domingo, 7 de agosto de 2016

ENTREVISTA CON LA NÁUSEA

Por Daniel Linares
ezkhritos@gmail.com







Maricusa Zué es un clown, trabaja en las calles e interpreta a la náusea. En su paso por Valera, antes de tomar rumbo a Mérida, tuve la oportunidad de presenciar uno de sus espectáculos más inverosímiles: sentada sobre una silla, frente a un revólver de juguete, y mediante una cadena de acciones tan sublimes como brutales, cumplió con el insólito objetivo de que al menos un espectador se fuera en vómito en plena vía pública. Yo, que estuve allí, también caí en la trampa. Sentí náuseas. Aunque preferí aplaudir.

Accedió a una entrevista con la condición de que nos viéramos a puertas cerradas en el cuchitril que la albergaba. La cita fue pautada para el sábado 23 de julio, por la tarde, en un hotel de mala muerte que era frecuentado por amantes desahuciados y tirones de primera línea. Fue en este lugar donde me recibió desnuda, con un cigarrillo en una mano, y con el aliento tipo gourmet de una mujer que había mezclado vodka con cerveza, tabaco con café, y su soledad con una hamburguesa.

Todo era natural. Incluso sus piernas largas, en cuya juntura se escondía una vaginita fruncida sin ánimos de lujuria, parecían andar por la habitación con la solvencia de una actriz que tomaba la desnudez como un vestuario confeccionado hacía 46 años. Tenía unas tetas de pezones estrábicos que se erguían lácteos y marmóreos sobre un torso bien tallado. El cabello, recogido con un par de peinetas españolas, algo desencajadas, también destilaba fragancias de insomnio.

Yo vi un rostro hermoso. Errante y golpeado por los años, pero hermoso. Cuando noté su labial chorreado pensé en Miles Davis. Sentí que su voz venía de un saxofón. Hablaba como si tuviera el espíritu contenido por un delicado y musical ataque de asma. Y sus ojos, esos ojos tristes y angustiados, tenían el cariz de una dulce asfixia. Aquella actriz, con más de 50 mil visitas por cada video en Youtube, y seguida ampliamente en redes sociales, había tomado mi entrevista como una puesta en escena más. Siempre fue un personaje.

D. L: Cuando aceptó usted esta entrevista, dejó claro que sus representaciones teatrales no eran solo las de un Clown, sino que respondían también a actos de magia. ¿Podría explicarme esta relación?

M. Z: En concreto todo acto de magia es una representación teatral. Hay una puesta en escena, hay una interpretación, un personaje, y una dramatización bastante sagaz del engaño. El mago hace que lo imposible sea demostrable. Con esto tiene el objetivo de sorprender, de capitalizar el asombro. Mi trabajo tiene que ver con un acto de magia y al mismo tiempo con una representación teatral: cuando yo hago aparecer la náusea y su consecuencia más inmediata, el vómito, empleo la misma astucia de un mago cuando extrae un conejo de su sombrero. Lo curioso es que en mi caso no hay prestidigitación alguna. No hay engaño. La náusea está allí, en el sombrero de cada quién, en la garganta de cada quién, atravesada como una bola de pelos, y basta con una buena carga de sugestión y de tensión de dramática para que el público participe o se involucre desde su propia visceralidad. Cuando esto ocurre, cuando al menos un espectador vomita como consecuencia de su expectación, entonces se cierra el telón. Se cumple con el objetivo.

D. L: Esto la hace una intérprete particularmente efectiva para transferir al público el suspenso, la tensión dramática, o la angustia central de un relato que puede ser desquiciante. ¿En qué medida la náusea o el vómito son objetivos de la creación artística?

M. Z: Toda obra de arte se conecta con tu emoción. Con tu sensibilidad. También con tus juicios, razonamientos, con tu mirada del mundo y hasta con tu cuerpo. Permíteme este ejemplo: si un filme pornográfico no se conecta con tu genitalidad, si acaso no te despierta un mínimo de lascivia, entonces no es pornográfico. Con esto no quiero decir que filmes de este tipo sean producciones artísticas. Al menos no por ahora. Yo estoy desnuda, contigo, en esta habitación, pero no estamos ante una circunstancia sexual. Es mi puesta en escena para una entrevista. Pero si te hubiera recibido con un beso o te hubiera tomado de los huevos, entonces esta conversación la hubiéramos sostenido después del orgasmo. Lo que quiero decir es que así como hay literatura, tallas, composiciones musicales y puestas en escena que despiertan sentimientos, emociones; que te pueden conmover hasta el llanto u ofenderte hasta la rabia o la indignación, hay también obras que pueden conectarse con tu náusea, con tu angustia, y que así como las lágrimas son resultado del dolor, la tristeza o el espanto, y la risa resultado de la alegría, así el vómito es el resultado de tu náusea, de tu angustia, de tu insoportable condición humana. En realidad, el hecho de que un espectador, o dos, o tres, o todo el auditorio vomite, no me hace extraordinaria ni talentosa. Me hace apenas un instrumento, una pinza, un reactivo de laboratorio. La náusea vive en ti, en mí, en todos. No es como la compasión, la ira o la violencia; no lo es porque la náusea no está condicionada por mecanismos morales.

La náusea es esa reacción involuntaria de un vacío que no comprendes, es incertidumbre, es resultado de la agresión diaria con la cual te comprometes por el simple hecho de estar vivo, aquí, ahora, en un mundo que ya no palpita en tu cabeza, ni en tu corazón, sino en el estómago. El vómito es la eyaculación de ese vacío. Lo cual es absurdo. Vomitas por congestión, por llenura, porque tu cuerpo necesita desechar algo. Pero en este caso, y esto quizá es lo peor, el vacío también es llenura. Tú no puedes albergar el universo dentro de ti. Sería una estúpida presunción, una muestra de soberbia. No lo puedes albergar porque no lo conoces. Y ese desconocimiento es nuestro peor sentido de vaciedad.

D. L: ¿Como preparas tu trabajo? ¿Qué elementos intervienen?

M. Z: Responderte sería como revelar los trucos de un mago. Pero, en todo caso, si googleas a Maricusa, tendrás respuestas más insólitas y mucho más lógicas de las que yo pudiera darte. Sin embargo, hay un asunto que podría mencionar: la náusea tiene sus propios escenarios y es más factible en determinadas circunstancias. No en todos los lugares aparece, ni en todas las circunstancias puede darse el vómito. Esa es la razón por la cual mi trabajo no puede realizarse en salas convencionales. ¡Imagínate! Tendría cada espectador que llevar una bolsita para que evacúe sus porquerías...

D. L: Pero, ¿consideras que ensuciar la ciudad, los espacios públicos, como parte del performance, es justificable?

M. Z: La ciudad ya es un vómito por sí mismo. Entiendo tu pregunta, es razonable. Pero vas preso de igual modo. La ciudad, como asentamiento humano, es un vómito. Ya te dije que el vómito es consecuencia directa de la náusea. La ciudad, entonces, es consecuencia directa de nuestra desesperanza e incertidumbre. De nuestros equívocos y fracasos. Mi trabajo es mucho más efectivo cuanto más inhumana, caótica y absurda sea la ciudad donde lo exhibo. Hay una hora y un lugar para esto: horas pico y esquinas atestadas de neuróticos. Entonces funciona. En una sala, con aire acondicionado, oscuridad, en una cómoda butaca, la náusea se diluye. Lo he intentado, pero con pocos resultados.

D. L: ¿Tiene que ver tu trabajo con Sartre o el existencialismo francés?

M. Z: Si la tuviera, no sería exclusivamente francés. Sería un existencialismo del Congo, de Bolivia, de Noruega, Dubai o el Tibet, de los hombres o mujeres que están en este momento orbitando el planeta en la estación espacial. No es Sartre; es la mujer preñada que tiene que hacer una cola para comprar alimentos, pero también la mujer preñada que en otros países siente el peso del mundo de maneras distintas y a través de otras entelequias. No es El extranjero de Camus, es el campesino, el transportista, el pescador, no de este país solamente, sino de cualquier lugar del mundo. Tiene que ver con la náusea inherente al ser humano. Con su complicada y asediada existencia, que es lo que a la larga determina su esencia. Con su ser y la nada, pero también con su ser y el todo, con su ser y lo mucho, lo poco, lo mediocre. Tiene que ver con todas las categorías y escuelas filosóficas de los eruditos y estudiosos, pero también con la existencia del Wayuu, del esquimal, del masai, de los chinos que compran a 14 dólares botellas de aire no contaminado a los australianos. La náusea no tiene ideología, ni religión, ni clase social, ni es chavista, comunista, o de derecha. Todos estamos angustiados y malditos. A todos el conejo nos brinca en el estómago, nos pellizca, nos sube por el duodeno, asciende y se nos atasca en la garganta.

D. L: ¿Cuál es tu náusea? O, más específicamente: ¿cuál es la náusea del artista?

M. Z: La misma a la de un astronauta que jamás pondrá un pie en la luna, o a la de un panadero que no puede hacer su pan. Luna y pan, esa es la náusea del artista. En ese orden. Que viene a ser común a la de todos. Héctor Manjarrez dijo algo muy cierto alguna vez: que todos volvemos a ser, si alguna vez lo fuimos, seres humanos. Antes de ser artistas, médicos o empresarios; antes de ser filántropos o hijos de puta, fuimos humanos. Si yo soy artista, ¿todos los demás son otra cosa? No. Soy Cristo o Teresa de Calcuta y los demás son otra cosa. No. Soy un político, un ministro, un parlamentario, y los demás son otra cosa. No. Si me da náuseas esta entrevista, si hablar demasiado de la realidad me congestiona, me aparto; voy, qué sé yo, a Mucubají, me siento frente a un lago y entonces soy feliz. Tampoco. El apéndice de mi náusea es la memoria. Recordarme, aun cuando el arte me permite transitar por una realidad alternativa, igual me despierta la náusea.

D. L: ¿Es de las artistas que desdeñan lo trascendente?

M. Z: No está dentro de mis intereses artísticos. Te repito: el hecho de que sea una artista no me hace diferente al otro. Es un fetiche social. Una especie de disociación entre las tantas que existen.

D. L: ¿Cuál es su opinión sobre lo que muchos consideran el arte comprometido? ¿Su trabajo está al servicio de una ideología?

M. Z: Todos, conscientes o no, estamos al servicio de una ideología. El artista no es la excepción. 
Lo que todo artista debe preguntarse más bien es si su trabajo está al servicio de un conjunto de ideas, personales o colectivas, o de personas de carne y huesos, igual de defectuosas, que se atribuyen esas ideas para justificar una condición política o de partido. Yo no creo en esa ni otras servidumbres. El arte no puede estar al servicio del poder. No puede incluso depender del poder para que sea posible. De lo contrario se genera una relación de dependencia, luego es una relación opresiva. Los políticos también responden a la inestable, dudosa e impredecible condición humana. Si yo pongo mi trabajo al servicio del poder, entendiendo que el poder lo ejercen mujeres y hombres, entonces estoy comprometiendo mi trabajo a la inestable, dudosa e impredecible condición humana. Cualquier equívoco, atrocidad o perversión política, me salpica. Me condena. Me hace parte de los errores de terceros.

D. L: ¿Tu compromiso, entonces?

M. Z: El arte y su soledad. La creación artística y su desconfianza. Su inconformismo. Todo esto se nutre de la desesperación, de mi propia náusea. Es lo único que a la larga me pertenece. Estoy obligada a entenderme. Soy un escenario, pero también soy una espectadora de mí misma y del público. El espejismo está allí, cercano siempre al horizonte. Nos vemos en aquello que no existe. Lo hacemos nuestro. Nos inventamos. Es digno después de todo.  



Post scriptum: Maricusa fumó tendida en la cama durante la hora en que duró nuestra conversación. Parecía una lonja de pescado sobre el colchón. Sin espinas. En un rincón, recuerdo, siempre hubo un conejo de ojos púrpura mirándome insomne. Todavía hoy el truco se me hace inexplicable.