lunes, 16 de mayo de 2016

SOBRE EL VERBO BICHAR

Por Sol Linares
sol.linares.r@gmail.com



1
Fíjese usted, estimado lector, en la rareza de este verbo. Si la curiosidad lo lleva al Diccionario de la Real Academia Española acaso encontrará el verbo vichar, que significa atisbar, observar furtivamente. Hoy, es otro bichar el que nos interesa. Para encontrarlo, usted y yo cazaremos las formas de la rutina en su estado más natural. Desde esa rutina agazapada y cándida se fabrican diccionarios más íntimos y no por ello menos oficiales. El diccionario, libro maravilloso que organiza cada palabra como clasificando alientos en el clóset de un universo infinito, es hermano de un diccionario bastardo que sin llevar el apellido de la Real Academia palpita y se desborda con un vigor propio. Bichar es, ante todo, un verbo auxiliador (no auxiliar). Hace de todo. Ayuda a darle sentido a nuestros discursos cotidianos cuando las palabras apropiadas no aparecen en el preciso momento en que se les invoca. Entonces el verbo bichar emerge cándido y suple al verbo que llega tarde a la situación. Cuando no participa como verbo, deviene milagrosamente sustantivo o adjetivo. Esto lo convierte en un morfema único en su especie, agresivo, multivalente e inexacto. Es un magnífico verbo-mano, verbo-alicate, verbo-llave-inglesa, verbo-destornillador, verbo-cinta plástica, verbo-brocheta, verbo-martillo. ¿Lo conoce? Vamos, si es venezolano y no lo ha pronunciado, acepte que lo ha oído. O al menos admita que en algún momento lo han mandado a bichar.

2
Como verbo es correcto someterlo a cualquier conjugación endemoniada. Yo bicho, él bicha. Ustedes han bichado. Nosotros bicharemos. La lista es larga. Sin embargo extraigo los ejemplos más populares junto a los gestos que lo acompañan:
Biche aquí: aparece en una circunstancia manual tan complicada que resulta escabroso dar con la acción correcta. Al principio nos toma segundos entender la situación; la gente sale de la nada con un objeto descompuesto en la mano y bichar es tan inexacto que ni esa persona ni nosotros tenemos claro qué es lo que desea. Toca inferir, todo depende del instrumento que te entreguen para bichar: el destornillador, la espátula, el aspersor, etc. Bichamos medio aterrados de no bichar bien o bichar otra cosa. Nunca falta un tío o un abuelo que nos mande a bichar, y es típico de la madre engrasando un ventilador a quien le ha desarmado la caja craneal, las parrillas, etc, que dice: biche aquí. Lo cual significa instale la hélice. Y uno bicha.
Bícheme aquí: Bícheme aquí implica una situación más expresa, incluye al afectado. Por ejemplo, una mujer que suplica le suban la cremallera del vestido, le aten un collar, o le ayuden a cerrar el botón de un pantalón en el que no cabe. Cuando no es una mujer, es un hombre enloquecido que viene a nosotros tratando de rascarse la espalda con un peine. Bícheme aquí significa ¡mi espalda está justo detrás de mí y sin embargo queda tan lejos! Y uno le bicha.
Bíchese: Esta acción reclama toda una coreografía gestual. Bíchese nunca, jamás, se ordena en solitario. Al contrario, la acompaña un ceño fruncido, un aplauso, un movimiento de quijada hacia arriba y un “haga el favor”. Bíchese la camisa haga el favor, lo cual produce algo más o menos así: Ceño fruncido-bíchese la camisa-aplauso-levantamiento de quijada-haga el favor. Hay quienes le agregan vamos, vamos, vamos. Ocurre todo en milésima de segundos, tan puntual y tan rítmico que si llenamos una calle de gente diciendo bíchese la camisa haga el favor, vamos, vamos, vamos, se convertiría en un baile nacional. Todo un espectáculo. Y uno se bicha.
Biche: Biche la sopa: remueva. Biche la cebolla: píquela. Biche el televisor: enciéndalo. Biche al perro: báñelo. Biche al niño: sáquelo de la poceta. Y uno bicha.
Embiche: Significa bichar dos veces o más. Envolver, enroscar, volver a pasar. Si Henry James hubiera nacido en Venezuela y no en Estados Unidos tal como ocurrió en 1843, su novela “Otra vuelta de tuerca” se hubiera titulado “Embichar la tuerca”. Aunque son casos poco comunes, encontramos este verbo en situaciones extremas: una tía subida a una escalera cambiando un bombillo: Ay, mijo, embiche el bombillo. Y uno embicha.
            ¡Biche pues!: La norma para conjugar este verbo en modo imperativo la rige la impaciencia y el uso de un látigo imaginario. Más que una orden, consiste en una queja sobre uno. A saber: ¡imbécil, qué inútil es, biche pues! Y uno bicha.
            Aquí, bichando esto: Una monería de gerundio totalmente intraducible al francés. Lo único obvio es que quien lo emplea, seguirá bichando en nuestra presencia aún cuando ha perdido toda esperanza. Y sigue bichando.
            Tanto bichar para nada: Esto lo dijo Bolívar en Colombia un día que Santander lo tenía jarto. Pero un poeta que pasaba por ahí parafraseó luego aquella expresión diciendo: “he arado en la arena y sembrado en el mar”.
            ¿Por qué no bichó?: Tiene dos acepciones: 1.) Usted no hizo lo que se le pidió. 2.) El objeto no respondió positivamente al estímulo. Típico de un mecánico que intenta encender el motor de un carro. Rascarse la cabeza es el gesto que lo acompaña.

3
            Aquí bichar cumple sin ningún complejo la función de sustantivo y adjetivo. ¿Imposible? Veamos algunos ejemplos:
            Páseme ese bicho: Bicho puede ser cualquier objeto, el alicate, el control remoto, el haragán, el cuchillo. Para entender de cuál objeto se trata, basta fijarse en la dirección que apunta la boca de quien nos ordena (la gente levanta la boca y señala). Y uno pasa el bicho.
            Ese bicho, esa bicha: Dícese de alguien desagradable, repulsivo a nuestra moral.
            ¡Mate ese bicho!: Binomio inseparable, bicho-matar. Alguien grita; un animal pequeño corre. Uno no ha visto el bicho y ya está buscando la chancleta, el zapato o la escoba para asesinarlo. Y uno mata.
            Esto está bichado: Adjetivo que denota que ha llegado a fin la vida útil de un objeto. Sinónimos igual de marginados: jodido, escoñetado.       

4
Sorprende la decena de usos que puede tener la palabra bichar. Impresiona todavía más nuestra capacidad de inferir, la destreza para conectarnos con la situación y responder a cualquiera de sus formas, sea verbo, adjetivo o sustantivo.  Desde luego, siempre habrá un efectivo de la Interpol reclutando palabras sospechosas o corrigiéndonos. Todos los días sale un lingüista a la calle. No importa, que esto no lo intimide. Cuando lo corrija, es momento de mirarlo profundamente a los ojos y parodiar a Neruda diciendo:
Confieso que he bichado.  ¿Y usted?
           
            

miércoles, 4 de mayo de 2016

INDOCHINA MON AMOUR

POR SOL LINARES
sol.linares.r@gmail.com

Digo que nada puedo contra este miedo,
que no puedo evitarlo,
 que no puedo conocerlo.
M. D.

Nunca se es demasiado joven o demasiado viejo para leer a Margarite Duras. Nunca demasiado sabio, o demasiado inocente. Ella llega incluso cuando estamos saciados, a originar un tipo de sed.

Años atrás hice una lectura pausada de su novela autobiográfica El amante (Tusquets Editores,1984), sobre todo porque el ritmo de su escritura, lento y vertiginoso como las aguas del Mekong, me llevaba a un final que no quería leer. Sufrir así es bello. Al menos sufrir por no querer terminar un libro para que vuelva a ser un libro terriblemente cerrado. Necesito que los libros que me estremecen estén abiertos, despiertos en mí.


Un libro suele tener familia: otros libros que rodean o tejen nuestras pasiones. Hace tiempo mi amigo, el poeta José Gregorio Vázquez, me obsequió Los espacios cálidos, de Margarite Duras (Ediciones del Oriente y del Mediterráneo, 2011). Libro de singular rareza, publicado en Madrid en ocasión del aniversario de la muerte de Alejandra Pizarnik. Esta conversación que sostiene Margarite con el cineasta Michelle Porte va acompañada de fotografías inolvidables que retratan su casa querida, de piso ajedrezado, la buhardilla, su piano, su infancia, escenas fílmicas, y sobre todo, el rostro de su madre en “la fotografía de la desesperación”, que ya describe Duras en la novela, la del patio de la casa de Hanoi, esa mujer francesa a quien la pobreza supo atormentar hasta el final. También hay en él extractos de guiones y reflexiones sobre el cine que le gustaba hacer, lejos de las fórmulas de “el cine del sábado” hecho nada más para consumir, hecho “desde el lugar del espectador”.

La ventaja de ver el cine escrito por escritores es precisamente ésta: el espectador sigue siendo un lector. Películas como Hiroshima mon amour, La mujer del Ganges, Nathalie Granger, India-Song, obsequian al lector de este libro aquello que acontece en la escritora antes de la imagen.

Margarite Duras nació en la ciudad de Saigón, ahora llamada Ho Chi Minh, la mayor ciudad de Vietnam y parte de lo que fue la colonia francesa conocida como Indochina, península formada por Laos, Camboya y Vietnam. Pero en esta novela, Indochina no es exactamente una región geográfica sino una extensión sentimental, real y confusa. Ser de Indochina es ser de muchos sitios. Durante la lectura busqué este lugar en el globo terráqueo, y no apareció, como era de esperar. Porque no aparecen en los globos terráqueos ninguna cicatriz de guerra. Indochina no estaba registrada en el globo terráqueo escolar, y, paralelamente, sangraba en la novela de Margarite, cuya solapa registra a la escritora nacida en Indochina, en el año 1914.

Así más o menos es la narrativa de Margarite Duras, quien le atribuyó a su familia una naturaleza más vietnamita que francesa. Era más hija del río Mekong que del Sena. El río Mekong irriga toda su literatura y su cine, pero no solo el Mekong, también el Ganges de la India, los hermosos aluviones del Delta, cuyo nombre en vietnamita (Cuu Long) significa “nueve dragones”. Estos ríos que desembocan en el Mar Meridional de China, descritos apasionadamente por Margarite, nos hace recordar tanto al Delta de nuestro poderoso río Orinoco, echados en ramilletes hacia el Mar Caribe, como una mano llena de raíces.

El globo terráqueo le sirve al lector, al menos, para acompañar a Margarite en un viaje de un mes, aquel día en que sube por primera vez a un gran barco para dejar a su amante chino, el amante de Cholen.

Entonces, el barco, una vez más, dijo adiós, lanzó de nuevo sus mugidos terribles y tan misteriosamente tristes que hacían llorar a la gente, no sólo a la del viaje, la que se separaba, sino también a la que había ido a mirar, la que estaba allí sin ninguna razón precisa y que no tenía a nadie en quien pensar (pág. 139).

Hay que partir de la antigua Saigón, ir girando el globo con el dedo, poco a poco atravesar el Mar de China, el Océano Índico, rozar la triste Somalia, (hoy las grandes potencias van a echar sus basuras en los mares somalíes como si se tratara del vertedero del mundo). Hasta llegar a Francia.

Con Margarite Duras recordé mi infancia, un tiempo en Ciudad Bolívar, cuando tenía 6 años. De esa edad sólo recuerdo el Orinoco. Me parecía el río más grande del mundo. Combinaba el temor y la belleza y ambas cosas eran igual de insoportables. Era como si ese río comenzara exactamente en ese lugar. Luego, cuando por fin sobrevolé el Orinoco en un avión comercial, por un instante desconfié de mi recuerdo. Pero ver el río aplastado en la tierra, brillante, ancho, infinito, fue ante todo recuperar la confianza en todo lo que miré de niña. Porque el mundo verdadero es aquel que mira un niño.


¿Escribir no será, para Duras, seguir mirando la superficie del Mekong, allí, sobre el transbordador, entre Vinhlong y Sadec, surcando las planicies de barro y arroz? El lector creerá que era demasiado pobre para estar buscando cosas de la infancia, los niños muertos por la peste, el hambre endémica, la miseria, los mosquitos. Los blancos empobrecidos de las colonias francesas, llamados los golfos blancos, que se daban el lujo de tener criados para servirse una triste ración de comida, a veces caimanes, a veces algo menos. Vender los muebles para poder comer. ¿No fue, acaso, coqueteando con la prostitución, valiente y avergonzada, que Duras conoció el amor?

Muy pronto en mi vida fue demasiado tarde. A los dieciocho años ya era demasiado tarde. Entre los dieciocho y los veinticinco años mi rostro emprendió un camino imprevisto. A los dieciocho años envejecí.

Su amante chino, su madre desmigajada (a quien llevaba la ventaja del placer), sus hermanos, la guerra, cada cosa, siempre sobre el agua. “El mar está todo escrito”, dice Margarite. Y aunque confesará que los colores de la infancia tiene los colores de la guerra, sin embargo, son los colores del agua: en suma, los colores del miedo. Cuando Margarite Duras mira el río o el mar, también mira el miedo. El miedo y el agua tienen la misma sustancia. Miedo al hermano mayor, miedo a la guerra, miedo a la muerte, miedo a la miseria, miedo al agua que arruinó los terraplenes de arroces de su casa en Hanoi, miedo al agua que cercaba la tierra. Siempre contemplará ese miedo en el agua, luego en el Sena, en la novela Emily L. (Tusquets, 1988). El agua, a veces mansa, a veces irreconociblemente violenta.

De todas formas lo que fue absolutamente suyo fue su cuerpo. Su cuerpo Indochino. No escribió nunca fuera de él, del deseo, por parecerle que cuando las mujeres no escriben desde el espacio del deseo, no escriben, están plagiando. ¿Cierto? ¿Falso? ¿A quién le importa? Su cuerpo fue su silogismo. El gran miedo de Margarite, el miedo a sí misma desde la pubertad. A lo mejor no estamos de acuerdo con palabras tan determinantes (¿valientes?), pero estoy segura que sí estaremos de acuerdo con una sentencia devastadora de Margarite: tanto si se ama como si no se ama, siempre es terrible. ¿O no, querido lector?