miércoles, 4 de mayo de 2016

INDOCHINA MON AMOUR

POR SOL LINARES
sol.linares.r@gmail.com

Digo que nada puedo contra este miedo,
que no puedo evitarlo,
 que no puedo conocerlo.
M. D.

Nunca se es demasiado joven o demasiado viejo para leer a Margarite Duras. Nunca demasiado sabio, o demasiado inocente. Ella llega incluso cuando estamos saciados, a originar un tipo de sed.

Años atrás hice una lectura pausada de su novela autobiográfica El amante (Tusquets Editores,1984), sobre todo porque el ritmo de su escritura, lento y vertiginoso como las aguas del Mekong, me llevaba a un final que no quería leer. Sufrir así es bello. Al menos sufrir por no querer terminar un libro para que vuelva a ser un libro terriblemente cerrado. Necesito que los libros que me estremecen estén abiertos, despiertos en mí.


Un libro suele tener familia: otros libros que rodean o tejen nuestras pasiones. Hace tiempo mi amigo, el poeta José Gregorio Vázquez, me obsequió Los espacios cálidos, de Margarite Duras (Ediciones del Oriente y del Mediterráneo, 2011). Libro de singular rareza, publicado en Madrid en ocasión del aniversario de la muerte de Alejandra Pizarnik. Esta conversación que sostiene Margarite con el cineasta Michelle Porte va acompañada de fotografías inolvidables que retratan su casa querida, de piso ajedrezado, la buhardilla, su piano, su infancia, escenas fílmicas, y sobre todo, el rostro de su madre en “la fotografía de la desesperación”, que ya describe Duras en la novela, la del patio de la casa de Hanoi, esa mujer francesa a quien la pobreza supo atormentar hasta el final. También hay en él extractos de guiones y reflexiones sobre el cine que le gustaba hacer, lejos de las fórmulas de “el cine del sábado” hecho nada más para consumir, hecho “desde el lugar del espectador”.

La ventaja de ver el cine escrito por escritores es precisamente ésta: el espectador sigue siendo un lector. Películas como Hiroshima mon amour, La mujer del Ganges, Nathalie Granger, India-Song, obsequian al lector de este libro aquello que acontece en la escritora antes de la imagen.

Margarite Duras nació en la ciudad de Saigón, ahora llamada Ho Chi Minh, la mayor ciudad de Vietnam y parte de lo que fue la colonia francesa conocida como Indochina, península formada por Laos, Camboya y Vietnam. Pero en esta novela, Indochina no es exactamente una región geográfica sino una extensión sentimental, real y confusa. Ser de Indochina es ser de muchos sitios. Durante la lectura busqué este lugar en el globo terráqueo, y no apareció, como era de esperar. Porque no aparecen en los globos terráqueos ninguna cicatriz de guerra. Indochina no estaba registrada en el globo terráqueo escolar, y, paralelamente, sangraba en la novela de Margarite, cuya solapa registra a la escritora nacida en Indochina, en el año 1914.

Así más o menos es la narrativa de Margarite Duras, quien le atribuyó a su familia una naturaleza más vietnamita que francesa. Era más hija del río Mekong que del Sena. El río Mekong irriga toda su literatura y su cine, pero no solo el Mekong, también el Ganges de la India, los hermosos aluviones del Delta, cuyo nombre en vietnamita (Cuu Long) significa “nueve dragones”. Estos ríos que desembocan en el Mar Meridional de China, descritos apasionadamente por Margarite, nos hace recordar tanto al Delta de nuestro poderoso río Orinoco, echados en ramilletes hacia el Mar Caribe, como una mano llena de raíces.

El globo terráqueo le sirve al lector, al menos, para acompañar a Margarite en un viaje de un mes, aquel día en que sube por primera vez a un gran barco para dejar a su amante chino, el amante de Cholen.

Entonces, el barco, una vez más, dijo adiós, lanzó de nuevo sus mugidos terribles y tan misteriosamente tristes que hacían llorar a la gente, no sólo a la del viaje, la que se separaba, sino también a la que había ido a mirar, la que estaba allí sin ninguna razón precisa y que no tenía a nadie en quien pensar (pág. 139).

Hay que partir de la antigua Saigón, ir girando el globo con el dedo, poco a poco atravesar el Mar de China, el Océano Índico, rozar la triste Somalia, (hoy las grandes potencias van a echar sus basuras en los mares somalíes como si se tratara del vertedero del mundo). Hasta llegar a Francia.

Con Margarite Duras recordé mi infancia, un tiempo en Ciudad Bolívar, cuando tenía 6 años. De esa edad sólo recuerdo el Orinoco. Me parecía el río más grande del mundo. Combinaba el temor y la belleza y ambas cosas eran igual de insoportables. Era como si ese río comenzara exactamente en ese lugar. Luego, cuando por fin sobrevolé el Orinoco en un avión comercial, por un instante desconfié de mi recuerdo. Pero ver el río aplastado en la tierra, brillante, ancho, infinito, fue ante todo recuperar la confianza en todo lo que miré de niña. Porque el mundo verdadero es aquel que mira un niño.


¿Escribir no será, para Duras, seguir mirando la superficie del Mekong, allí, sobre el transbordador, entre Vinhlong y Sadec, surcando las planicies de barro y arroz? El lector creerá que era demasiado pobre para estar buscando cosas de la infancia, los niños muertos por la peste, el hambre endémica, la miseria, los mosquitos. Los blancos empobrecidos de las colonias francesas, llamados los golfos blancos, que se daban el lujo de tener criados para servirse una triste ración de comida, a veces caimanes, a veces algo menos. Vender los muebles para poder comer. ¿No fue, acaso, coqueteando con la prostitución, valiente y avergonzada, que Duras conoció el amor?

Muy pronto en mi vida fue demasiado tarde. A los dieciocho años ya era demasiado tarde. Entre los dieciocho y los veinticinco años mi rostro emprendió un camino imprevisto. A los dieciocho años envejecí.

Su amante chino, su madre desmigajada (a quien llevaba la ventaja del placer), sus hermanos, la guerra, cada cosa, siempre sobre el agua. “El mar está todo escrito”, dice Margarite. Y aunque confesará que los colores de la infancia tiene los colores de la guerra, sin embargo, son los colores del agua: en suma, los colores del miedo. Cuando Margarite Duras mira el río o el mar, también mira el miedo. El miedo y el agua tienen la misma sustancia. Miedo al hermano mayor, miedo a la guerra, miedo a la muerte, miedo a la miseria, miedo al agua que arruinó los terraplenes de arroces de su casa en Hanoi, miedo al agua que cercaba la tierra. Siempre contemplará ese miedo en el agua, luego en el Sena, en la novela Emily L. (Tusquets, 1988). El agua, a veces mansa, a veces irreconociblemente violenta.

De todas formas lo que fue absolutamente suyo fue su cuerpo. Su cuerpo Indochino. No escribió nunca fuera de él, del deseo, por parecerle que cuando las mujeres no escriben desde el espacio del deseo, no escriben, están plagiando. ¿Cierto? ¿Falso? ¿A quién le importa? Su cuerpo fue su silogismo. El gran miedo de Margarite, el miedo a sí misma desde la pubertad. A lo mejor no estamos de acuerdo con palabras tan determinantes (¿valientes?), pero estoy segura que sí estaremos de acuerdo con una sentencia devastadora de Margarite: tanto si se ama como si no se ama, siempre es terrible. ¿O no, querido lector?