martes, 12 de abril de 2016

SOBRE EL VERBO BESAR

Por Sol Linares
sol.linares.r@gmail.com


Besar es un poco “salir de nuestro proscenio y entrar al proscenio del otro”. Hace falta abrir un boquete en nuestro círculo imaginario, respirar profundo y tocar las puertas de un santuario ajeno, sólido y palpitante.

Salir de uno mismo para besar no es cosa sencilla. Distinto es salir a trabajar, a pasear, llevar los chicos al cole, subir a un autobús, abrir una ventana… Todo esto implica la verificación de una rutina saludable, es decir, la confirmación de que cada una de las leyes físicas que rigen el mundo siguen funcionando perfectamente: las Leyes de Newton, las Leyes de Kepler, el Principio de Arquímides, Ley de Graham, Ley de inercia mecánica, Ley de Gutenberg, la Teoría de la Relatividad, la Ley de Murphy, la Ley Orgánica del Trabajo, la Ley de Sanciones Internacionales, en fin, significa salir de casa hacia un mundo que nos recibe en el mismo orden en que lo dejamos ayer. No hay bochorno. En cambio besar constituye un salir distinto, un salir-se que cambiará todo inmediatamente después, en el sentido estricto al que se refiere Octavio Paz: el mundo cambia cuando dos se besan.

Por otro lado, la torpeza o éxito de un beso obedece a la torpeza o soltura que tengamos para salir de nosotros mismos y caminar hacia la boca que nos gusta. Antes, imaginamos los gestos que deben acompañarnos en ese viaje: los ingenieros de un beso son todo tipo de anticipaciones. Seleccionamos de entre todos los gestos uno oblicuo, rendido, contrariado. En nuestro rostro se monta el espíritu de un eclipse lunar; nos ensombrecemos de tal manera que apenas queda el hambre de la boca iluminada por una leve fluorescencia. Los más expertos en el tema rodean el beso durante un buen tiempo. Cortejan la boca desde afuera (hacerla esperar), siembran desesperación en lugar de calmar las ansias, hasta que aquella boca no sólo se halla dispuesta, sino que además camina hacia ti y te devora. Nosotros, los más torpes, fabricamos un mapa del beso: Esta equis de acá soy yo; esta equis de aquí, eres tú. Podemos llegar a ser tan torpes que, habiendo escrito previamente un libreto basado en los consejos de los amigos, nos tropezamos con aquello que no estaba en nuestros planes y llegamos a la boca que nos gusta un poco cansados de soñarla. Pisamos al gato, nos tragamos el chicle de menta, pinchamos un ojo con la nariz o sacamos la lengua antes de tiempo. También hay los más meticulosos; encienden velitas para crear una atmósfera de placenta, ponen algo de blues y se comportan como si besar se tratara de desactivar una bomba.

Sea cual fuere el caso, todos ponemos cara de mantra para besar. Cara de Om. Cara de precipicio. La boca está delante de nosotros. Su monarca, una lengua bruñida que reposa bajo el paladar, ahuecada en el muelle de calcio, es implorada. Nos aproximamos con un rostro abandonado, de dulce desidia. Ábrete Sésamo. La boca se abre y atravesamos con la lengua todas las sombras de una cueva tipo Chauvet-Pont-D’Arc. Parece mentira que esa boca, que hiede en las mañanas, miente, ensaliva ante un paté de hígado o recita de memoria el estribillo “me gusta cuando callas porque estás como ausente”, sea la boca donde empieza nuestro delirio. Besamos y es como la juntura de dos templos. Como meter un cuchillo en el tomacorriente. Milagro que al abrir los ojos, sigamos estando allí, trémulos e invictos.


En un beso sabrás todo lo que he callado, dijo Neruda. Y hoy amanecí con ganas de besarlos a todos. O de morder no sé qué cosa. A veces el mundo tiene forma de boca, sucia, tersa y desquiciante. La cloaca de la historia, de la evolución humana. En días así, provoca besar lo que aborrezco, lo que temo y lo que admiro en este mismo orden. Provoca abrir paso entre la gente, recibir la hostia y besar al cura con olor a niño violado, a cruz rentada. Pasar la lengua por la mollera de Gandhi, besar al indigente que se quedó dormido a los pies del cajero, y a la madre drogadicta que revisa sus bolsillos para robarlo. Pedirle un beso a ese hombre bello delante de su esposa. Besar un poco a un caballo. Besar el pomo de la puerta. Besar, ¡ay!, cómo quisiera besar a Nietzche sifilíticco, escarbar su bigote horroroso y llegar a esa boca que dijo: Dios ha muerto. Provoca resucitar a Cristo con un beso en el rodaje de una película que se llame Cristo y los siete enanos. Besar a Demi Moore, a un anciano muriendo de paro cardíaco, tumbar al Ché en un cañaveral y besarlo apasionadamente, besar la boca de Molliére justo cuando pronunciaba la palabra misántropo, besar a Foucault muriendo de SIDA en algún lugar de París, al dientón de Freddy Mercury (yo misma soy dientona, lo cual no sería un beso sino una pelea de relampagueantes colmillos), besar a Caín (cómo no estuve ahí para besar a Caín). Provoca, provoca besar a Judas, practicar con los cuerpos ásperos de los árboles los besos que quería darle a Sócrates, a Siddharta, a Cuasimodo. Quisiera abrir la celda de la Carraca y, recostándome en la orilla del catre, besar profundamente a Miranda. Al capitán Garfield, al señor Sombrerero, a Charlie Brawn, a Pepe Le Pew. A todos los apóstoles. A la boca desgraciada de Stephen Hawking. A Charles Chaplin: que me quede la cara blanca como si hubiese besado a una torta. Besar a Piar el día que lo fusilaron. Subirme a una silla y besar a Cortázar y su boca desdentada hedionda a tabaco. Lamer un poco la mano de palo de Cervantes. Besar a Séneca y llorar. Chupar el dedo de Rilke pinchado por la rosa. Empañar los anteojos de Lennon con mi aliento. Besar el ojo torcido de Sartre. Besar a Julieta a escondidas de Romeo y casarme con ella. Besar a Bolívar delante de Manuela y correr, correr antes de que me mate. Tirarle besos a Einstein desde el pupitre. Besar todo, todo, arrodilladamente, temblando, como la primera homínido que, una noche estruendosa y aciaga, soñó que algún día sería demasiado vieja y cobarde para besar al mundo que amaba y despreciaba.