domingo, 10 de abril de 2016

El arte de novelar y sus divinos desuellos

Por Daniel Linares
@danolinares


Escribir una novela suele ser un asunto más de vocación que de inspiración. Es decir: quien tenga vocación por la novela y además haya escrito algunas, entenderá que un libro de noventa o más cuartillas requiere de un esfuerzo a veces obsesivo, y de una inversión de tiempo que a la larga es difícil de establecer. Tal vez sea absurdo decir, por ejemplo: «Mañana 12 de abril la inspiración llegará puntal, justo en el comienzo de la primera línea, y me acompañará día tras día hasta el 19 de agosto cuando sean las cuatro de la tarde.» Tampoco se puede medir el costo físico y espiritual, y mucho menos esperar que la inspiración acuda minuto a minuto, durante las semanas, meses o años que implique redactar lo que será apenas un primer borrador. La inspiración existe, desde luego, pero muchas veces no determina el proceso. La inspiración llega por párrafos, tal vez por líneas, y cuando más, por capítulos. Esta llega e ilumina un diálogo, una situación, la tristeza o euforia de un personaje, pero no cada uno de los 100 mil o más caracteres de un libro cuya virtud técnica quizá provenga más de la testarudez que de la inspiración. En todo caso, ese soplo o voz divina es tan circunstancial y responde a mecanismos tan complejos y extraños, que puede resultar inútil esperar sus pequeños y hasta caprichosos regalos para sentarse frente al teclado y trabajar. Esperar que nos toque con su gracia durante cada segundo de escritura, es una pretensión lógica que al mismo tiempo puede inmovilizarnos. Si la intención es escribir una novela, y se tiene el espíritu y la vocación para hacerlo, como bien lo dijo Uslar Pietri, sólo hay que sentarse y escribirla. La inspiración premia a los atrevidos, y sobre todo, a los que luchan por escribir.


Esa maravillosa incertidumbre de los escritores jóvenes al no saber con exactitud lo que están escribiendo, pero que al mismo tiempo trabajan sin descanso, se convierte tarde o temprano en el oficio de escribir. Pensar que nuestras primeras creaciones literarias son una verdadera vergüenza, o un conjunto de inútiles horas invertidas en algo mediocre, es una trampa en la que claudican muchas voluntades con talento. Y de esa trampa, en la que interviene un poco la ansiedad y el egocentrismo, se liberan aquellos que logran superar cualquier sentimiento de minusvalía, frustración o derrota. En realidad, un novelista es el resultado de todos sus fracasos, de cada sinsentido, y de aquellos ejercicios literarios que por lo general nunca llegaron a nada. Se trata de un proceso de aprendizaje donde incluso la insatisfacción es importante; donde perder el tiempo en cientos de páginas mal escritas o en relatos descabezados, representa en todo caso ese primer taller personal donde se forja el carácter, la disposición, el temperamento, la técnica y la disciplina de un novelista. Sin darnos cuenta, sin sospecharlo siquiera, y guiados tal vez por la ilusión personal o el ánimo de nuestros primeros lectores (por lo general algunos amigos víctimas de nuestra fe), de ese proceso saldremos con un método particular de trabajo, y con una forma muy personal de concebir y desarrollar una historia, y que bien puede traducirse en la manera de organizar nuestras ideas, de estructurar el relato, macerarlo, corregirlo o nutrirlo. El tiempo que muchos consideran perdido, esa inocencia y vitalidad, esa sarta de lugares comunes y argumentos muchas veces fallidos, esa época donde fuimos un caudal de intentos sin concreción alguna, esa voracidad como lectores, e incluso esa inclinación por plagiar los estilos de nuestros escritores más amados, representan el primer útero o la placenta originaria de todo escritor. No hay que engañarse: muchos novelistas o narradores consagrados también sufren la maravillosa incertidumbre de la página en blanco. Y ese color es el mismo para el que escribe su primera o decimosegunda novela.


Se escribe por muchas razones pero en todas es transversal la ilusión de publicar. No para acumular cuartillas y quemarlas, o romperlas, o dejarlas en el interior de una caja sellada que años después abriremos por autocompasión. Aquellos que lo hacen, que guardan para sí lo que escriben y jamás lo comparten, prescinden de la extraordinaria relación que se obtiene con la otra parte de un libro: sus lectores. En todo caso, es aceptable. Ahora bien, publicar implica responsabilidad (con la obra, el lenguaje, el lector, y hasta con la misma literatura) y un valor que muchos principiantes pasan por alto: la humildad. Algunos caen en la trampa de considerar sus primeros ejercicios narrativos como obras maestras, y se enfadan y hasta se decepcionan al recibir críticas (algunas devastadoras) de aquellos que se toman la molestia de leerlos. Muchos claudican, y otros, los que tienen una profunda vocación por la escritura, y que a la larga serán verdaderos escritores, continúan el camino. Y el camino de un escritor, en este caso de un novelista, y su calidad literaria, no depende, salvo excepciones, de un primer libro. Depende de la actitud, consciente o no, que ese escritor sostenga para consolidar su propia voz no sólo en sus libros, también como ser un humano ante el mundo o ante su realidad más inmediata. Borges dijo alguna vez: «Uno escribe lo que puede y no lo que quiere. Uno no toma la decisión de ser Shakespeare.» En consecuencia, como novelista, es absurdo y hasta presumido tomar la decisión de ser Émile Zola o Dostoievski. Y si hay algún deber u obligación que tiene un escritor es ser fiel a sí mismo. Fiel a su voz, a lo que piensa, aún cuando esa voz y esa forma de pensar puedan transformarse con el pasar de los años. Publicar, pues, no asegura la consolidación. Es un gran paso, incluso una gran experiencia, pero al menos un novelista, aunque publique cientos de libros, siempre sentirá la mayor y quizá la más desquiciante de las aspiraciones: escribir el libro que persigue a todos los novelistas, ese libro que no existe, y que es el más parecido a su sueño. La necesidad de perfección es superyoica. Insaciable. Incluso cruel. Pero es un gran recurso. Se pueden escribir y publicar treinta novelas —¡toda una vida!—, en la búsqueda de ese libro ideal que tal vez jamás se consiga, pero al final los treinta libros representan una obra y lo que es mejor: la certeza de haberle proporcionado al mundo la posibilidad de no ser el mismo mundo, por lo general cuando suele ser tan pésimo y conformista, que no queda otra opción para los artistas que recrearlo y embellecerlo.


Bernard Shaw era de los que creía que el estilo se encuentra estrechamente vinculado a las convicciones del escritor. Convicciones, cosmovisión, axiología, formas de interpretar la realidad, en fin, el estilo, según esta premisa, puede depender de la mirada que tenga un novelista o narrador de todo cuanto le rodea y de todo cuanto es como ser humano. El estilo deviene quizá de una angustia profunda, o de una alegría y vitalidad igual de recónditas, que suelen pulsar subterráneamente la relación entre el escritor y su circunstancia, entre el escritor y la vida misma, o entre su propia condición humana y la del otro. Al estilo lo forja la vida, no los manuales de estilo. Salvador Garmendia lo expresa de esta forma: «Yo creo que en la medida en que uno se forma, aún antes de empezar a ser escritor, de empezar a escribir en serio y publicar, va aprendiendo, va descubriendo su manera personal, particular, de ver el mundo, de entenderlo y de comunicarse con él.» Producto de esto, según Garmendia, el escritor encuentra una manera peculiar y definitiva de hacer literatura: «Ese descubrimiento (la manera o forma peculiar y definitiva) que es siempre conflictivo y movedizo y que tiene las veleidades del instinto, lo lleva a uno a encontrar, desde que empieza a ejercitarse en la escritura, un medio personal de expresar eso que para uno es el mundo.» Para hallar el estilo, que suele ser una de las mortificaciones de todo escritor incipiente, quizá haga falta reconocer plenamente y sin complejos nuestro propio misterio, o todo lo que nos ilumina u oscurece, y tal vez también ese inconformismo por todo cuanto entra mediante los sentidos, y que necesitamos darle cauce, dimensión, gritarlo incluso, a través de la creación literaria. Esta quizá sea la razón por la cual un libro que se escribe en la adolescencia es radicalmente diferente a aquel que se escribe recién cumplidos los cincuenta años. Ninguno es bueno o mediocre, es simplemente una expresión más del tiempo, y el estilo propio que éste siempre tiene para afirmarse a sí mismo.   


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