lunes, 15 de agosto de 2016

TULIO CARRANZA: "SER HONESTO TE DISCAPACITA"

Por Daniel Linares
@danolinares

La tristeza del Tulio Carranza por su tercer divorcio me llevó al obsesivo deseo de entrevistarlo. No es para menos: después de haber cumplido los 61 años, su nuevo fracaso amoroso tiene el sabor de la novela El viaje vertical de Enrique Vila-Matas, aunque, en el caso de Don Tulio, la causa de su imprevista separación responde a un argumento distinto: "Es que sufro la maldición de ser honesto", comentó.


Carranza es un dramaturgo injustamente desconocido que promociona sus dramas personales más que cualquiera de sus obras. De modo que antes de enterarme de su última producción teatral, Confesiones de un viejo verde, ya sabíamos sus amigos de cafetín que la muchacha de 30 años lo había abandonado no por verde ni por dramaturgo, sino por su incapacidad de sostener una familia en un país donde el oficio de escribir parece inferior al oficio del pícaro.

Nuestra conversación, a la que accedió por venganza más que por egocentrismo, pudimos sostenerla en casa de su madre, justo en el lugar donde una vez más este hombre desempacaba sus pertenencias: cajas atestadas de libros, diplomas, suvenires y algunos vestuarios y elementos de utilería de sus obras más memorables. "El problema de mudarse es que siempre te recuerda lo que eres", alcanzó a decirme.

Dejé por sentado entonces que mi interés central por entrevistarlo se debía precisamente a este comentario, y no al afán de subrayar cualquiera de sus propuestas estéticas.

D.L: En una ocasión te escuché decir que tu obra es una mordaz crítica que parodia los peores hábitos del venezolano, y que tus personajes son el reflejo de la caricatura en la que estos hábitos nos han convertido en los últimos años. ¿Dónde queda Tulio Carranza en la caricatura de esta época?

M.C: Cuando yo hablaba de caricaturas, aludía a una obra en particular: Tetonas y malditas, donde intenté valerme de la caricatura, de un tono más visual que dramático, para acentuar la realidad de un país donde, aun con una economía en crisis, las peluquerías, los centros de manicure y las cirugías estéticas no dejan de ser un negocio próspero. En ese contexto lo caricaturesco se presenta en la mujer que se hincha las tetas, la boca y el culo, por un afán de aceptación consigo misma o de otros. Yo quise exponer los contrastes: para algunas mujeres la caricatura de sí mismas es una condición de vida o muerte, una necesidad existencial perfectamente válida; para otras una puesta en escena de su condición femenina culturalmente colonizada, y para otras una payasada, en la misma medida en que aún siendo bellas, necesitan remarcar su belleza, exagerarla, hasta el punto de destruirla. Pero ya esto está dejando de ser un asunto exclusivo de las mujeres, también los hombres, algunos incluso de talante público, se han convertido en la caricatura de aquello que física o espiritualmente lo atormenta. Mi referencia a lo caricaturesco es para esta obra, no creo que en otras se repita la misma fórmula. Ahora, y para responder a tu pregunta, yo creo que todo creador es víctima de sus propias ficciones. No solo en el instante en que está creando, no por el esfuerzo que eso implica, sino porque sus personajes, sus anécdotas, o los conflictos que plantea, son una proyección quizá fantasmal de la realidad en la que el artista es su víctima más sensible. Yo no puedo escribir una obra de teatro sin antes ser un espectador de esa realidad. Una mujer de tetas operadas hace de sí misma un personaje. Se viste, se maquilla, sus tetas son utilería. Luego sale a la calle e interpreta un personaje. Cuando yo la veo caminar, cuando me topo con ella y sus tetas, entonces soy un espectador. Estoy dentro del espectáculo de una actriz que encarna el deseo más inaccesible. Exagero, claro, pero te repito: es caricatura.

D.L: Sin embargo, en el resto de tus obras siempre hay pícaros, vivarachos o aprovechadores de oficio con la misma intención de énfasis. En Putibar C.A, que es una historia de amor, también haces uso de la caricatura.

M.C: Tienes razón. No puedo negarlo. Cuando leí de Rosa Montero, en La loca de la casa, que en sus novelas orbitaba siempre la presencia de un enano, o de una persona de baja estatura, comprendí que los artistas tienen obsesiones que muchas veces no se reflejan en un plano consciente. En mis obras siempre hay un venezolano que quiere joderse en el otro. Siempre hay un pícaro, un malandrín, un tramposo. Por lo general son personajes de relieve, excepto en Doctor, brujo y buhonero, que es una obra donde el personaje central coloca en perspectiva la viveza criolla como fenómeno cultural.

D.L: Antes de esta entrevista, me dijiste que sufres la maldición de ser honesto. ¿Tiene que ver esto con algunas de tus obsesiones creativas?

M.C: Por supuesto. Acabo de divorciarme por esa misma maldición. Muchos pudieran pensar que la maldición en este caso no radica en la honestidad, sino en el problema del artista. Es decir: en su incapacidad histórica para sostener relaciones sentimentales duraderas, sólidas, y donde el artista forma parte de un montaje escénico donde hay un trabajo, una esposa, una casa, un jardín, un perro, unos hijos. Yo no me refiero a esto. Al menos no en su totalidad. Hablo de la honestidad no solo en el artista, sino en cualquier tipo de persona que debe arrodillarse ante la realidad de un país donde el pícaro o el estafador son los que tienen mayores probabilidades para sobrevivir en medio del desastre. Sobreviven, aclaro, no quiero decir que son más aptos o mejores personas, ni mucho menos que son más felices que el resto. Las circunstancias nos tuercen los principios. Las necesidades materiales, las más básicas, cuando no están dadas las condiciones para satisfacerlas, hacen que del individuo traicione sus principios o que exponga lo que realmente ese individuo es en el fondo. En este sentido, ser honesto te discapacita. Si eres fiel a tus principios, si eres moralmente competente, si pretendes mantenerte al margen de toda ilegalidad, por muy pequeña que sea, entonces sufres la discapacidad de no saber cómo enfrentar la crisis, cómo surtirte de alimentos, cómo sobrevivir en una economía cuya dinámica es impuesta, en la práctica, por un buen grupo de hijos de puta.

D.L: ¿A qué tipo de personas te refieres?

M.C: Permíteme generalizar. Aquí el pueblo venezolano entero tiene sus responsabilidades. Pueblo somos todos. Me niego a aceptar que los partidarios de un grupo político sean más pueblo que los partidarios de otros grupos. Tampoco acepto que al buscar culpables solo pensemos en políticos o empresarios, o en factores extranjeros, y que excluyamos o ignoremos las responsabilidades del pueblo llano, de la gran masa anónima que conforma la totalidad de la población de este país. Sería un reduccionismo. Un forma de reducirnos a nosotros, pueblo, en víctimas; y dejar a los políticos o empresarios como victimarios. A nosotros, pueblo, en pendejos; y a los políticos y empresarios como eruditos, como dioses, como redentores. No. Aquí el pueblo es uno solo, y también tiene sus responsabilidades.

D.L: ¿Podrías dar un ejemplo?

M.C: Voy a decírtelo de esta manera: una vez leí que García Márquez, al regresar de su viaje por Europa del Este, cruzó algunas palabras con una familia checa. Alguien, un francés, hizo a esta familia una confidencia: que en París había un lugar donde se cambiaba dinero checo a un precio tres veces más alto que el oficial. El checo se negó. Le dijo al francés que aquello perjudicaba en menor o mayor medida la economía de su país. Fue categórico, como todo acto de amor. Con este ejemplo yo voy a hacerte también una confidencia: yo creo en este tipo de nacionalismos. Creo en el amor hacia un país desde las pequeñas cosas. Y creo también que un país se destruye con las pequeñas cosas. Las pequeñas cosas, los detalles, los más ínfimos comportamientos que sumados unos con otros marcan el comportamiento de un país y que al final de cuentas determinan el curso de su historia. Todo país comete errores en lo pequeño y en lo grande. También tiene aciertos en lo pequeño y en lo grande. Y en esos errores, tanto como en los aciertos, el pueblo llano es responsable de sus causas y consecuencias. El pueblo no es del todo inocente. Quienes rasparon cupos, quienes desvían capitales, quienes crean empresas de maletín, quienes especulan, quienes compran comida o medicinas y las revenden a un precio hasta diez veces más alto que el oficial, también forman parte del pueblo venezolano. Un delito menor, cometido por un oficinista, es igual de reprobable cuando el mismo delito es cometido por un político de renombre. Lo peor es que en una circunstancia como la actual, corremos el riesgo de que los delitos menores comiencen a naturalizarse. La incertidumbre nos hace parte del inmenso tejido de ilegalidad que impone sus propios métodos y dinámicas para que esta sociedad funcione.

D.L: Aún cuando comprendo las responsabilidades que tenemos todos en la actual coyuntura, tengo la impresión de que consideras a Venezuela como un país de bandidos. Ese es el problema de generalizar.

M.C: Olvida un teléfono celular, una tableta, una computadora portátil en cualquier espacio público, sobre la mesa de cualquier cafetín, en la butaca de cualquier sala de cine, en el pupitre de una salón de clases, y te darás cuenta de lo que trato de decirte. Nadie va a devolverte tu teléfono. Harán lo imposible por quedárselo, aún cuando no les pertenece. Pero si acaso ocurre el milagro de que te lo devuelvan, como de hecho me ha pasado, debes retribuir el favor en dinero. Ahora bien, con esto no quiero decir que esto tenga su contraparte. No quiero decir que no hay personas honestas. Sí las hay. Yo conozco muchas y estoy seguro de que la gran mayoría del pueblo venezolano está guiada por la buena voluntad. El bandidaje conforma la minoría, y como siempre, es la minoría la que impone su criterio y la forma de hacer las cosas. Entonces nos discapacitan socialmente. Nos hace torpes, neuróticos, quejumbrosos, rabiosos, nos resta lucidez. Una minoría de bachaqueros, de tramposos de oficio, cualquiera que sea su índole o el uniforme o carnet que porte, puede inmovilizar a la mayoría. Puede discapacitarla. Pero aclaro: este es un problema cultural y también de paradigmas. Sufrimos el peso de una cultura rentista y los paradigmas que ésta genera: el paradigma del comerciante, el paradigma del político, el paradigma del pobre, el paradigma del burócrata, el paradigma del militar, el paradigma de las secretarias. Vemos estos monolitos como estamos acostumbrados a verlos: con indiferencia, resignación, adoración y a veces con indignación. No de otra manera. La sociedad venezolana funciona de acuerdo a fronteras bien delimitadas. Es un anticuario. Una forma de ser que ya no nos sirve. Un problema ontológico.

D.L: ¿Acaso no es petulante y contradictorio decir que sufres la maldición de ser honesto?

M.C: Sin duda alguna. Soy un arrogante, un manojo de contradicciones y además un mentiroso. No soy totalmente honesto. Como cualquier ciudadano de este país, estoy condenado por omisión e ignorancia. Aquí la gente piensa que las únicas leyes que nos regulan son las del Antiguo Testamento. Parece que se nos olvida que existe un Estado obligatoriamente nuestro, que se expresa mediante un estamento jurídico como la Constitución, y que de ésta se desprenden un buen número de leyes orgánicas y otro tanto de normativas. Ahora bien, pregunto: ¿tienes idea de las leyes que tú mismo infringes cuando sales de casa al trabajo? ¿Tienes idea de las leyes que infringes incluso cuando te quedas en casa? Sea por omisión o ignorancia, cualquiera que se haga así mismo un examen de esta índole quedará como un delincuente. Tendría que ponerse a derecho. Luego entonces nos cae como un ladrillo el Nuevo Testamento: quién esté libre de pecado que lance la primera piedra. Entonces dime: ¿quién la lanzará? ¿Quién? De hipocresías como éstas nos vestimos todos los días, y lo que es peor: con hipocresías como éstas fomentamos en lo pequeño, desde nuestros delitos menores, una cultura de la impunidad.

D.L: Si lo que dices es cierto, tendríamos a más de la mitad de la población en tribunales y estaríamos obligados a construir más cárceles que instituciones educativas.

M.C: Yo construiría más instituciones educativas que cárceles. Pero escuelas verdaderas, no cárceles disfrazadas de escuelas.

D.L: Galeano dice que la impunidad premia el delito, induce a su repetición y le hace propaganda: estimula al delincuente y contagia su ejemplo.

M.C: Galeano tiene razón.



domingo, 7 de agosto de 2016

ENTREVISTA CON LA NÁUSEA

Por Daniel Linares
ezkhritos@gmail.com







Maricusa Zué es un clown, trabaja en las calles e interpreta a la náusea. En su paso por Valera, antes de tomar rumbo a Mérida, tuve la oportunidad de presenciar uno de sus espectáculos más inverosímiles: sentada sobre una silla, frente a un revólver de juguete, y mediante una cadena de acciones tan sublimes como brutales, cumplió con el insólito objetivo de que al menos un espectador se fuera en vómito en plena vía pública. Yo, que estuve allí, también caí en la trampa. Sentí náuseas. Aunque preferí aplaudir.

Accedió a una entrevista con la condición de que nos viéramos a puertas cerradas en el cuchitril que la albergaba. La cita fue pautada para el sábado 23 de julio, por la tarde, en un hotel de mala muerte que era frecuentado por amantes desahuciados y tirones de primera línea. Fue en este lugar donde me recibió desnuda, con un cigarrillo en una mano, y con el aliento tipo gourmet de una mujer que había mezclado vodka con cerveza, tabaco con café, y su soledad con una hamburguesa.

Todo era natural. Incluso sus piernas largas, en cuya juntura se escondía una vaginita fruncida sin ánimos de lujuria, parecían andar por la habitación con la solvencia de una actriz que tomaba la desnudez como un vestuario confeccionado hacía 46 años. Tenía unas tetas de pezones estrábicos que se erguían lácteos y marmóreos sobre un torso bien tallado. El cabello, recogido con un par de peinetas españolas, algo desencajadas, también destilaba fragancias de insomnio.

Yo vi un rostro hermoso. Errante y golpeado por los años, pero hermoso. Cuando noté su labial chorreado pensé en Miles Davis. Sentí que su voz venía de un saxofón. Hablaba como si tuviera el espíritu contenido por un delicado y musical ataque de asma. Y sus ojos, esos ojos tristes y angustiados, tenían el cariz de una dulce asfixia. Aquella actriz, con más de 50 mil visitas por cada video en Youtube, y seguida ampliamente en redes sociales, había tomado mi entrevista como una puesta en escena más. Siempre fue un personaje.

D. L: Cuando aceptó usted esta entrevista, dejó claro que sus representaciones teatrales no eran solo las de un Clown, sino que respondían también a actos de magia. ¿Podría explicarme esta relación?

M. Z: En concreto todo acto de magia es una representación teatral. Hay una puesta en escena, hay una interpretación, un personaje, y una dramatización bastante sagaz del engaño. El mago hace que lo imposible sea demostrable. Con esto tiene el objetivo de sorprender, de capitalizar el asombro. Mi trabajo tiene que ver con un acto de magia y al mismo tiempo con una representación teatral: cuando yo hago aparecer la náusea y su consecuencia más inmediata, el vómito, empleo la misma astucia de un mago cuando extrae un conejo de su sombrero. Lo curioso es que en mi caso no hay prestidigitación alguna. No hay engaño. La náusea está allí, en el sombrero de cada quién, en la garganta de cada quién, atravesada como una bola de pelos, y basta con una buena carga de sugestión y de tensión de dramática para que el público participe o se involucre desde su propia visceralidad. Cuando esto ocurre, cuando al menos un espectador vomita como consecuencia de su expectación, entonces se cierra el telón. Se cumple con el objetivo.

D. L: Esto la hace una intérprete particularmente efectiva para transferir al público el suspenso, la tensión dramática, o la angustia central de un relato que puede ser desquiciante. ¿En qué medida la náusea o el vómito son objetivos de la creación artística?

M. Z: Toda obra de arte se conecta con tu emoción. Con tu sensibilidad. También con tus juicios, razonamientos, con tu mirada del mundo y hasta con tu cuerpo. Permíteme este ejemplo: si un filme pornográfico no se conecta con tu genitalidad, si acaso no te despierta un mínimo de lascivia, entonces no es pornográfico. Con esto no quiero decir que filmes de este tipo sean producciones artísticas. Al menos no por ahora. Yo estoy desnuda, contigo, en esta habitación, pero no estamos ante una circunstancia sexual. Es mi puesta en escena para una entrevista. Pero si te hubiera recibido con un beso o te hubiera tomado de los huevos, entonces esta conversación la hubiéramos sostenido después del orgasmo. Lo que quiero decir es que así como hay literatura, tallas, composiciones musicales y puestas en escena que despiertan sentimientos, emociones; que te pueden conmover hasta el llanto u ofenderte hasta la rabia o la indignación, hay también obras que pueden conectarse con tu náusea, con tu angustia, y que así como las lágrimas son resultado del dolor, la tristeza o el espanto, y la risa resultado de la alegría, así el vómito es el resultado de tu náusea, de tu angustia, de tu insoportable condición humana. En realidad, el hecho de que un espectador, o dos, o tres, o todo el auditorio vomite, no me hace extraordinaria ni talentosa. Me hace apenas un instrumento, una pinza, un reactivo de laboratorio. La náusea vive en ti, en mí, en todos. No es como la compasión, la ira o la violencia; no lo es porque la náusea no está condicionada por mecanismos morales.

La náusea es esa reacción involuntaria de un vacío que no comprendes, es incertidumbre, es resultado de la agresión diaria con la cual te comprometes por el simple hecho de estar vivo, aquí, ahora, en un mundo que ya no palpita en tu cabeza, ni en tu corazón, sino en el estómago. El vómito es la eyaculación de ese vacío. Lo cual es absurdo. Vomitas por congestión, por llenura, porque tu cuerpo necesita desechar algo. Pero en este caso, y esto quizá es lo peor, el vacío también es llenura. Tú no puedes albergar el universo dentro de ti. Sería una estúpida presunción, una muestra de soberbia. No lo puedes albergar porque no lo conoces. Y ese desconocimiento es nuestro peor sentido de vaciedad.

D. L: ¿Como preparas tu trabajo? ¿Qué elementos intervienen?

M. Z: Responderte sería como revelar los trucos de un mago. Pero, en todo caso, si googleas a Maricusa, tendrás respuestas más insólitas y mucho más lógicas de las que yo pudiera darte. Sin embargo, hay un asunto que podría mencionar: la náusea tiene sus propios escenarios y es más factible en determinadas circunstancias. No en todos los lugares aparece, ni en todas las circunstancias puede darse el vómito. Esa es la razón por la cual mi trabajo no puede realizarse en salas convencionales. ¡Imagínate! Tendría cada espectador que llevar una bolsita para que evacúe sus porquerías...

D. L: Pero, ¿consideras que ensuciar la ciudad, los espacios públicos, como parte del performance, es justificable?

M. Z: La ciudad ya es un vómito por sí mismo. Entiendo tu pregunta, es razonable. Pero vas preso de igual modo. La ciudad, como asentamiento humano, es un vómito. Ya te dije que el vómito es consecuencia directa de la náusea. La ciudad, entonces, es consecuencia directa de nuestra desesperanza e incertidumbre. De nuestros equívocos y fracasos. Mi trabajo es mucho más efectivo cuanto más inhumana, caótica y absurda sea la ciudad donde lo exhibo. Hay una hora y un lugar para esto: horas pico y esquinas atestadas de neuróticos. Entonces funciona. En una sala, con aire acondicionado, oscuridad, en una cómoda butaca, la náusea se diluye. Lo he intentado, pero con pocos resultados.

D. L: ¿Tiene que ver tu trabajo con Sartre o el existencialismo francés?

M. Z: Si la tuviera, no sería exclusivamente francés. Sería un existencialismo del Congo, de Bolivia, de Noruega, Dubai o el Tibet, de los hombres o mujeres que están en este momento orbitando el planeta en la estación espacial. No es Sartre; es la mujer preñada que tiene que hacer una cola para comprar alimentos, pero también la mujer preñada que en otros países siente el peso del mundo de maneras distintas y a través de otras entelequias. No es El extranjero de Camus, es el campesino, el transportista, el pescador, no de este país solamente, sino de cualquier lugar del mundo. Tiene que ver con la náusea inherente al ser humano. Con su complicada y asediada existencia, que es lo que a la larga determina su esencia. Con su ser y la nada, pero también con su ser y el todo, con su ser y lo mucho, lo poco, lo mediocre. Tiene que ver con todas las categorías y escuelas filosóficas de los eruditos y estudiosos, pero también con la existencia del Wayuu, del esquimal, del masai, de los chinos que compran a 14 dólares botellas de aire no contaminado a los australianos. La náusea no tiene ideología, ni religión, ni clase social, ni es chavista, comunista, o de derecha. Todos estamos angustiados y malditos. A todos el conejo nos brinca en el estómago, nos pellizca, nos sube por el duodeno, asciende y se nos atasca en la garganta.

D. L: ¿Cuál es tu náusea? O, más específicamente: ¿cuál es la náusea del artista?

M. Z: La misma a la de un astronauta que jamás pondrá un pie en la luna, o a la de un panadero que no puede hacer su pan. Luna y pan, esa es la náusea del artista. En ese orden. Que viene a ser común a la de todos. Héctor Manjarrez dijo algo muy cierto alguna vez: que todos volvemos a ser, si alguna vez lo fuimos, seres humanos. Antes de ser artistas, médicos o empresarios; antes de ser filántropos o hijos de puta, fuimos humanos. Si yo soy artista, ¿todos los demás son otra cosa? No. Soy Cristo o Teresa de Calcuta y los demás son otra cosa. No. Soy un político, un ministro, un parlamentario, y los demás son otra cosa. No. Si me da náuseas esta entrevista, si hablar demasiado de la realidad me congestiona, me aparto; voy, qué sé yo, a Mucubají, me siento frente a un lago y entonces soy feliz. Tampoco. El apéndice de mi náusea es la memoria. Recordarme, aun cuando el arte me permite transitar por una realidad alternativa, igual me despierta la náusea.

D. L: ¿Es de las artistas que desdeñan lo trascendente?

M. Z: No está dentro de mis intereses artísticos. Te repito: el hecho de que sea una artista no me hace diferente al otro. Es un fetiche social. Una especie de disociación entre las tantas que existen.

D. L: ¿Cuál es su opinión sobre lo que muchos consideran el arte comprometido? ¿Su trabajo está al servicio de una ideología?

M. Z: Todos, conscientes o no, estamos al servicio de una ideología. El artista no es la excepción. 
Lo que todo artista debe preguntarse más bien es si su trabajo está al servicio de un conjunto de ideas, personales o colectivas, o de personas de carne y huesos, igual de defectuosas, que se atribuyen esas ideas para justificar una condición política o de partido. Yo no creo en esa ni otras servidumbres. El arte no puede estar al servicio del poder. No puede incluso depender del poder para que sea posible. De lo contrario se genera una relación de dependencia, luego es una relación opresiva. Los políticos también responden a la inestable, dudosa e impredecible condición humana. Si yo pongo mi trabajo al servicio del poder, entendiendo que el poder lo ejercen mujeres y hombres, entonces estoy comprometiendo mi trabajo a la inestable, dudosa e impredecible condición humana. Cualquier equívoco, atrocidad o perversión política, me salpica. Me condena. Me hace parte de los errores de terceros.

D. L: ¿Tu compromiso, entonces?

M. Z: El arte y su soledad. La creación artística y su desconfianza. Su inconformismo. Todo esto se nutre de la desesperación, de mi propia náusea. Es lo único que a la larga me pertenece. Estoy obligada a entenderme. Soy un escenario, pero también soy una espectadora de mí misma y del público. El espejismo está allí, cercano siempre al horizonte. Nos vemos en aquello que no existe. Lo hacemos nuestro. Nos inventamos. Es digno después de todo.  



Post scriptum: Maricusa fumó tendida en la cama durante la hora en que duró nuestra conversación. Parecía una lonja de pescado sobre el colchón. Sin espinas. En un rincón, recuerdo, siempre hubo un conejo de ojos púrpura mirándome insomne. Todavía hoy el truco se me hace inexplicable.       

viernes, 5 de agosto de 2016

BUTACA Y ELECTROSHOCK

Por Sol Linares
sol.linares.r@gmail.com

                            
 Yo voy al teatro para verme en escena,
[...] tal y como yo no sabría —o no osaría— verme o soñarme
 y, sin embargo, tal y como sé que soy.

Jean Genet




¿Sabe usted? Hay un teatro en la ciudad de Valera. ¿No lo sabía? No. No es el teatro “Ana Enriqueta Terán”, hotel cinco estrella de palomas, tutecas y cucarachas, y a veces, salón exclusivo donde religiosos rezan, lloran y reciben al espíritu santo en forma de ataques epilépticos. Me refiero al Teatro Nacional Juvenil, ahora casa del Teatro “Pilar Romero”. ¿Lo conoce usted? Está ubicado en el ombligo de la ciudad, cerca de todo: un semáforo, un banco, una estación de gasolina, un supermercado, un boulevard horroroso cuya belleza llega en el instante en que florecen los apamates una vez al año, y caen las flores rosadas encima de los transeúntes, los borrachos, las putas, los ancianos y los libros usados de F.

He ahí un pequeño oasis. Entramos al teatro y la ciudad, con todas sus miserias, desaparece. No sólo viene a ser la única “institución” activa cuyas propuestas artísticas permanentes arropa la gerencia cultural de alcaldías y gobernaciones (nulas y de muy mal gusto) sino que además, se trata de un lugar único en su especie, sembrado en una polis que sólo entiende su dinámica social desde la compra y venta de mercancía. Ciertamente no es poca cosa. Hablamos de un estilo de vida del valerano monótono, incipiente y aburrido, atascado en la visión del mercachifle, del vendedor de algo, del bachaquero, del truquero, cuya única forma de catarsis enriquece a los dueños de bares y a los propietarios de cinex, en el C. C. Plaza. Parece que alguien convenció a los ciudadanos y a los alcaldes de que existir consiste en vender, comprar, beber y ver películas de Batman. ¿Entendemos la belleza de tener un teatro en una ciudad donde todo proyecto de envergadura consiste en la construcción de un centro comercial? ¿Tiene usted idea de la importancia que puede tener un teatro en una ciudad donde cada hueco baldío que hay es tapado con tiendas, zapaterías, boutiques? Ahora comprendan nuestra desesperación cuando, quienes vamos a disfrutar de una pieza teatral en el TNJ de Valera, lo hacemos con esa desolada y nerviosa actitud de quien satisface la necesidad de ir a un museo de arte, a un serpentario, a un museo de ciencias, a un acuario, al observatorio, a una Orquesta, a un buen café, todo en una noche.


Pues bien, el teatro es el lugar donde las lágrimas de virtuosos y malvados se mezclan por igual. Frase dramática y contrastante que por supuesto no es mía ―no soy tan brillante―; son palabras de Diderot, ese pensador y dramaturgo francés que le pellizcaba las piernas a Catalina II allá en Rusia. Si nos concentramos en las palabras de Diderot y olvidamos este chismecito vulgar del siglo XVIII, veremos que el teatro sigue teniendo la capacidad de reunir la misma cantidad de personas como lo tienen los más conmovedores eventos humanos. Nos revolvemos los malos con, por ejemplo, ustedes los buenos. Nos reímos y lloramos y nuestras carcajadas y lágrimas por primera vez están siendo acompañadas por desconocidos, ocultos en la oscuridad de las butacas, donde nuestra identidad pierde, por algunos minutos, su pesada altivez.


Muchas veces hemos ido al teatro de Valera a recibir electroshock en una de sus butacas. A llorar de la risa, a llorar de llanto, a reflexionar, a ver el espectáculo de nuestras contradicciones iluminadas debajo de las claraboyas. Ahí, un grupo de sobrevivientes a todas las crisis y todos los gobiernos, construyen singulares máquinas de vida. El abuelo, Frank, Juan, Asdrúbal, Chepi, Mislet, Carmen, Anni, Fernando, Silvia… Son varios estos delincuentes contra el hastío. Mientras usted y yo trabajamos, dormimos, amamos, hacemos cola, en la sala del teatro hay gente leyendo, memorizando textos, escribiendo, pegando botones, cosiendo, reparando luces, actuando la misma escena una y otra vez. Luego, una buena noche se abren las puertas y están los mismos actores, las mismas actrices, dándonos la lección más inútil, escandalosa e imprescindible: Valera merece arte, merece belleza. Disculpen si hay un gesto insoportablemente dramático en estas frases, pero es que somos herederos de Sófocles y Lupita Ferrer, qué se va a hacer.

Lo cierto es que atornillados en esas butacas hemos visto piezas con variedad de propuestas estéticas y filosóficas. Por ejemplo, la inolvidable “Ellas, y un hielito por aquí”, honesta, vibrante y crítica. “El evangelio de Sodoma”, una poderosa, versátil y angustiante obra que puso ante nosotros la naturaleza de nuestras propias y solazadas perversiones a través del Marqués de Sade. La deprimente y lúcida pieza “Cuatro tangos y un funeral”. Etc. De sus últimas puestas en escena está fresca en nuestra memoria “Se solicitan criadas”, basada en la controversial pieza teatral de Jean Genet titulada “Las criadas”, y que versiona exitosamente el dramaturgo y joven actor Juan Viloria, adaptando al presente venezolano una idea original que surge en otro continente, con otros dramas. 



Éste es precisamente el milagro de todo arte: su constante actualización. Porque, cuando una pieza teatral estrenada hace más de sesenta años en París puede ser entendida, cotejada en pleno siglo XXI, nos recuerda que la historia continúa haciéndose desde el mismo sustrato de las pasiones, las miserias, y el sufrimiento de los seres humanos de cualquier época, en cualquier parte del mundo. 



jueves, 4 de agosto de 2016

SOBRE EL VERBO EVOLUCIONAR

Por Sol Linares
sol.linares.r@gmail.com




Llegué a Peraza a cubrir la noticia de que la especie humana comenzaría un nuevo proceso de evolución genética. Cuando el jefe refirió el motivo de mi vuelo a Barinas, vacilé. Me pareció que decía: anda y graba la forma en que una tuteca desarrolla de nuevo la cola que perdió en un ataque. Está chiflado, murmuré, pero como en este mundo todos lo estamos y, como no hay noticia que no tenga ese matiz de absurdidad, al día siguiente ya estaba recuperando mi equipaje en la correa rodante del aeropuerto.
Esperaba encontrar el pueblo tomado por comunidades científicas nacionales e internacionales. Para mi sorpresa, no había miembros de ningún gremio, ni científicos, ni camarógrafos, ni reporteros, ni entes gubernamentales. Ni siquiera un puto mormón gringo. No había nadie. Pisé un pueblo como soñado por Juan Rulfo, y perdonen los escritores este lugar común de la desolación.
—A Peraza la vaciaron —dijo el chofer del jeep que me trasladó esa mañana—. Dicen que quien entra, no sale.
Desde entonces me ha tocado dormir en la habitación de un hotel abandonado. Llevo días aquí, azotada por el calor y una ventisca agridulce.  Doy paseos por el lugar. Investigo, bostezo y anoto en la libreta todas mis impresiones.

6  de abril de 2075
En la aldea no hay nadie. Ni un alma a la redonda. ¿Dónde están todos? El pueblo sigue en pie sobre la tierra anaranjada y alcalina, sin embargo, algo vació al pueblo. Ni siquiera hay monos en la plaza jugando con la basura de las cestas. Transito las calles. Tampoco hay gente en la casa del Corregidor. Ni policías, ni indigentes. Estacionadas en filas quedaron las bicicletas. Fuera de esto no hay signos de vida en el pueblo, apenas grupos de membrilleros silvestres que crecen por los corridos, oponiendo resistencia al calor.
   
8 de abril de 2075
Mediodía
El viento arrastra una bola de pelos por los adoquines de la plaza.  La veo girar, hacer un recorrido de pocos metros, hasta que una raíz superficial la detiene y allí se queda, crispada. Son muchas, centenares de bolas de pelos. La brisa las mueve sin dificultad, pero la mayoría queda atrapada en el césped y producen montículos suaves en todas las extensiones sombreadas.

10 de abril
8:30 a.m
He regresado a la plaza después de caer toda la noche en un sueño profundo. Soñé con monos. Uno de los monos tenía barba blanca y un sombrero de aletas; creo que era Charles Darwin. En la plaza, avanzo la vista por la tierra. Es a los pies de los árboles donde hay más de estos mogotes. Camas y camas finas de pelos parduzcos sitiadas en los alrededores, como si hubieran esquilado no sé qué tipo de osos del cielo. La plaza guarda el silencio de un cigoto. Todo en general huele a embrión, a carne recién formada. Este olor me abruma, es el olor penetrante de un museo de niños fallidos.

14 de abril
Noche
Me ha brotado una maldita alergia en la piel. Tengo parches blancos. Pierdo cabello rápidamente. Me pica todo. Hasta los párpados me pican. Me habré rascado tan fuerte los ojos que se me han caído las cejas y las pestañas.
15 de abril
Estoy aislada en este pueblo. No hay señal móvil. ¿Qué hacer? ¿Cómo salir de aquí? Tomo asiento en una banqueta. Lo más popular de Peraza era su plaza llena de monos. Ahora sólo hay este gesto de primera vez en todas las cosas. Los monos no pueden haber muerto. Dicen que antes y después de la gente estaban los monos de Peraza. No sé qué hago aquí. Estoy metida en un vaciadero.
Mediodía
Me siento en la acera a llorar. Soy una mujer calva llorando en un pueblo abandonado. No, es algo peor que eso. Soy una mujer calva, sin cejas, y sin pestañas, llorando en un pueblo abandonado de Barinas.

20 de abril
Ya no soy la misma mujer que llegó a Peraza hace catorce días. Soy un paisaje distinto. Después de perder todo mi cabello, toda la pequeña lana de mis brazos, los vellos de mi vulva, un pelo grueso y marrón se ha ido apropiando de mis partes. Mis piernas están llenas de pelos largos, comunidades de islas peludas crecen y se fusionan. Surgen en mi piel, como si siempre hubieran estado esperando debajo para salir. ¿Esperando qué? No sé. Tal vez un error del tiempo.

22 de abril
Un mogote de pelos cae del árbol que me da sombra. Aterriza entre las raíces. Me yergo, por instinto. Detrás de éste cae otro, y otro, y otro más. Estas bolas de pelos provienen de los árboles, ahora lo sé. Nada se me ocurre excepto que a los monos se les está cayendo el pelo. ¿Pero dónde están? Dedico unos minutos a observar entre las ramas. Camino hacia el pie de un samán. Allí, una imagen me trastorna. Arriba, agarrados de las ramas a modo de cabrestantes, hay seres humanos.
Están desnudos, calvos. Todavía hay mechones de pelos en sus cráneos. Retrocedo. Reviso cada árbol de la plaza. Las copas de los árboles están cundidas de seres humanos. Se contemplan entre sí. Húmedos, ensangrentados, todavía cubiertos por una membrana serosa. Un escalofrío me estremece. Estos son los monos de Peraza. Han estado cambiando en las copas de los árboles, han estado vengándose de nosotros a escondidas.

25 de abril
Encontré al chofer del jeep sentado en una banca de la plaza. Trae la cara y los brazos cubiertos de pelos parduzcos. Durante horas se ha ido sumando más gente. Niños, ancianos, mujeres, hombres. Vienen cabizbajos, humillados, cundidos de pelos. Formamos grupos tristes y homogéneos bajo las macizos. Nadie se queja. No había visto gente tan calmada en mitad de un castigo. Todos esperamos el momento de regresar a los árboles. Cuando se bajen los nuevos seres humanos y subamos los nuevos monos. Hay paz.

Ya no sé qué día es hoy

Los nuevos seres humanos bajaron, iban tropezándose con las cosas. No es para menos. Dejamos un mundo hecho, perfeccionado en miles de años. Les toca aprender a legislar, educar, construir, luchar con las bacterias, pintar, bailar, amar, cocinar, filosofar, escribir, fundar sobre lo habido un mundo nuevo. Estoy a mitad de un instante íntimo entre la naturaleza y nosotros. Si estoy soñando perdí toda esperanza de despertar: Los monos de Peraza evolucionaron en mis narices, y nosotros, desterrados, equivocados, malditos, esperamos el momento de regresar a los árboles. Ellos van con la alegría de encontrarse por primera vez en todas las cosas. Se les hará fácil creer en todo, amarlo todo, luchar por todo. Empezarlo todo. 
Me pregunto quién será el primero en escribir un poema cuando lo lastime el dolor de la realidad. ¿Cuál será la primera palabra que escribirá el primero que tenga consciencia de la muerte? ¿Quién cantará la primera canción de amor? ¿De qué forma rezará el primer nuevo ser humano y a quién seguirá su fe? Cuando lo engañen, ¿cuál será su primer gesto? ¿Quién será el primero en suicidarse? ¿En empezar una guerra? ¿En inventar una vacuna? ¿En batir un récord? ¿En volverse buda? ¿En emborracharse? ¿En tocar la armónica? Nadie puede saberlo. Sólo sé que por primera vez no estoy cansada. Tampoco tengo miedo por los lunes, la casa, el futuro, el pecado, el perdón, el carro, el Estado, el tiempo. Con que, esto es no sentir miedo. Se nos viene un domingo largo, sin manuales para vivirlo.