sábado, 9 de julio de 2016

SOBRE EL VERBO DEPILAR-SE

por Sol Linares
sol.linares.r@gmail.com

  

                                                      PRIMERA PARTE:
                                                             EL PELO

(Sonido de violines chirreantes. 
Si usted prefiere, los mismos violines 
que se escuchan en Psicosis, 
en la escena de la ducha, 
cuando asesinan a Marion Crane).

      Aparece el primer pelo en la axila de una niña, y la niña, aterrada, presiente que debe guardar aquel sucio secreto. Ya no será la misma jamás. El pelo estará vigilando su tiempo, contando los minutos que quedan de su infancia. Durante algunos días se siente vigilada por dentro. Juega a la veterinaria, juega a la mamá, juega a la maestra. Por mucho que juegue nada la distrae de un sentimiento amenazante: el pelo es un intruso que separa el pasado del futuro. Mientras juega siente que es su primera estafa; todos creen que es la misma niña pero hay un pelo en la axila quitándole ese derecho. Se sube a los árboles y allí, metida entre las ramas, llora porque el pelo está sembrado en su carne. Pero un buen día comete el error de creer que su madre es su amiga, y corre a llorar entre sus brazos. Con la cara llena de lágrimas le muestra aquel horroroso pelo. He allí que todo empeora. Porque la madre observa el pelo y pega un grito de alegría, y dice lo que la niña ha temido escuchar: ¡pero si ya eres toda una mujer! Entonces a la madre se le ocurre exhibir aquel pelito a toda la familia, a Juancho, a Polo, a Arquímides, a Lola, todos vienen a ver el pelito de la niña. Hay risas y aplausos. Incluso el tío más querido le ofrece un billetito:
            ―Para que te compres una chupeta.
El pelito de la totona trae consigo la misma cadena de incidentes. Suerte que la madre no pueda mostrarlo, pero igual susurra a sus hermanas: “la niña ya tiene un pelito en el chocho”. Así se vive la historia del primerísimo primer bochorno. Así de ruidosos somos todos para celebrar el crecimiento. Con luces, vinilos, aplausos y flashes. Sube el telón, un pelo aparece. Baja el telón, la gente ovaciona. Sube el telón, aparecen muchos, muchos pelos negros y gruesos como una turba de jornaleros nigerianos. Baja el telón, la vida continúa. Sube el telón, aparece una dama depilándose obsesivamente.
―¡Es que uno se afeita los pelos y los desgraciados vuelven a salir!

SEGUNDA PARTE:
 Pelo, cultura y placer.
      Nos guste o no, la depilación obedece a las corrientes estéticas de cada época y al territorio cultural de los pueblos. Si levantamos las faldas de la historia, veremos que en la antigua Grecia depilarse era un signo de distinción social. Las indias practicaban el “método del hilo”; las turcas se depilaban en baños públicos llamados hamams; las romanas usaban pinzas o volsellas y ceras fabricadas con resinas y breas. De esto nos da señales la escultura y la pintura, tanto que ni siquiera a Boticcelli se le ocurrió ponerle pelitos a Venus en pleno Renacimiento. Pero es que ni la Venus de Willendorf, esa estatuilla hallada a orillas del Danubio hace una veintena de miles de años, tiene pelos.
Si alguien levanta las faldas a Las Meninas encontrará un mundo, o a las mujeres que participaron en la Comuna de París, o a las que apoyaron la Primera Internacional, o a las chicas que asistieron al Woodstock en 1969, o a las Madres de Mayo, o a las judías, a las cristianas. ¿Por qué las mujeres mostramos tanta obsesión para depilarnos?
―Perversión ―dice Freud. 
―Para sentir más placer ―dice la señora que vende nísperos en la calle.
―Por higiene ―dice una mujer subiendo a un taxi.
―Por parecerse a la actriz porno que me gusta ―dice un cura.
―Porque no existe ―dice Lacan.
―Para mamarla mejor ―dice Jodie Foster.
―Por nobleza, dignidad, constancia y cierto risueño coraje ―dice Hanna Arendt.
―Qué lástima que para llegar a Dios, haya que pasar por la fe ―Dice Cioran, y nadie le entiende.


TERCERA PARTE:
ESTÉTIC-AY

          Hay un mundo debajo donde se practica la jardinería del amor. Entonces higiene, humor, estética y erotismo adoptan formas insospechadas; el look depende de cuán conservadora o subversiva sea la amante. Los estilos más populares son los siguientes:
El Tradicional: se consigue practicando una poda moderada con la tijera de cortar cartulina. Queda como un prolijo campo de golf. Nada se ve. Pero nada se esconde.
My Little-child: deja en los cuerpos maduros el pubis de una niña de cuatro años, resultado que suele aprovecharse velozmente pues en cuestión de días el pubis estará tan rasposo como la piel de un puercoespín.
El punketo: Muy de moda en los 90’ y práctica de mucha enjundia. Al menos debe serlo depilarse cuando se tiene un piercing en el clítoris o en alguna otra parte de interés, nadie sabe si esta depilación tiene un final feliz, lo más probable es que todas las punketas queden trasquiladas.
El Pitagórico: Demuestra preferencia por los trazos geométricos, requiere de buen pulso y un curso general de dibujo técnico. No falta quien la muestre y diga: ¡Mira, me hice un hexágono!
El Hitleriano: Consiste en dejarse un pequeño y ridículo bigotito en la base alta del triángulo sexual. Es aconsejable peinarlo con un cepillo de cerdas rígidas minutos antes de ejercer la oratoria y ―esto es muy importante―,  no es nada, nada prudente mostrarla, no sea que algún idiota la reconozca y grite: ¡Mein Führer!, y en adelante comience a arrastrar millones de adeptos hacia algún pendejo desbarrancadero histórico.

Marxista: Look muy germánico y circunspecto, de carácter frondoso, largo como las mismas barbas de Marx. Consecuente con este tipo de corte, los orgasmos serán dichos en alemán, almzmunichvugsment. Si escupe mientras habla, no tenga cuidado, el amante lo verá erótico y también la escupirá.
Estilo Mammas and Pappas: Expertas en el folk rock, contracultura y antipsiquiatría, se llevan peludas, pero peludas, y son útiles para guardar enseres, botones, secretos y billetes (se dice que un hombre perdió el dedo en una de éstas y nunca se lo regresaron).
Gospel-look: Cada afro es un mundo. Este estilo guarda culto principalmente a Aretha Franklin y Clara Ward. Las amantes son tan felices que cuando alcanzan el orgasmo es normal que entonen con tanto entusiasmo la canción “I say a little prayer” que los vecinos responden con el coro desde las ventanas de sus casas: forever, forever, you’ll stay in my heart, and I will love you.
El Hannibal Lecter: Se refiere más a la elegancia de una tortura que al resultado estético. Es un espectáculo de la psicopatía y se luce por recursos sofisticados como dolorosos: El papel de cera, amado verdugo en los salones de belleza, se pega al triángulo sexual y luego ¡zás!, se jala de un solo golpe. Después es cuestión de la muchacha recuperar la piel o el alma en el papelito. Este minoritario grupo de mujeres se reconoce al instante, en primer lugar por el aspecto fantasmal cuando salen del spa, y porque en dos semanas no paran de temblarle las manos y tienen el inconveniente serio de no poder comer con palillos chinos.
Hello Kitty: Una apariencia en forma de corazón. Las más kittianas terminan el tocado con un moño de papel lustroso para regalos.
             Look Martin Escasezes: Refiérese al trasquilado que lucen las damas de los pueblos donde hay escasez y no se encuentran afeitadoras. Un peladero por aquí, un montoncito de pelos por allá. Este look, y su compañera la foliculitis, es el más común en las venezolanas hoy día. Lo cierto es que cuando un venezolano la ve, dice con su característico sentido del humor: “No me digas, te estabas afeitando y en ese momento recibiste una llamada telefónica”.
            El look star wars: Con sólo pintar de amarillo rojizo los vellos púbicos, que para tal caso deben estar largos-largos, quedará lista para un selfie: entre los muslos de su amada la mismísima cara de Chewbacca.

           En fin, hay muchos, muchos más cortes y estilos dedicados a la zona de confort donde empieza el mundo. Pero como quiera que sea, trazamos en ese pequeño campo amoroso la gracia de una ofrenda; qué importa si el bosque no deja ver al árbol, si es arena o roca ígnea. La mano que dirige la hojilla, el láser o la cera, oculta o revela la habitación donde duerme el instinto.