miércoles, 14 de diciembre de 2016

SOBRE EL VERBO REÍR (Carta monolingüe al Embajador de Inglaterra y postdata de un mono con pestañas postizas)

Por Sol Linares
sol.linares.r@gmail.com






“El humor es una tentativa
de limpiar de estupideces
a los grandes sentimientos”

Raymond Queneau


Mi muy querido Señor Lyle Stuart W.:

            Después de tomar la merienda de la tarde con los modales que aprendí del Sr. Louis Armstrong, mi mono capuchino, me he dedicado a leer su carta detenidamente. Para ello he tenido la precaución de usar a un tiempo mis gafas para los defectos de filantropía y al otro los defectos de misantropía como me recomendó el oftalmólogo. Debo decir que tiene usted una caligrafía preciosa, su letra me recuerda a la que usaba Tolstoi para mandar al carajo a Sofía Berhs. En general, la gente que termina un romance se cuida de escribir claramente las palabras aun cuando ya no tengan el ánimo para una esdrújula más; es el último esfuerzo que hacen. Por mi parte, ¿cómo puedo yo objetar sus acusaciones si estoy totalmente de acuerdo con ellas?
Me acusa usted de ser una amante poco seria, hilarante y en gran medida guasona, que no me tomo con gravedad los planes de matrimonio y confiesa que mi risa le enfada porque no le permite ver lo que hay en mi corazón. Ha dicho: “es usted una mujer demasiado sátira para mi gusto”. ¡Oh, Señor Lyle, créame que yo misma me reprocho este defecto del ánimo, porque cada vez que sufro nadie me toma en serio! Sin embargo he reflexionado tanto sobre el asunto, estoy tan consciente de que la risa suele causar algunos disgustos, que encuentro razones de sobra para agradecerle su decisión de abandonarme; tan agradecida estoy que si tuviera un poco de dinero le enviaba con el Sr. Louis Armstrong una pelota de jamón serrano para navidad.
            Sepa que entiendo su amargura. La primera risa que sonó en el mundo  pongamos por caso en los montes Balcanes dejó a los dioses bastante aturdidos. Aquellas abnegadas y grotescas máquinas de sufrir que habían creado los dioses acababan de romper el hechizo de su tragedia: estaban riendo. Dicen que se trataba de un cromañón que se había desternillado de risa cuando su amigo (“Sin mi yo”) estaba siendo revolcado por el madero que le tomó toda una tarde subir por la colina. Pero faltaba algo peor, un segundo incidente hizo enfurecer a los dioses: resulta que el imbécil del cromañón que había fracasado en su empresa, a quien le habían dado la paliza el madero y la gravedad, también estaba riendo a carcajadas. Es decir, Señor Lyle, se estaba burlando de sí mismo.
¡Un cromañón riendo! ¡Qué revelación! Ese día nació el primer síntoma de irreverencia. No sé si sabe que no heredamos la risa ni de la naturaleza ni de los dioses; al contrario, fue un logro autónomo, agresivo si se quiere, y profundamente insubordinado. Mucho me temo que la risa vulnera la vigilancia de lo moral y luego rompe el cristal de los misterios del universo. ¡La carcajada es humana y nada suena como ella, ningún fracaso había producido antes un sonido tan maravilloso! Ante la risa nada será suficientemente sagrado, solemne o cabal. Reírse siempre es ponerse por encima de algo, aunque estemos debajo: es ponerse por encima de la realidad cualquiera que sea. Alguien tiene que decirlo de una buena vez: en la estampida de una carcajada hay una profunda forma de emancipación.
¿Sabía usted que no siempre fue permitido reírse? La risa fue un trofeo que el Renacimiento arrebató al Medioevo. Durante siglos se trató de algo obsceno, contrario a la humildad cristiana. Dentro de la vida monasterial, donde se pensaba que el silencio de la existencia era una virtud, la risa rompía esa armonía y por lo tanto se tomaba como un defecto del espíritu, una actitud impropia, que conducía a la insensatez. Oh, si la risa no es la mayor forma de libertad que conocemos al menos es la más peligrosa señal de cuánto la deseamos. Por ejemplo, una persona que se ríe de sí misma es libre sobre todo de la opresión que implica esperar ser calificado constantemente por los demás. ¡Y hay tantos adjetivos que uno no se merece! Ella elige sus propios calificativos y cómo tomarse su destino. Donde veamos gente riendo hay gente que ha detenido la máquina del sufrimiento aunque sea momentáneamente.
Dice mi mono el Sr. Louis Armstrong que lo que más le molesta a usted de mi risa es que, la risa, atenta contra todas las formas de poder. Y en un sentido estricto, aquello que denominamos humor. Razón tienen los estudiosos al afirmar que el humor es propio de los pequeños. No hay una figura a quien tema más un Estado, un rey, un poderoso, un presidente, un hombre o una mujer bella, que al humorista. Este sujeto tiene la capacidad de desmitificar la grandeza, poner a la luz la verdad mediante una delicada elocuencia y contagiar de risa el lugar donde había temor. Usted lo tiene todo, por eso carece de humor. Usted no conoce el humor, como tampoco lo conocen los fanáticos, los orgullosos, los trágicos, los héroes.
Hay una capacidad innata en la risa de derrotar el control... ¿Recuerda esa novela de Umberto Eco llamada “El nombre de la rosa”? ¿Recuerda que transcurre en un monasterio benedictino donde, entre otros sucesos, se relata la desaparición de un manuscrito atribuido a Aristóteles que aborda el tema de la risa? Este libro es protegido aviesamente por un personaje ciego llamado Jorge, libro peligroso en la medida en que la risa, siendo para los clérigos un signo de debilidad, corrupción, insipidez e inferioridad, Aristóteles la honraba valorando su capacidad de liberar a la plebe del miedo, y por lo tanto, invertir los valores de dominación.
Ahora bien, mi muy querido Señor Lyle, me ha preguntado qué me lleva a la risa. Suele hacerme reír lo ingenuo, lo absurdo, la contradicción, la degradación de los convencionalismos sociales, la solemnidad de la realidad, la tragedia ajena y la propia, la ansiedad de la perfección y la belleza. Hay entre los estudiosos de este tema un destacado escritor francés llamado Henri-Louis Bergson, de quien conviene citar un célebre ensayo titulado “La risa”. En él nos dice: “No hay comicidad fuera de lo propiamente humano. Un paisaje podrá ser hermoso, armonioso, sublime, insignificante o feo, pero nunca será risible. Nos reiremos de un animal, pero porque habremos descubierto en él una expresión humana”.
¡Pero es que también hay muchos tipos de risa que promueve el humor! La risa estentórea, la risa dulce, la risa desencajada, la risa perpleja, la risa tierna, la risa intelectual, la sonrisa, la risa ponchada. Otros afirman, por ejemplo, que la risa del cínico es la más infernal de todas, porque es “la consolidación de su dureza”.
Me ha dicho usted que jamás compraría un libro de Cervantes, Quevedo, Eduardo Mendoza, Bierce. Tiende a pensar que el humor no tiene un cuerpo profundo sino que muy al contrario lo anima una naturaleza superficial. Está desterrando a la literatura propiamente humorística al mundo de la “sub-literatura”. Pues bien, ella está muy lejos de ser superficial. El humor da muestras de una expresión profunda de la realidad, de un conocimiento profundo de la condición humana. Pirandello por ejemplo, este escritor italiano premio Nobel de Literatura que conocemos sobre todo a través de su narrativa, pensaba que el humor es aquello que trae a la risa y al mismo tiempo conserva un aire grave. Fernández Flores dice del humor: si no es solemne es serio, un temperamento individual y no una actitud ante la vida. Rafael Carias tiene un ensayo de lo más interesante sobre el tema donde apunta que el humorista tiene un tino psicológico que conoce con acierto los mecanismos de las pasiones humanas, y aquí mi mono y yo volvemos a citar a F. Flores, porque él cree que el humorismo hermana la gracia con la ironía y lo insólito con lo triste. Y si nos vamos a los griegos encontramos que según Platón lo cómico produce un sentimiento mixto en el alma, en el que se funden el placer y el dolor (Filebo). Incluso el más solemne y serio de los hombres del siglo XX (¿quién sino Freud?) escribió un libro muy serio y muy solemne titulado “El chiste y su relación con el inconsciente”, en el que señala al humor como un triunfo del ser humano sobre los efectos dolorosos. De cualquier forma, este debate sustancioso sobre el humor está lleno de elementos comunes. Por un lado se trata de una forma privilegiada de comunicación que implica, más que un estado de ánimo, una postura crítica hacia lo social y por otro, que sobre él prevalece un fondo de tristeza más que de alegría.
En fin, querido Sr. L., es hermoso cuando una amargura como la suya obliga a argumentar a una alegría como la mía. Tal vez desde la risa una sociedad no pueda reconstruir una nación, tal vez ni siquiera un ser humano pueda construir nada desde la risa. Tal vez la risa tampoco detenga el sufrimiento. Solo sé que cuando río así, ¡jajajaja!, soy libre.
Y antes de que queme esta carta le suplico que se pare frente al espejo, relaje el entrecejo donde guarda su virtud inglesa y estire la boca. Estire. Encoja. Estire. Encoja (dice el Sr. Armstrong que puede escuchar “primavera” de Vivaldi si prefiere). Ahora recuerde un momento humillante, recuerde lo mal que la pasó escuchando las risas de los otros fijadas sobre usted mismo. Luego perdónese, y sonría —es que cuando uno ríe, algo perdona de uno o de los demás—. Si no funciona, imagine al Presidente desnudo o a los Asambleístas hablando en árbe, o a su perro escribiendo una versión del libro "En busca del tiempo perdido". Sin nada de esto surte efecto, si no logra ni siquiera sonreír, entonces intente hacer los gestos solemnes que hace cuando eyacula.Casi nunca falla.
            Se le tiene en alta estima, más o menos lo que mide Shaquille O’Neal.
            Suya, 
           Ya ni tan suya. 
           Definitavamente no suya,

Soleil Liniers

Post scriptum: El Sr. Louis Armstrong le manda una serie de cuatro parpadeos prolongados con mis pestañas postizas. En código morse significa: Ñoñopatoso.