viernes, 5 de agosto de 2016

BUTACA Y ELECTROSHOCK

Por Sol Linares
sol.linares.r@gmail.com

                            
 Yo voy al teatro para verme en escena,
[...] tal y como yo no sabría —o no osaría— verme o soñarme
 y, sin embargo, tal y como sé que soy.

Jean Genet




¿Sabe usted? Hay un teatro en la ciudad de Valera. ¿No lo sabía? No. No es el teatro “Ana Enriqueta Terán”, hotel cinco estrella de palomas, tutecas y cucarachas, y a veces, salón exclusivo donde religiosos rezan, lloran y reciben al espíritu santo en forma de ataques epilépticos. Me refiero al Teatro Nacional Juvenil, ahora casa del Teatro “Pilar Romero”. ¿Lo conoce usted? Está ubicado en el ombligo de la ciudad, cerca de todo: un semáforo, un banco, una estación de gasolina, un supermercado, un boulevard horroroso cuya belleza llega en el instante en que florecen los apamates una vez al año, y caen las flores rosadas encima de los transeúntes, los borrachos, las putas, los ancianos y los libros usados de F.

He ahí un pequeño oasis. Entramos al teatro y la ciudad, con todas sus miserias, desaparece. No sólo viene a ser la única “institución” activa cuyas propuestas artísticas permanentes arropa la gerencia cultural de alcaldías y gobernaciones (nulas y de muy mal gusto) sino que además, se trata de un lugar único en su especie, sembrado en una polis que sólo entiende su dinámica social desde la compra y venta de mercancía. Ciertamente no es poca cosa. Hablamos de un estilo de vida del valerano monótono, incipiente y aburrido, atascado en la visión del mercachifle, del vendedor de algo, del bachaquero, del truquero, cuya única forma de catarsis enriquece a los dueños de bares y a los propietarios de cinex, en el C. C. Plaza. Parece que alguien convenció a los ciudadanos y a los alcaldes de que existir consiste en vender, comprar, beber y ver películas de Batman. ¿Entendemos la belleza de tener un teatro en una ciudad donde todo proyecto de envergadura consiste en la construcción de un centro comercial? ¿Tiene usted idea de la importancia que puede tener un teatro en una ciudad donde cada hueco baldío que hay es tapado con tiendas, zapaterías, boutiques? Ahora comprendan nuestra desesperación cuando, quienes vamos a disfrutar de una pieza teatral en el TNJ de Valera, lo hacemos con esa desolada y nerviosa actitud de quien satisface la necesidad de ir a un museo de arte, a un serpentario, a un museo de ciencias, a un acuario, al observatorio, a una Orquesta, a un buen café, todo en una noche.


Pues bien, el teatro es el lugar donde las lágrimas de virtuosos y malvados se mezclan por igual. Frase dramática y contrastante que por supuesto no es mía ―no soy tan brillante―; son palabras de Diderot, ese pensador y dramaturgo francés que le pellizcaba las piernas a Catalina II allá en Rusia. Si nos concentramos en las palabras de Diderot y olvidamos este chismecito vulgar del siglo XVIII, veremos que el teatro sigue teniendo la capacidad de reunir la misma cantidad de personas como lo tienen los más conmovedores eventos humanos. Nos revolvemos los malos con, por ejemplo, ustedes los buenos. Nos reímos y lloramos y nuestras carcajadas y lágrimas por primera vez están siendo acompañadas por desconocidos, ocultos en la oscuridad de las butacas, donde nuestra identidad pierde, por algunos minutos, su pesada altivez.


Muchas veces hemos ido al teatro de Valera a recibir electroshock en una de sus butacas. A llorar de la risa, a llorar de llanto, a reflexionar, a ver el espectáculo de nuestras contradicciones iluminadas debajo de las claraboyas. Ahí, un grupo de sobrevivientes a todas las crisis y todos los gobiernos, construyen singulares máquinas de vida. El abuelo, Frank, Juan, Asdrúbal, Chepi, Mislet, Carmen, Anni, Fernando, Silvia… Son varios estos delincuentes contra el hastío. Mientras usted y yo trabajamos, dormimos, amamos, hacemos cola, en la sala del teatro hay gente leyendo, memorizando textos, escribiendo, pegando botones, cosiendo, reparando luces, actuando la misma escena una y otra vez. Luego, una buena noche se abren las puertas y están los mismos actores, las mismas actrices, dándonos la lección más inútil, escandalosa e imprescindible: Valera merece arte, merece belleza. Disculpen si hay un gesto insoportablemente dramático en estas frases, pero es que somos herederos de Sófocles y Lupita Ferrer, qué se va a hacer.

Lo cierto es que atornillados en esas butacas hemos visto piezas con variedad de propuestas estéticas y filosóficas. Por ejemplo, la inolvidable “Ellas, y un hielito por aquí”, honesta, vibrante y crítica. “El evangelio de Sodoma”, una poderosa, versátil y angustiante obra que puso ante nosotros la naturaleza de nuestras propias y solazadas perversiones a través del Marqués de Sade. La deprimente y lúcida pieza “Cuatro tangos y un funeral”. Etc. De sus últimas puestas en escena está fresca en nuestra memoria “Se solicitan criadas”, basada en la controversial pieza teatral de Jean Genet titulada “Las criadas”, y que versiona exitosamente el dramaturgo y joven actor Juan Viloria, adaptando al presente venezolano una idea original que surge en otro continente, con otros dramas. 



Éste es precisamente el milagro de todo arte: su constante actualización. Porque, cuando una pieza teatral estrenada hace más de sesenta años en París puede ser entendida, cotejada en pleno siglo XXI, nos recuerda que la historia continúa haciéndose desde el mismo sustrato de las pasiones, las miserias, y el sufrimiento de los seres humanos de cualquier época, en cualquier parte del mundo.