lunes, 30 de enero de 2017

Escuela de las luciérnagas (Fragmento, Mujer de Tiza)


Estimado docente, en aquellos tiempos de oscuridad numerosos reinos palpitaban bajo el follaje de los árboles. Toda una prole de insectos alados y rastreros, caníbales y venenosos, hervían en el interior de las cortezas podridas o sobre las hojarascas. Eran monstruos en miniatura que ignoraban la existencia de sus hermanas las luciérnagas. Cansados del estiércol y la penumbra, escucharon hablar de un pozo que tenía la propiedad mágica de convertir todos sus huevos en cocuyos. Cualquier escarabajo, polilla o alacrán, al depositar sus huevos en aquellas aguas, podían ver el surgimiento de toda una estirpe de bichos luminosos. Este pozo, llamado «La escuela de las luciérnagas», era un lugar que tenía por mística y principio darle luces a todas las sabandijas que, muy en el fondo de sus entrañas, querían bellezas tan similares a las de las mariposas o la elegancia de las mantis religiosas o la exuberancia de las tarántulas coloradas. Fue entonces cuando dos primitivos insectos, al enterarse de lugar tan extraordinario,
  corrieron la voz por todas las penumbras, y de las cavernas y grietas donde las alimañas se aglutinaban, por debajo de las piedras y mohosas cavernas donde bullían parásitos rastreros, de las cloacas del mundo por donde abundaban cantidades enormes de animales sin gracia, salieron en procesión miles de bichos a desovar para que sus descendencias se instruyeran con el fin de hacerse más bellas. Para entonces el pozo era un charco de aguas perpetuas y luminosas, como una antorcha incesante, donde se almacenaba la sabiduría de los antiguos, sus dialectos y misterios, sin exclusión alguna de razas, credos y circunstancias sociales. Los cocuyos ofrecían dosis exactas a las larvas, en útiles proporciones de luz, y les enseñaban que no tenía sentido beberlas si en el corazón no quedaban o al corazón envanecían. «El saber envanece y es inútil, cuando sus usos por vanidad se olvidan», decían los cocuyos. Eran las mismas aguas, pero en ellas surgían sustancias distintas. Así, una larvita de hormiga reina aprendió que las matemáticas no sólo servían para contar obreras o granos, sino también para enumerar las páginas de los libros y ennoblecer con fábulas a su pueblo. Entonces los números no eran asunto exclusivo de las cantidades: también contaban el mundo a su manera, y aquello a las larvas les pareció bello. Lo mismo sucedía con los pensamientos, con las grandes preguntas y los misterios. Les enseñaban a preguntarse y a responderse; les motivaban a decidir después de mucho pensar y equivocarse, en determinadas cuestiones del mundo que pudieran servirles para cuando salieran del pozo y tuvieran que enfrentarlo. Les enseñaron a anotar los sueños para cuando hicieran falta en tiempos donde el mundo se negara a recordarlos. Y esto también les pareció bello, a las larvas. Muchas cosas bellas les hacían beber, cosas del alma. Tragos suaves y tragos que eran tan hermosos que se hacían amargos. Cuando estos tragos alcanzaban las conciencias, y el mareo arrastraba desdicha, venía luego un tipo de paz, esa paz de la que gozan los que saben vivir. Y ya los tragos se hacían menos amargos y lo que atravesó un día por las gargantas e irritó los corazones, ahora era agua, agua pura, simple agua de manantiales transparentes. Todos aprendieron a cultivar la vida en la escuela de las luciérnagas, y todos se encontraban felices porque pensaban que algún día serían respetables como las mariposas, las mantis y las tarántulas. Llegó pues la hora en que las larvas debían irse, esa hora célebre en que los maestros entregan las almas al mundo, las ven irse, perderse en el horizonte, orgullosos de haber hecho un buen trabajo, de darles luz para que iluminaran los caminos. Porque saldrían bellos como sus maestros cocuyos, serían luciérnagas encendidas, lucecitas aladas que alumbrarían el firmamento y maravillarían las miradas. En montones salieron pensando que eran hermosos cocuyos y que tendrían luz para las noches. Pero en ningún momento se dieron cuenta de que seguían siendo los mismos, y que de la misma forma llegaron a sus nichos, a las cuevas, grietas y cloacas donde les esperaban sus familias. Los bichos, sus padres, se sorprendieron al ver que sus hijos eran igual de feos que ellos, que los hijos de los escorpiones no eran luciérnagas sino escorpiones; lo mismo vieron los padres cigarrones, las polillas, zancudos y moscas. Aunque la confusión desilusionó a muchos, decidieron esperar que la noche llegara para ver si al menos una gota de luz emanaba de sus hijos. Ni un más mínimo destello se irradió en las panzas de aquella juventud de bichos, y los padres, enfurecidos, apenas el sol asomó la cresta, se largaron en tropel a protestar la farsa de la escuela de las luciérnagas. Armaron tal escándalo que los maestros cocuyos, atentos y desvelados, con la calma de quienes saben amar sin prisa, escucharon en silencio la protesta unánime. «¡Mi hijo es una sabandija!», gritó el ciempiés. «¡Dónde está la luz!», exclamaban en coro. Chilló la mosca, con sus grandes ojos verdes: «¡Queremos la luz! ¡Qué se vea la luz!»
—La luz la llevan dentro —dijo un maestro cocuyo.
—¡Y eso qué importa, tengo todavía una mosca y no un cocuyo! —Bramó la mosca.
El cocuyo miró a sus hermanos. Silbó un suspiro y terminó tajante:
—Pero jamás andará entre la mierda.



Mujer de tiza, de Daniel Alberto Linares
Obra ganadora del 8vo Concurso de Autores Inéditos de Monte Ávila Editores, 2010.