores incipientes, participas en círculos, grupos, pandillas, sectas o mafias literarias, y entonces te reúnes y de pronto te da por parecerte a Neruda o a Frida Khalo, a Miller o a Simone de Beauvoir, y juras que tienes la inteligencia y sensualidad de un vampiro, y hasta puedes usar bufandas bajo un sol de 38 grados, inscribirte en el Partido Comunista, robar libros, leer y escribir como un demente; putear, beber aguardiente, fumar también como un demente, teñirte el cabello de rosa, hacer de hippie, organizar o participar en espaguetadas literarias, barbacoas literarias, borracheras literarias, orgías literarias, o bien, por qué no también, comportarte como el intelectual típico de la novelística culta de Umberto Eco, es decir, un monje de abadía, un santo.
En todo caso, todo esto no te hace escritor. Te hace un enamorado de la vida literaria que seguro dejarás de frecuentar, apenas un poco, cuando te des cuenta, demasiado tarde, que llevas ciento treinta cuartillas escritas de una novela o de un libro de relatos, y que abandonaste a los amigos, los tragos, las cuatro horas diarias de conversaciones inútiles en el mismo cafetín de siempre, en fin, que cambiaste lo más sabroso de la literatura por la literatura. Y luego: la nostalgia. La nostalgia de aquellos tiempos y de aquella forma de escribir que siempre fue una fábrica de nostalgias futuras. Tu nostalgia, que es como un lumbago del alma.

¿SE DEJA DE VIVIR LA LITERATURA CUANDO COMIENZAS A HACERLA?
No. Pero todo escritor tiene su infancia. Y como toda infancia llena de riesgos, irracionalidad, asombros, alegría e inocencia, termina por echarse de menos. Esa etapa es como un caldo primitivo. Tú formas parte del guiso. Hierves a fuego lento. Te vas llenando de voces, de sentido. Los escritores también envejecen, tienen números fiscales, solicitan créditos, pagan impuestos; llega un momento donde ya no follan toda la noche con el hecho literario sino que dosifican sus polvos. Pero siguen viviendo la literatura. Y es preciso vivirla. Un buen escritor no se cansa vivir cualquier cosa que sea vivible. Es su energía vital, el cauce que alimenta su manantial interior.

NO TODOS SE HACEN ESCRITORES EN ESE CALDO PRIMITIVO.
En ese caldo hay quienes son muy talentosos pero carecen de disciplina. Hay quienes son disciplinados pero no tienen talento. Hay quienes tienen talento, disciplina, pero carecen de técnica, o jamás se hacen un método. Hay quienes tienen talento, disciplina, técnica y método, pero les importa una carajo pasarse la vida escribiendo. No se decide ser escritor; pero se decide no serlo. Y es válido. Un libro no es una cosa del otro mundo. La sociedad ha hecho del arte uno de sus fetiches. Hay toda una campaña que sublima al libro, lo mitifica, lo coloca como una rareza o algo extraordinario dentro de las creaciones humanas. Pero un bolígrafo, un compás o un sacapuntas, son igual de maravillosos. La especie humana no sólo ha evolucionado sólo para que Cervantes escribiera el Quijote, o para que existiera un Proust, o un soneto de Neruda. También ha evolucionado para que existan los bolígrafos, las tijeras, o los relojes. Y si alguien decide dejar de escribir por dedicarse a fabricar otras maravillas, igual necesitará talento, disciplina, técnica o método para hacerlo.  

UN ESCRITOR DESPUÉS DEL OFICIO.

Es un manojo de voces. También una casa. Sigue siéndolo. Porque no ha abierto (o cerrado) todas las puertas. Y no lo hará jamás. El oficio no te da otra cosa que la actitud. Pero no te asegura un buen libro o calidad literaria. No. Los escritores de oficio también se equivocan o escriben malos libros. Entonces el cerrajero sufre. Y sufre porque para cada puerta hay una llave distinta, única, irreemplazable. Cada libro es un Yo en una circunstancia. Un momento. Y cada momento tiene su propio discurso. Tu voz literaria es espejo de ese momento. Hablas como habla tu época, tu instante. Félix de Azúa lo dijo: «Nuestro momento “habla” como nosotros.» Entonces quizá no elijes conscientemente un lenguaje. El lenguaje está dado, explica Azúa: «Bajo coordenadas literarias independientes de otras provocaciones.»