lunes, 15 de agosto de 2016

TULIO CARRANZA: "SER HONESTO TE DISCAPACITA"

Por Daniel Linares
@danolinares

La tristeza del Tulio Carranza por su tercer divorcio me llevó al obsesivo deseo de entrevistarlo. No es para menos: después de haber cumplido los 61 años, su nuevo fracaso amoroso tiene el sabor de la novela El viaje vertical de Enrique Vila-Matas, aunque, en el caso de Don Tulio, la causa de su imprevista separación responde a un argumento distinto: "Es que sufro la maldición de ser honesto", comentó.


Carranza es un dramaturgo injustamente desconocido que promociona sus dramas personales más que cualquiera de sus obras. De modo que antes de enterarme de su última producción teatral, Confesiones de un viejo verde, ya sabíamos sus amigos de cafetín que la muchacha de 30 años lo había abandonado no por verde ni por dramaturgo, sino por su incapacidad de sostener una familia en un país donde el oficio de escribir parece inferior al oficio del pícaro.

Nuestra conversación, a la que accedió por venganza más que por egocentrismo, pudimos sostenerla en casa de su madre, justo en el lugar donde una vez más este hombre desempacaba sus pertenencias: cajas atestadas de libros, diplomas, suvenires y algunos vestuarios y elementos de utilería de sus obras más memorables. "El problema de mudarse es que siempre te recuerda lo que eres", alcanzó a decirme.

Dejé por sentado entonces que mi interés central por entrevistarlo se debía precisamente a este comentario, y no al afán de subrayar cualquiera de sus propuestas estéticas.

D.L: En una ocasión te escuché decir que tu obra es una mordaz crítica que parodia los peores hábitos del venezolano, y que tus personajes son el reflejo de la caricatura en la que estos hábitos nos han convertido en los últimos años. ¿Dónde queda Tulio Carranza en la caricatura de esta época?

M.C: Cuando yo hablaba de caricaturas, aludía a una obra en particular: Tetonas y malditas, donde intenté valerme de la caricatura, de un tono más visual que dramático, para acentuar la realidad de un país donde, aun con una economía en crisis, las peluquerías, los centros de manicure y las cirugías estéticas no dejan de ser un negocio próspero. En ese contexto lo caricaturesco se presenta en la mujer que se hincha las tetas, la boca y el culo, por un afán de aceptación consigo misma o de otros. Yo quise exponer los contrastes: para algunas mujeres la caricatura de sí mismas es una condición de vida o muerte, una necesidad existencial perfectamente válida; para otras una puesta en escena de su condición femenina culturalmente colonizada, y para otras una payasada, en la misma medida en que aún siendo bellas, necesitan remarcar su belleza, exagerarla, hasta el punto de destruirla. Pero ya esto está dejando de ser un asunto exclusivo de las mujeres, también los hombres, algunos incluso de talante público, se han convertido en la caricatura de aquello que física o espiritualmente lo atormenta. Mi referencia a lo caricaturesco es para esta obra, no creo que en otras se repita la misma fórmula. Ahora, y para responder a tu pregunta, yo creo que todo creador es víctima de sus propias ficciones. No solo en el instante en que está creando, no por el esfuerzo que eso implica, sino porque sus personajes, sus anécdotas, o los conflictos que plantea, son una proyección quizá fantasmal de la realidad en la que el artista es su víctima más sensible. Yo no puedo escribir una obra de teatro sin antes ser un espectador de esa realidad. Una mujer de tetas operadas hace de sí misma un personaje. Se viste, se maquilla, sus tetas son utilería. Luego sale a la calle e interpreta un personaje. Cuando yo la veo caminar, cuando me topo con ella y sus tetas, entonces soy un espectador. Estoy dentro del espectáculo de una actriz que encarna el deseo más inaccesible. Exagero, claro, pero te repito: es caricatura.

D.L: Sin embargo, en el resto de tus obras siempre hay pícaros, vivarachos o aprovechadores de oficio con la misma intención de énfasis. En Putibar C.A, que es una historia de amor, también haces uso de la caricatura.

M.C: Tienes razón. No puedo negarlo. Cuando leí de Rosa Montero, en La loca de la casa, que en sus novelas orbitaba siempre la presencia de un enano, o de una persona de baja estatura, comprendí que los artistas tienen obsesiones que muchas veces no se reflejan en un plano consciente. En mis obras siempre hay un venezolano que quiere joderse en el otro. Siempre hay un pícaro, un malandrín, un tramposo. Por lo general son personajes de relieve, excepto en Doctor, brujo y buhonero, que es una obra donde el personaje central coloca en perspectiva la viveza criolla como fenómeno cultural.

D.L: Antes de esta entrevista, me dijiste que sufres la maldición de ser honesto. ¿Tiene que ver esto con algunas de tus obsesiones creativas?

M.C: Por supuesto. Acabo de divorciarme por esa misma maldición. Muchos pudieran pensar que la maldición en este caso no radica en la honestidad, sino en el problema del artista. Es decir: en su incapacidad histórica para sostener relaciones sentimentales duraderas, sólidas, y donde el artista forma parte de un montaje escénico donde hay un trabajo, una esposa, una casa, un jardín, un perro, unos hijos. Yo no me refiero a esto. Al menos no en su totalidad. Hablo de la honestidad no solo en el artista, sino en cualquier tipo de persona que debe arrodillarse ante la realidad de un país donde el pícaro o el estafador son los que tienen mayores probabilidades para sobrevivir en medio del desastre. Sobreviven, aclaro, no quiero decir que son más aptos o mejores personas, ni mucho menos que son más felices que el resto. Las circunstancias nos tuercen los principios. Las necesidades materiales, las más básicas, cuando no están dadas las condiciones para satisfacerlas, hacen que del individuo traicione sus principios o que exponga lo que realmente ese individuo es en el fondo. En este sentido, ser honesto te discapacita. Si eres fiel a tus principios, si eres moralmente competente, si pretendes mantenerte al margen de toda ilegalidad, por muy pequeña que sea, entonces sufres la discapacidad de no saber cómo enfrentar la crisis, cómo surtirte de alimentos, cómo sobrevivir en una economía cuya dinámica es impuesta, en la práctica, por un buen grupo de hijos de puta.

D.L: ¿A qué tipo de personas te refieres?

M.C: Permíteme generalizar. Aquí el pueblo venezolano entero tiene sus responsabilidades. Pueblo somos todos. Me niego a aceptar que los partidarios de un grupo político sean más pueblo que los partidarios de otros grupos. Tampoco acepto que al buscar culpables solo pensemos en políticos o empresarios, o en factores extranjeros, y que excluyamos o ignoremos las responsabilidades del pueblo llano, de la gran masa anónima que conforma la totalidad de la población de este país. Sería un reduccionismo. Un forma de reducirnos a nosotros, pueblo, en víctimas; y dejar a los políticos o empresarios como victimarios. A nosotros, pueblo, en pendejos; y a los políticos y empresarios como eruditos, como dioses, como redentores. No. Aquí el pueblo es uno solo, y también tiene sus responsabilidades.

D.L: ¿Podrías dar un ejemplo?

M.C: Voy a decírtelo de esta manera: una vez leí que García Márquez, al regresar de su viaje por Europa del Este, cruzó algunas palabras con una familia checa. Alguien, un francés, hizo a esta familia una confidencia: que en París había un lugar donde se cambiaba dinero checo a un precio tres veces más alto que el oficial. El checo se negó. Le dijo al francés que aquello perjudicaba en menor o mayor medida la economía de su país. Fue categórico, como todo acto de amor. Con este ejemplo yo voy a hacerte también una confidencia: yo creo en este tipo de nacionalismos. Creo en el amor hacia un país desde las pequeñas cosas. Y creo también que un país se destruye con las pequeñas cosas. Las pequeñas cosas, los detalles, los más ínfimos comportamientos que sumados unos con otros marcan el comportamiento de un país y que al final de cuentas determinan el curso de su historia. Todo país comete errores en lo pequeño y en lo grande. También tiene aciertos en lo pequeño y en lo grande. Y en esos errores, tanto como en los aciertos, el pueblo llano es responsable de sus causas y consecuencias. El pueblo no es del todo inocente. Quienes rasparon cupos, quienes desvían capitales, quienes crean empresas de maletín, quienes especulan, quienes compran comida o medicinas y las revenden a un precio hasta diez veces más alto que el oficial, también forman parte del pueblo venezolano. Un delito menor, cometido por un oficinista, es igual de reprobable cuando el mismo delito es cometido por un político de renombre. Lo peor es que en una circunstancia como la actual, corremos el riesgo de que los delitos menores comiencen a naturalizarse. La incertidumbre nos hace parte del inmenso tejido de ilegalidad que impone sus propios métodos y dinámicas para que esta sociedad funcione.

D.L: Aún cuando comprendo las responsabilidades que tenemos todos en la actual coyuntura, tengo la impresión de que consideras a Venezuela como un país de bandidos. Ese es el problema de generalizar.

M.C: Olvida un teléfono celular, una tableta, una computadora portátil en cualquier espacio público, sobre la mesa de cualquier cafetín, en la butaca de cualquier sala de cine, en el pupitre de una salón de clases, y te darás cuenta de lo que trato de decirte. Nadie va a devolverte tu teléfono. Harán lo imposible por quedárselo, aún cuando no les pertenece. Pero si acaso ocurre el milagro de que te lo devuelvan, como de hecho me ha pasado, debes retribuir el favor en dinero. Ahora bien, con esto no quiero decir que esto tenga su contraparte. No quiero decir que no hay personas honestas. Sí las hay. Yo conozco muchas y estoy seguro de que la gran mayoría del pueblo venezolano está guiada por la buena voluntad. El bandidaje conforma la minoría, y como siempre, es la minoría la que impone su criterio y la forma de hacer las cosas. Entonces nos discapacitan socialmente. Nos hace torpes, neuróticos, quejumbrosos, rabiosos, nos resta lucidez. Una minoría de bachaqueros, de tramposos de oficio, cualquiera que sea su índole o el uniforme o carnet que porte, puede inmovilizar a la mayoría. Puede discapacitarla. Pero aclaro: este es un problema cultural y también de paradigmas. Sufrimos el peso de una cultura rentista y los paradigmas que ésta genera: el paradigma del comerciante, el paradigma del político, el paradigma del pobre, el paradigma del burócrata, el paradigma del militar, el paradigma de las secretarias. Vemos estos monolitos como estamos acostumbrados a verlos: con indiferencia, resignación, adoración y a veces con indignación. No de otra manera. La sociedad venezolana funciona de acuerdo a fronteras bien delimitadas. Es un anticuario. Una forma de ser que ya no nos sirve. Un problema ontológico.

D.L: ¿Acaso no es petulante y contradictorio decir que sufres la maldición de ser honesto?

M.C: Sin duda alguna. Soy un arrogante, un manojo de contradicciones y además un mentiroso. No soy totalmente honesto. Como cualquier ciudadano de este país, estoy condenado por omisión e ignorancia. Aquí la gente piensa que las únicas leyes que nos regulan son las del Antiguo Testamento. Parece que se nos olvida que existe un Estado obligatoriamente nuestro, que se expresa mediante un estamento jurídico como la Constitución, y que de ésta se desprenden un buen número de leyes orgánicas y otro tanto de normativas. Ahora bien, pregunto: ¿tienes idea de las leyes que tú mismo infringes cuando sales de casa al trabajo? ¿Tienes idea de las leyes que infringes incluso cuando te quedas en casa? Sea por omisión o ignorancia, cualquiera que se haga así mismo un examen de esta índole quedará como un delincuente. Tendría que ponerse a derecho. Luego entonces nos cae como un ladrillo el Nuevo Testamento: quién esté libre de pecado que lance la primera piedra. Entonces dime: ¿quién la lanzará? ¿Quién? De hipocresías como éstas nos vestimos todos los días, y lo que es peor: con hipocresías como éstas fomentamos en lo pequeño, desde nuestros delitos menores, una cultura de la impunidad.

D.L: Si lo que dices es cierto, tendríamos a más de la mitad de la población en tribunales y estaríamos obligados a construir más cárceles que instituciones educativas.

M.C: Yo construiría más instituciones educativas que cárceles. Pero escuelas verdaderas, no cárceles disfrazadas de escuelas.

D.L: Galeano dice que la impunidad premia el delito, induce a su repetición y le hace propaganda: estimula al delincuente y contagia su ejemplo.

M.C: Galeano tiene razón.