sábado, 24 de septiembre de 2016

SOBRE EL VERBO REENCARNAR

Por Sol Linares
sol.linares.r@gmail.com



Mauricio es mago. Lo conocí en el café de Biagio durante la función. Esa noche subí las escaleras que conducen a la pérgola y me instalé en la esquina de la barra. Sobre los hechos no tuve ninguna responsabilidad; nací con mala leche. Acababa de quedar desempleada y me dominaba cierta languidez de espíritu, ese estado indeterminado que aprovecha el destino para burlarse de uno.  Qué importa, ya no sé si uno reencarna hacia adelante o hacia atrás, en el pasado o en el futuro, sólo que, pensando en los acontecimientos, siento que uno está lleno de mucha gente que quiere vivir, que espera su turno para romperle los huesos al tiempo. Recuerdo que revisé mi cartera. Sobresalieron algunos objetos damnificados: un teléfono sin saldo, una galleta oreo y un labial viejo que olía a encía. De dinero casi nada,  apenas me alcanzaba para un mojito. Aún sintiéndome miserable reiné en la barra con aire reflexivo, siempre he tenido ademanes refinados hasta en la pobreza, de manera que no me costó despistar al bartender y cuando me sirvió el único trago que podía pagar, obligué al hielo a derretirse para que me rindiera durante una hora.
Había poca gente, bostezaban mientras Mauricio cortaba a una mujer por la mitad.
            —¡Es un desastre! —escuché a mis espaldas.
            Era Biagio, el dueño del bar. Iba y venía de un lado al otro, decía cosas en italiano, ¡porca la miseria!, ¡ma che cazzata stai facendo!, con esa actitud clásica que emplean los italianos para dejar claro que con ellos empieza y termina el sufrimiento. La noche era bella y dramática. O Biagio la embellecía con sus gritos, se llevaba las manos a la cabeza y sufría. Es natural en ellos comportarse de ese modo; en Italia todos nacen con las manos en la cabeza, como si en algún momento fuera a caerse la torre Pisa.
En el escenario, el mago forcejeaba con el serrucho. Daba ternura verlo cortar a la mujer y acomodarse un paltó que le quedaba grande. La asistente se defendía sin llegar a mostrar interés por sus mosaicos. Odiaba que Mauricio, siendo mago, fuera tan inepto para aparecer una casita donde pudieran vivir juntos. Aquella mujer estropeaba el espectáculo con su fingido interés, por mucho que Mauricio magnificara un truco, ella lo hacía ver defectuoso y vulgar. En el tercer acto se tornó impertinente y salió de la cámara oscura cuando le dio la gana, arisca y sofocada como una mujer que sale de un baño público. Biagio la echó no bien puso los pies fuera del escenario:
—¡Te largas! —Su brazo apuntaba a un lugar más allá de la calle, más allá del continente. Me pareció que en los Apeninos.
—Pero Biagio —dijo Mauricio.
—Cállate o te vas tú también.
Luego me miró.
—Y tú, Sol. Serás la asistente de Mauricio.
—¿Yo? —proferí.
—Es muy gorda —dijo Mauricio encontrando en mí un obstáculo para sujetarme al arnés.
            —¡Pero qué importa, Mauricio! —Gritó Biagio dándole la espalda— ¡Necesitamos alguien convincente!
            — ¿Y qué con eso? —preguntó Mauricio irritado.
            —¡Oh, imbecille! ¡Alguien que sufra si la torturas! ¡O alguien que vuele si la haces levitar!
El argumento nos persuadió. Me tocó empezar esa misma noche, en la cámara de gas. Mauricio me explicó la ciencia del truco y me prometió rescatarme antes de morirme. Pese a mi inexperiencia logramos salir aireados,  si me costaba algún movimiento aprendí rápido a sonreír mientras me asfixiaba, me picaba o me lanzaba cuchillos. La gente reía. Les causaba gracia verme intentar caber en los trastos. Parece que por primera vez conocían la comedia. Biagio no cabía de felicidad. Había logrado juntar la comedia, la magia y a Botero en una misma función.
Nos quedaba realizar el último truco de la noche. Sencillo, desaparecer en La Caja de la Reencarnación. Consistía en introducirme en un cajón hermético, cuyo fondo se conectaba al pasadizo que conducía hacia el interior de otra caja ubicada en el extremo opuesto del proscenio. Yo contaba con siete segundos para atravesar el conducto, pero todo terminó en un absoluto desastre…
Mauricio me guió al interior de la caja, tras lo cual cerró la compuerta. Rápidamente bajé las escaleras y corrí a la segunda caja. Allí esperé. Cuando Mauricio, o el diablo, abrió la puertita, un chorro de luz me encegueció. Tampoco pude mover mis brazos para taparme el rostro. Fui abriendo los ojos dolorosamente, delante de mí se abrió un paisaje inusitado. Me hallé en mitad de una plazuela inmadura, cercada por casas aisladas de extensos alares y pedruscos. Hacía frío. Pocos árboles crecían entre las hendijas de las rocas.
—¿A dónde coño me mandó ese carajo? —Me escuché decir.
Cuando quise avanzar, me descubrí atada a un madero que habían hecho enterrar en la caliza. Qué gran mago es Mauricio, pensé. Había soldados fumando en pequeños grupos, haciendo descansar sus fusiles en el corazón de los matorrales. Tras la llegada de un hombre vestido con casaca y botines de paño, aquellos soldados organizaron rápidamente una fila frente a mí. Era la primera vez que lo veía, pero algo entendió mi quijada que comenzó a temblar.  
El sujeto se detuvo a tres metros del patíbulo, en actitud de sentencia. Acto seguido, desenrolló un folio, que leyó de inmediato con aire solemne.
            —María Gertrudis Teodora Bocanegra Lazo Mendoza. Por cuanto ha sido encontrada culpable del delito de traición al virrey…
Yo no sabía quién era aquella pobre mujer, pero todos me estaban mirando. Dizque que Gertrudis, o sea yo, se había infiltrado en las tropas realistas como informante de los grupos insurrectos de Michoacán. ¿Michoacán, dijo? Balbucí el nombre de Mauricio a ver si con esto se difuminaba la afrenta, pues estaba metida hasta la garganta en los chismes de la independencia mexicana.
—…castigada con la muerte —dijo el hombre, y terminó de esta forma:  Sentencia que se dicta en Pátzcuaro, Michoacán, a los once días del mes de octubre de 1817.
Luego de leer la sentencia que me inculpaba de insubordinación, me exhortó a decir mis últimas palabras. No lo pensé dos veces:
—¿Conoce usted al señor Biagio Cassolini? ¿El dueño del bar Mediterráneo?
A la primera señal, los soldados alinearon los fusiles contra mí. A la segunda señal me oriné el vestido. A la tercera señal, las balas reventaron mi pecho. Llevo muerta varios días. No vuelvo a entrar en una caja de reencarnaciones. Es muy peligroso.


sábado, 3 de septiembre de 2016

LA POESÍA Y LOS IMBÉCILES

Por Aldo Pellegrini

La poesía tiene una puerta herméticamente cerrada para los imbéciles, abierta de par en par para los inocentes. No es una puerta cerrada con llave o con cerrojo, pero su estructura es tal que, por más esfuerzos que hagan los imbéciles, no pueden abrirla, mientras cede a la sola presencia de los inocentes. Nada hay más opuesto a la imbecilidad que la inocencia. La característica del imbécil es su aspiración sistemática de cierto orden de poder. El inocente, en cambio, se niega a ejercer el poder porque los tiene todos.

Aldo Pellegrini

Por supuesto, es el pueblo el poseedor potencial de la suprema actitud poética: la inocencia. Y en el pueblo, aquellos que sienten la coerción del poder como un dolor. El inocente, conscientemente o no, se mueve en un mundo de valores (el amor, en primer término), el imbécil se mueve en un mundo en el cual el único valor está dado por el ejercicio del poder.
Los imbéciles buscan el poder en cualquier forma de autoridad: el dinero en primer término, y toda la estructura del estado, desde el poder de los gobernantes hasta el microscópico, pero corrosivo y siniestro poder de los burócratas, desde el poder de la iglesia hasta el poder del periodismo, desde el poder de los banqueros hasta el poder que dan las leyes. Toda esa suma de poder está organizada contra la poesía.

Como la poesía significa libertad, significa afirmación del hombre auténtico, del hombre que intenta realizarse, indudablemente tiene cierto prestigio ante los imbéciles. Es ese mundo falsificado y artificial que ellos construyen, los imbéciles necesitan artículos de lujo: cortinados, bibelots, joyería, y algo así como la poesía. En esa poesía que ellos usan, la palabra y la imagen se convierten en elementos decorativos, y de ese modo se destruye su poder de incandescencia. Así se crea la llamada "poesía oficial", poesía de lentejuelas, poesía que suena a hueco.

La poesía no es más que esa violenta necesidad de afirmar su ser que impulsa al hombre. Se opone a la voluntad de no ser que guía a las multitudes domesticadas, y se opone a la voluntad de ser en los otros que se manifiesta en quienes ejercen el poder.

Los imbéciles viven en un mundo artificial y falso: basados en el poder que se puede ejercer sobre otros, niegan la rotunda realidad de lo humano, a la que sustituyen por esquemas huecos. El mundo del poder es un mundo vacío de sentido, fuera de la realidad. El poeta busca en la palabra no un modo de expresarse sino un modo de participar en la realidad misma. Recurre a la palabra, pero busca en ella su valor originario, la magia del momento de la creación del verbo, momento en que no era un signo, sino parte de la realidad misma. El poeta mediante el verbo no expresa la realidad sino participa de ella misma.

La puerta de la poesía no tiene llave ni cerrojo: se defiende por su calidad de incandescencia. Sólo los inocentes, que tienen el hábito del fuego purificador, que tienen dedos ardientes, pueden abrir esa puerta y por ella penetran en la realidad.

La poesía pretende cumplir la tarea de que este mundo no sea sólo habitable para los imbéciles.